Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana
Sueño

Lengua Indígena(s): Otomí ti (Pue) (1). Tzotzil vaychijal (2). Zoque jamø-mabajsi, mabajsi (3).

Experiencia onírica causada porque el alma se desprende del cuerpo durante el descanso nocturno y vaga por la Tierra. En sus exploraciones, viaja a través del tiempo, por lo general hacia el futuro, y a los lugares habitados por las deidades. Es así que los sueños presagian aconteceres venideros y constituyen la vía de comunicación entre el sujeto y la divinidad. Su importancia para la práctica médica tradicional es crucial: mediante ellos, muchos curanderos reciben la señal iniciática, definen sus diagnósticos y descubren las posibilidades de recuperación que tiene el paciente.

A grandes rasgos el sueño presenta dos modalidades: aquél percibido por los hombres de conocimiento, y el experimentado por el común de la gente. Tan es así, que algunas lenguas indígenas tienen dos vocablos para denotar estas particularidades: en zoque, por ejemplo, mabajsi se refiere a la soñarrera del lego, y jamø-mabajsi a la del adivino (3). En lo concerniente a los terapeutas, existen diferencias entre las visiones iniciáticas y las imágenes que permiten establecer un diagnóstico. La indicativa del don para curar frecuentemente se manifiesta durante un episodio cataléptico (4), o bien es recurrente y los símbolos aparecidos en ella guardan un significado inequívoco (5 a 7). Ya reconocido como curandero, el facultativo se distingue del lego porque posee la habilidad de dirigir sus sueños hacia el asunto de interés. Para semejante fin utiliza diversas técnicas, pero en todas ellas aparece la constante de dormir con un amuleto en sus manos o sobre la cabecera de su lecho.

La oniromancia es una disciplina propia de ciertos especialistas, pero debido al grado de socialización al que están sometidas las creencias médicas populares, también es practicada, aunque de manera simple, por la gente común. La consulta al adivino se lleva a cabo sólo cuando el sueño es muy complejo. Dicha técnica descansa sobre tres postulados básicos: los eventos sucedidos durante el sueño corresponden exactamente a la realidad; mantienen una relación inversa con los aconteceres futuros; o bien, aparecen como alegorías de sucesos reales venideros (8 y 9). Dichos postulados parecen contradictorios; sin embargo, permiten que los sueños tengan diversas interpretaciones posibles, y así disminuye el error en la predicción. Los tres preceptos forman parte del discurso popular relativo al tema, pero sobresale la idea de que los sueños encierran significados metafóricos. En cuanto a la enfermedad, cabe mencionar que en el discurso médico indígena, los procesos fundamentales de su causalidad -la sustracción y la posesión- son reflejados por las acciones percibidas en los sueños. Así, al vislumbrar el extravío de un objeto (sustracción), o bien el acopio de alimento (posesión), queda manifiesto un proceso morboso ulterior, ya sea por la pérdida de una entidad anímica o por la penetración de un aire nocivo (1) (3) (7).

Los tarahumaras consideran que los eventos soñados se cumplen con el mismo detalle en la realidad. Si un hombre sueña que su esposa es adúltera, lo interpreta como un hecho verídico. De igual manera, si entrevé que le roban su granero, actúa en consecuencia y cambia sus víveres de lugar. Ahora bien, en ocasiones la representación directa va acompañada de mensajes simbólicos, de ahí que el desciframiento también repose en la parábola. Por ejemplo, al soñar con un hombre cubierto de llagas, el médico u owirúame predice una epidemia de viruela (10).

La oniromancia huichola también recurre a la metáfora, sobre todo cuando pretende explicar el origen de un padecimiento. Puesto que muchas enfermedades son efecto de la sanción divina, es posible descubrir la naturaleza peculiar de una dolencia mediante el análisis de las representaciones que delatan el enojo de algún numen. En el transcurso de la terapia, el mara’akáme presta atención a sus sueños para así identificar al dios que produjo el malestar. Si atisba polvo o tierra, la deidad ofendida es Urianaka, la diosa terrestre; si acaso ve un colibrí o una piedra cristalina, entonces es el Sol quien propició el achaque; el dios del rayo, bisabuelo venado, adopta la forma de una roca negra; Viricota, el señor del peyote, está representado por la pilosidad del mismo vegetal; y una espina de pescado simboliza a Uteanaka, la patrona de los animales acuáticos. No es incongruente la preocupación que tienen los terapeutas por dichos signos, pues cada ser divino exige una ofrenda particular para devolverle la salud al paciente (11).

Según las creencias kikapúes, únicamente ciertos sueños tienen un significado especial. Las visiones de una casa con un hoyo en la pared poniente, o aquéllas donde aparece enfermo el cónyuge, presagian la muerte. En cambio, si un doliente sueña que va montado a caballo, tiene motivo para alegrarse, pues pronto se recuperará (12).

Los matlatzincas utilizan tanto la alegoría como la representación directa para descifrar los mensajes recibidos en sueños. Si después de la primera entrevista con su paciente, el terapeuta se vislumbra golpeando a una culebra, entonces el malestar se debe a un susto. Anuncian la muerte aquellas escenas oníricas en las que figura el agua arrastrando un objeto; por ejemplo, ropa o anzuelos de pesca empujados por el torrente de un río. Las ensoñaciones de un soltero, en las cuales se ve acompañado de una mujer, le avisan quién será su futura esposa. Cuando el inconsciente recrea, un viaje a México, es factible que la travesía se cumpla (13).

De manera similar a sus colegas matlatzincas, el terapeuta otomí fundamenta su diagnóstico con base en las imágenes mentales del letargo. Examina los signos recurriendo a la parábola y al principio de inversión; es decir, el ensueño atestigua lo opuesto a lo que acontecerá. Definitivamente, la experiencia es la piedra angular de tal arte, puesto que con la edad aumenta el acervo de sueños que el terapeuta ha interpretado. Los elementos clave de la oniromancia otomí son las visiones de animales, cuerpos celestes, deidades, alimentos y actividades corporales. En lo tocante a los símbolos ferinos, destaca la idea de que se sueña con bestias cuando el paciente está invadido por un aire patógeno. No obstante, existen particularidades: atisbar un gato delata un envenenamiento; si en el sueño figura un zopilote, el malestar es ocasionado por la pérdida del alma; los procesos morbosos desencadenados por la envidia aparecen bajo la efigie de un puerco degollado. Soñar a la Luna, un dios ancestral, san Pedro o san Pablo, anuncia la necesidad de llevar a cabo un ritual complejo -ya sea una costumbre o una misa- para el sosiego del achacoso. Las imágenes en torno a la comida indican diversos padecimientos, según sea el manjar ingerido: sueñan con chile quienes sufren de trastornos estomacales, las tunas advierten hemorragia nasal o bucal, y la fruta azucarada vaticina un episodio de tos. Al pronosticar el curso que seguirá un malestar, el curandero frecuentemente interpreta sus visiones como lo opuesto al devenir real. Por ejemplo, si vislumbra al paciente muerto, el pronóstico es favorable; pero si lo sueña recuperándose, entonces es probable su fallecimiento. Otra pesadilla relativa a la muerte es la caída de dientes, pues augura la defunción de un pariente (1).

A juicio de los nahuas de Mecayapan, Veracruz, la soñarrera -un artificio o "tentación" que usa el demonio para apoderarse del alma- ocurre cuando el individuo duerme mucho, se baña con excesiva frecuencia o se acuesta sobre el suelo, sin petate de por medio. A pesar de tales connotaciones negativas, los pobladores de Mecayapan practican la oniromancia, basándose en la idea de que los sueños expresan lo contrario de lo que representan. Así, atisbar una tumba significa una larga vida. El matrimonio -por lo regular un evento propiciatorio de bienestar y felicidad- en el sueño es presagio de muerte. Al respecto, Sedeño menciona un relato, con ciertos visos de humor negro:

La esposa de un nahua famoso por el tormento de sus celos soñaba con frecuencia que iba a casarse con otro hombre. Él enfurecía y comenzaba a preguntarle quién era el otro. Se calmaba rápidamente cuando ella le recordaba ‘... no, no te pongas así... tú bien sabes lo que este sueño significa... pronto me voy a ir de aquí, ya me están llamando...’ Pasaba nuestro amigo entonces de los celos a una profunda desesperación no exenta de reproche: ‘¿Por qué sueñas eso?... No, tú te quieres morir, tú me quieres dejar... no debes soñar eso...’(8:145).

En aquellos casos donde resulta imposible el desciframiento mediante las equivalencias inversas, la interpretación recae en la metáfora: soñar con el vuelo predice una enfermedad; el mismo significado tienen los sueños eróticos (8).

El médico huasteco usa su percepción no sólo para el alivio de sus pacientes, sino también para detectar aquellos que no son meritorios de su cuidado. En efecto, a veces un enfermo finge ser víctima de una brujería, cuando en verdad carga con un castigo celestial por infringir los preceptos morales establecidos. Si el curandero sueña al doliente atado de manos y pies, sabrá que la causa del mal estriba en la sanción divina. Ante faltas menores, el paciente tiene posibilidades de recuperarse; solamente debe confesar sus pecados y enmendarlos. Si cumple con estos requisitos, aparecerá en las visiones del terapeuta, librándose de las ataduras. En cambio, si la ofensa es grave, el médico se soñará a sí mismo atrapado en un lugar oscuro y terrible, puesto que está siendo castigado por intentar curar a una persona en "error", y por lo tanto debe suspender la terapia de inmediato. De no ser así, las deidades enfermarán a uno de sus hijos (14).

Sin lugar a duda, los lacandones son quienes presentan la lectura de sueños más compleja, o, quizá, más estudiada. En su sistema, aparecen con enunciados explícitos los tres preceptos básicos del análisis quimérico antes mencionados. Así, la locución ba’ik u tus, "una especie de mentira", encierra el principio de reciprocidad invertida entre los dramas del inconsciente y los acontecimientos venideros; hach u pixan corresponde a la representación directa, lo sucedido en el ensueño ocurre de igual manera en el mundo real; y u k’in se refiere a la metáfora. Imprescindible para la interpretación es el concepto de onen, el cual denota una peculiar relación entre la esfera humana y la animal. Tanto las personas como los dioses poseen un onen o alter ego ferino que se manifiesta en los ensueños. Si bien las alteridades zoológicas son comunes a varias tradiciones indígenas donde resaltan los vocablos nagual y tona, la noción lacandona no guarda similitud con ellas. Hombre y animal no comparten el mismo destino ni la misma psique, y por ende no es posible la correspondencia con el tonalismo; tampoco es correcta la asociación con el nagualismo, pues el sujeto no puede trasformarse en su alter ego. Más bien, el onen funciona como una especie de apellido que demarca a los miembros de un clan. De esta manera, hay gente jaguar, venado, zarigüeya, etcétera. Anteriormente, estos patronímicos gobernaban las reglas del matrimonio, ya que existía una estricta endogamia; pero hoy en día, la selección de cónyuges no responde a semejantes normas. En gran medida, el desciframiento onírico combina las creencias en torno al apelativo con el precepto ba’ik u tus. Así, soñar con una bestia presagia un encuentro con alguien cuyo onen es ese animal. Por el contrario, si durante el letargo se atisba a un conocido, es de esperarse un encuentro con la fiera, alteridad del individuo soñado. Respecto de los vaticinios de un proceso mórbido, la interpretación recae en los símbolos subconscientes. Los lacandones han catalogado un gran número de ellos, cada uno representativo de un malestar particular: las pesadillas en las cuales figuran diversos cortes de carne anteceden a un ataque de vómito; la sal y manteca anuncian catarros y tos; si acaso se vislumbran aguacate, manzana o guayaba, es de esperarse una enfermedad con grandes llagas en los brazos y piernas; soñar con carbón, fuego, aves, maíz desgranado, el acto de cocinar o de estar sentado a la sombra durante un día caluroso, augura fiebre. Mención aparte merecen los presagios indicativos de una mordedura de víbora, pues ésta es la principal causa de muerte accidental entre los lacandones. Toda visión de un objeto puntiagudo o cilíndrico así como soñar con tabaco, papel moneda o personas orinando, peinándose o escribiendo, avisa un encuentro de este tipo. Otras imágenes que profetizan la muerte son el eclipse de un astro, el vuelo, órganos genitales, huesos, excremento, ropa manchada o gente corriendo. Es saludable comentar mensajes tan nefastos con un amigo o pariente para que así no se conviertan en realidad. Tal medida preventiva adopta el nombre de "tomar vergüenza" (9).

A todas las creencias expuestas, parece subyacer una tendencia pesimista, inclinación que sobresale en el discurso tzotzil de Zinacantán, Chiapas. De ciento veinticinco escenarios subconscientes reportados, Laughlin encontró que ochenta y cuatro predecían enfermedades y muerte, y sólo cuatro anunciaban buena salud. En las visiones sufridas por el terapeuta cuando pretende descifrar las causas de un malestar, resaltan la pérdida de un objeto o el consumo de un alimento. Así, diagnostica aire si su ensoñación manifiesta beber un refrigerio o ingerir una platillo sabroso; en cambio, si percibe el extravío de un caballo o una prenda de vestir, a su paciente lo aqueja una pérdida del alma. Los indicios de una pronta recuperación o del goce de buena salud aparecen invertidos en las imágenes subconscientes del curandero: cuando vislumbra a su cliente en agonía, establece un pronóstico favorable. En lo tocante a los sueños iniciáticos, destaca el principio de correspondencia exacta entre el sueño y la realidad: el futuro chamán se imagina fungiendo como tal, o bien recibe una orden indicándole su destino. No obstante, a veces el llamado se esconde tras ciertos gestos simbólicos: el hecho de recibir flores en sueños anuncia la vocación de partera; por su parte, el huesero descubre su oficio al soñar que endereza y compone un árbol astillado (7).

La oniromancia en México data de tiempos precortesianos; incluso, existían códices que plasmaban esta ciencia. El Temicámatl de los antiguos nahuas era uno de ellos, y quienes lo interpretaban recibían el nombre de temic iximatini. Una vez consumada la Conquista, los evangelizadores pertenecientes a la Regla (agustinos, dominicos y franciscanos) intentaron reprimir esta práctica. Al respecto, un pasaje de Duran es elocuente:

Y el acusarse en esta gente que cree en sueños, cuando se confiesan, sepan los padres confesores de indios que lo tenían antiguamente por revelación divina... Por lo cual es menester que agora, en tratando de sueños, que sean examinados en qué era lo que soñó por que puede ser que haya algún olor de lo antiguo, y así es menester, en tocando esta materia, preguntar: ‘¿qué soñaste?’ y no pasar con ello como gato en ascuas (4:22).

Los clérigos seculares continuaron con las tareas coercitivas, cuando, en el siglo XVII, suplantaron a las órdenes religiosas en la misión catequizadora. A pesar de tales esfuerzos, subsiste aún el arte de la interpretación quimérica en el quehacer médico tradicional.

Índice de Autores

(1) Galinier, J., 1990.

(2) López Gómez, R., s/f.

(3) Reyes Gómez, L., 1988.

(4) Anzures y Bolaños, M. del C., 1987.

(5) Sandstrom, A. R., 1991.

(6) Lipp, F. J., 1991.

(7) Laughlin, R. M., 1980.

(8) Sedeño, L. et al., 1985.

(9) Bruce, R. D., 1979.

(10) Bennett, W. et al., 1978.

(11) Benítez, F., 1971.

(12) Latorre, F. et al., 1976.

(13) Fragoso, R. 1978.

(14) Alcom, J. B., 1984.

DM