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Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
La Medicina Tradicional de los Pueblos Indígenas de México
Lacandones (Hach Winik).
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Los recursos humanos
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Los recursos humanos

A diferencia de la mayor parte de los grupos indígenas de México, el grupo lacandón no cuenta con la figura del terapeuta tradicional tal como se le conoce en el resto del país, es decir, como un prestador de servicios a la comunidad. Esto no significa que su cultura carezca de algún tipo de saber médico; prueba de ello lo constituye tanto su sobrevivencia en la selva lacandona —un medio ecológico particularmente adverso—, como el profundo conocimiento que sus integrantes tienen de su entorno, dentro del cual han logrado un complicado equilibrio. A este resultado no es ajena la cultura médica que la tradición les ha permitido acumular, saber que se pone de manifiesto cada vez que algún miembro del grupo debe afrontar un problema de salud.

Entre los lacandones, cada hombre, en un determinado momento de su vida, se encuentra potencialmente capacitado para poner en práctica los conocimientos médicos heredados en el seno de su cultura. En la práctica, el jefe de familia es el responsable de la salud de los integrantes del núcleo doméstico. Es él quien se encarga de interceder ritualmente ante los dioses en favor de los suyos. Sin embargo, para alcanzar dicho estatus, existen determinados requisitos impuestos por la colectividad, el más importante de los cuales es haber alcanzado la edad reproductiva, hecho que anticipa la formación de un hogar y la necesidad de tener que velar por la salud de una familia.

Esta característica de la cultura lacandona no excluye, sin embargo, la existencia de un tipo de personaje, generalmente un hombre de edad avanzada, cuya sabiduría, experiencia y conocimiento de los rituales propios del grupo le permiten descifrar el complejo mundo de los códigos simbólicos que rigen los acontecimientos en la vida de los hombres. Generalmente, más que una autoridad jerárquica, es una suerte de guía espiritual, un consejero (tohil) que, además de dirigir los rituales más importantes para la colectividad, aconseja a sus semejantes sobre el comportamiento a seguir frente a diversas situaciones; por su experiencia, posee la capacidad para establecer la naturaleza de cualquier posible mal, así como los procedimientos rituales necesarios para enmendarlo. Es a él a quien recurren los lacandones cuando desean conocer, por ejemplo, el significado de un sueño —fenómeno de un gran contenido simbólico entre los integrantes de este grupo—, o cuando les suceden acontecimientos que ameritan ser interpretados por alguien con la sabiduría y experiencia de un tohil.

Entre los atributos preponderantes del tohil, destaca el amplio manejo de los aspectos esotéricos de los fenómenos, fundamentado principalmente en el conocimiento de la cosmogonía y de los métodos adivinatorios que enlazan continuamente el lenguaje de los símbolos con la realidad concreta. Como ya se ha señalado, este estatus no deriva de un privilegio exclusivo de algunos lacandones capacitados ex profeso para estas tareas. El atributo esencial para ser considerado un tohil es la edad, la acumulación de experiencias, y cierta solvencia económica.

Los conceptos de salud y enfermedad entre los integrantes del grupo, participan de un conjunto más amplio de valoraciones relativas a una idea global de equilibrio, la cual se manifiesta y repercute en los distintos niveles del orden cósmico y social. Nada de cuanto puede acontecer a los hombres se considera un producto del azar, sino parte de un conjunto de causas y efectos suscitados en la relación entre los seres humanos y el universo divino; los acontecimientos fungen, entonces, como elementos reguladores del comportamiento humano en todas sus dimensiones. Según este pensamiento, detrás de cada suceso está la voluntad de los dioses, quienes continuamente premian o sancionan no sólo la conducta y las actitudes de los hombres, sino también sus sentimientos para con los otros. En este contexto, la enfermedad forma parte de acontecimientos adversos tales como una mala cosecha, algún fenómeno catastrófico natural o la muerte misma, infortunios que amenazan el bienestar del ser humano y que son el reflejo de una voluntad divina inconforme.

En el seno de la cultura lacandona, existe un vasto campo simbólico que le permite a la etnia establecer, por un lado, la causa de cada enfermedad y, por otro, su origen e identidad no sólo en relación con los agentes del entorno, sino también con respecto a cada una de sus deidades. Los lacandones atribuyen todas sus enfermedades de filiación cultural, al igual que sus rituales terapéuticos, a Hachäkyum, su dios creador. De manera análoga, toda enfermedad asociada al mundo exterior se relaciona indistintamente con una deidad llamada Äkyanto’, hermano del primero, considerado creador de los hombres blancos, y ligado principalmente a las enfermedades epidémicas. Lo cierto es que cada una de las divinidades del panteón lacandón es susceptible de incidir, con cierto grado de independencia, dentro de un área de interacción que le concierne de manera exclusiva, y con base en ello decidir por cuenta propia el envío de una fatalidad determinada a un individuo.

Si bien cualquier deidad puede enviar enfermedades, algunos dioses se expresan en forma más funesta que otros. Según los lacandones, los más peligrosos moran en las lagunas cercanas a los asentamientos, como es el caso de Mensabäk, el dios de la lluvia y, a la vez, el guardián de las almas de los muertos; lo mismo ocurre con una deidad conocida como Tzibatnah ("pintor de casas") y con K’ak ("fuego"). Ciertos dioses del inframundo, como Kisin, también guardan relación con las enfermedades.

En el mundo lacandón, gran parte de las enfermedades se encuentran asociadas a diversas especies animales. Así, ciertos padecimientos se contraen por la vista o el contacto con algún animal, o como consecuencia de un sueño relacionado con una especie determinada, propia de la fauna del medio. Se incluye aquí a los animales domésticos. El canto de algunos pájaros también puede ser augurio de hechos funestos, como por ejemplo la muerte.

Según lo expresado anteriormente, entre los lacandones el mundo de los sueños se encuentra cargado de significados. En él, el alma del sujeto (pixan) se desprende de su cuerpo y se remonta hacia otras regiones de la realidad. Es también el principal medio empleado por los dioses para manifestar su voluntad. El estado onírico es una fuente preciosa de información para los integrantes de este grupo, información que le permite a un sujeto anticipar las posibilidades de un suceso o, si éste ya tuvo lugar, establecer su naturaleza y su sentido. La interpretación de los sueños se fundamenta en un vasto cúmulo de símbolos asociados, que van desde representaciones literales de la realidad, hasta expresiones totalmente opuestas de la misma. Los lacandones consideran que, durante el sueño, su alma permanece expuesta a los peligros que habitan las regiones por donde transita, y puede incluso darse el caso de que no regrese. Es por esto que todos ellos tienen muy presente el contenido de sus sueños, pues en función de una adecuada interpretación pueden prever y ahuyentar determinado mal, entre otros la enfermedad. Así, soñar con animales es siempre una señal de alarma, por ser sobre todo el indicio de una enfermedad, aunque puede también estar asociado a otros acontecimientos nefastos.

Debido a su enorme influencia dentro del desarrollo de la vida cotidiana, el contenido de los sueños es continuamente descifrado por los miembros de cada unidad familiar, quienes se reúnen todas las mañanas para comentarlos entre sí y, de este modo, establecer un consenso sobre su naturaleza, tal como ocurre en otros grupos mayanses. Pero si el contenido del sueño es verdaderamente preocupante o ha venido presentándose en forma reiterada, entonces se acude al consejero, quien mediante prácticas adivinatorias, aunadas a lo que indica su experiencia, puede interpretar correctamente el fenómeno y dar la respuesta que el sujeto espera.

En virtud de que el sueño anticipa acontecimientos, en su mayor parte perjudiciales, los lacandones han ideado algunas formas sencillas de conjurarlos. Así, recomiendan escupir inmediatamente después de despertar, si se ha tenido un sueño inquietante; o comunicar el sueño a los demás familiares, para que éstos "sientan vergüenza" y, de este modo, se anule su amenaza.

Muchas veces estos procedimientos no son suficientes para invalidar el peligro anunciado durante el sueño, por lo cual se hace necesario solicitar los favores de alguna deidad. Para saber si ésta se encuentra dispuesta a conceder la ayuda requerida, el jefe de familia recurre a alguna práctica adivinatoria. Antiguamente, el método empleado consistía en enrollar en una mano, y luego en la otra, una hoja doblada de palma con tallo; la posición final del tallo, con respecto al resto de la hoja, era interpretada según un consenso previo. En la actualidad, esta técnica ha caído en desuso; la que hoy día se emplea comúnmente, consiste en juntar las manos de modo que las palmas y los dedos se unan; enseguida, se despegan los dedos hacia afuera, sin separar sus puntas, y luego se despegan también las palmas hasta que sólo permanecen unidos los extremos de las yemas de los dedos; si al hacer este movimiento las uñas compaginan con exactitud, mano con mano, ello quiere decir que la deidad consultada está dispuesta a colaborar en el proceso de curación o, en todo caso, interceder en favor del solicitante ante alguna otra divinidad considerada responsable del mal y con poco ánimo para perdonar al infractor.

Cualquier tipo de enfermedad o de adversidad que pueda aquejar a un lacandón, es susceptible de ser tratada a través de diversos rituales terapéuticos que se desarrollan dentro de un espacio ritual. Es así que, una vez que los dioses han aceptado la súplica del solicitante, el ritual de curación se celebra en el templo familiar, un espacio sagrado que contiene los incensarios de los dioses familiares y del grupo en general. Cada familia lacandona tiene uno de estos templos, que consiste en una choza localizada cerca de la vivienda, construida con cuatro postes de madera, en cada uno de los ángulos, que le sirven como pilares; un techo de dos aguas, hecho con hojas de palma que se prolongan hacia los lados hasta alcanzar el suelo, completa la morada. El mobiliario es sencillo y está formado por unas repisas, ubicadas en uno de los ángulos de la choza, sobre las que se encuentran colocados algunos objetos sagrados, como tambores y vasijas que representan a los dioses. Colgados en unas bolsas grandes, elaboradas con fibra vegetal, se encuentran los calabazos en que se hacen las ofrendas de copal, de balche’, así como de comida y bebida ceremonial. En estas mismas bolsas permanece el xical una tabla de caoba en la que se depositan los nódulos de copal destinados a ser quemados durante las ceremonias, frente a los incensarios. Invariablemente, los templos apuntan hacia el oriente, sitio por donde sale el sol.

Los incensarios son uno de los elementos ceremoniales más importantes. Consisten en vasijas pequeñas, de barro, que llevan en la parte exterior y superior del borde una figurita antropomorfa, que representa el rostro del dios a quien el recipiente está dedicado; la figura tiene rasgos un tanto fantásticos debido al tamaño considerablemente grande de los ojos, la nariz y la boca; en el interior del incensario se quema el copal, mientras que en la protuberancia del labio inferior se depositan pequeñas cantidades de comida ceremonial y de balche’. Por lo general, hay una vasija como ésta para cada dios familiar tutelar y para cada uno de los dioses principales del panteón lacandón. El jefe de familia es quien elabora los incensarios, los cuales, luego de un ritual particular, están listos para cumplir con la función para la que fueron creados: servir de intermediarios entre los dioses y los hombres. De igual manera, es el jefe del hogar quien se encarga de eliminar estos recipientes una vez que están completamente llenos de copal incinerado; para ello, debe llevarlos a algún lugar alejado de los centros habitados, y allí quebrarlos. Existen varios de estos sitios en parajes intrincados de la selva, cuya ubicación los lacandones mantienen en secreto por considerarlos sagrados y, en cierto sentido, peligrosos.

Cada vez que se necesita la comunicación con un dios determinado, el lacandón prepara el ritual. Toma los incensarios de las repisas y los coloca con el rostro enfilado hacia el oriente; si no cuenta con un incensario que lo represente, se lo solicita a uno de sus parientes o vecinos más cercanos. Frente a ellos deposita el xical y, a sus costados, los tambores sagrados. Ocurre a veces que una deidad no está dispuesta, en un principio, a aceptar las ofrendas; en estos casos se recurre a otros dioses para que asuman el papel de intermediarios; la mayoría de las veces se trata de dioses considerados vecinos, que se encuentran ordenados de manera similar en el templo.

La disposición de los participantes en la ceremonia sigue un orden establecido: inmediatamente detrás de los braseritos toma su lugar el oficiante y, atrás de él, se coloca el resto de los participantes, mientras que en una tercera fila se sitúan los niños. Todos los asistentes son del sexo masculino, ya que el espacio sagrado constituye un lugar vedado a las mujeres, con excepciones muy eventuales y específicas.

Para la ceremonia, el oficiante recolecta resina de látex, líquido designado popularmente con el nombre de k’ik, que significa "sangre" entre los lacandones; enseguida coagula la sustancia, según un procedimiento particular, para luego formar con ella pequeñas figuras antropomorfas o zoomorfas que serán cremadas en los braseros. Al arder, éstas se convierten en un incienso aromático que se eleva hacia el dios cuyo enojo se desea apaciguar, ya que el k’ik funge como un mensajero de los hombres para solicitar el perdón divino.

De manera complementaria, el hombre ejecuta en el interior del templo una práctica terapéutica semejante a una limpia, destinada a alejar la enfermedad: pasa una palma de xate sobre el humo de los incensarios, o bien la sahuma con un puro de tabaco encendido; enseguida, la agita en torno a sí mismo, si él es el enfermo o, en su defecto, aplica el mismo procedimiento al paciente. Este ritual curativo se realiza indistintamente para tratar diversas enfermedades, pero ello no significa que dejen de practicarse ciertos tratamientos complementarios específicos para cada una de ellas.

Toda ceremonia, independientemente de la finalidad para la cual es ejecutada, se acompaña de diversas oraciones, cánticos y plegarias, muchos de los cuales expresan no sólo una misma intención, sino que además tienen la misma estructura; en este campo encontramos numerosos rezos con propósitos preventivos, así como otros con fines terapéuticos, en los cuales la diferencia radica únicamente en la mención de la o las enfermedades para las cuales se está solicitando la benevolencia del dios. A continuación se consignan dos plegarias que ilustran esta idea: una, registrada entre los lacandones del sur, que se recita en ocasiones en que se desea lograr protección contra la pérdida de la salud; y la segunda, registrada entre los lacandones del norte, que constituye una demanda de restitución de la salud, en la que se mencionan los padecimientos concretos que se desean curar.

Rezo No 1.
Sáname de todas las enfermedades
porque estoy enfermo;
Hachäkyum, sáname,
desde tu casa te estoy
pidiendo que me sanes,
estoy quemando mi copal,
y por eso estoy orando
por ti.

K’in Ich Ahau, sáname,
por eso estoy pidiendo más
poder de ti.

Käbiram de la Luna, sáname,
Hächakyum, tú eres el único
padre más grande.

Rezo No 2.
No estoy contento,
estoy enfermo
y todo el día estoy
triste.
Hächakyum, sáname,
porque me duele mi
estómago y mi ojo.

El Sol se va muy
rápido.
Cuando yo iba a
caminar,
en donde descansaba
sacaba mi copal y
rezaba.

Antes, cuando el Sol
se ponía,
nosotros íbamos a ver
y el Sol estaba muy
triste.

Estoy triste porque
quiero que mi corazón
esté con mi dios,
que toque mi cabeza y
que me sane,
pero no sé si me quiere
porque estoy triste
y veo a otros que
están contentos.

Entre las oraciones de carácter preventivo también se cuentan muchos conjuros, como el "Conjuro para evitar la picadura de avispa", que describimos más adelante.