Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana
Luna

Sinónimo(s): Nuestra madre (1 a 5). Lengua indígena: Huasteco iits’ (1). Mixe po’ (2). Mochó ?ahaw (6). Otomí zana (3). Totonacos matkuyu (7). Tzotzil me’tik (8).

Único satélite natural de la Tierra, la Luna tiene una importancia enorme en las concepciones indígenas, puesto que su periodo sinódico refleja la temática de muerte y resurrección. De esta manera, el discurso médico popular le asigna el papel dual de agente pernicioso y de astro curativo.

Se relaciona con la fertilidad, pues estimula la maduración de los tejidos reproductivos vegetales, animales y humanos. En este sentido, los huastecos sostienen que su luz reacciona con el rocío para activar la fructificación en las huertas (1). Además, afecta la fisiología humana pues rige el ciclo menstrual de las mujeres, noción compartida también por los totonacos y otomíes de la sierra Norte de Puebla (3) (7), así como por los nahuas y popolucas del istmo veracruzano (9).

La Luna interviene en la preñez y en la formación del feto. De hecho, existen diversas creencias acerca de la concepción y su relación con la selenografía étnica. Los mochó aseguran que la esperma se hace "menos aguada" y por lo tanto más eficaz, durante el plenilunio. Según la obstetricia maya, la fecundación efectuada al tiempo de esta fase producirá un niño, pero si se realiza durante el novilunio, la criatura será niña (10). Subsiste un concepto similar, aunque modificado, en el campo morelense: los infantes engendrados durante la oposición lunar son "de naturaleza fuerte", es decir vivaces, activos y sanos; pero si lo fueron al tiempo de la conjunción, son débiles y enfermizos (11).

A lo largo del embarazo, ciertas atenciones y cuidados deben ejecutarse coordinadamente con las fases del satélite. Por ejemplo, cuando repunta en lleno, incumbe al esposo huasteco darle masajes a su mujer gestante para que el niño no se fusione con la pared del útero (1).

Tampoco escapa de su influencia el nacimiento: según los purépechas, la dificultad o facilidad del parto están en función de los periodos lunares (12). Es más específica la información recogida en la península de Yucatán, pues sus habitantes indígenas dicen que los esfuerzos de la parturienta son menos intensos al momento del plenilunio (10). Por su parte, los tzeltales le atribuyen a los niños nacidos en esta fase, una constitución física vigorosa (13). Igual piensan los mochó, pero con matices peculiares: quien viene al mundo durante la luna llena, será fuerte, mas no longevo; en cambio, el nacido en los días sin luna será enfermizo, pero vivirá muchos años (6). Los purépechas dicen que los paridos en fechas próximas a la conjunción sufrirán diarreas frecuentes (V. turhini uerhani).

El discurso indígena en torno al cuerpo celeste está cargado de simbolismos, todos ellos indicativos de la feracidad y la abundancia. Algunos evocan componentes anatómicos y fisiológicos del ser humano; otros se ocultan a guisa de algún animal, en particular el conejo. Dichos simbolismos adquieren relevancia en la tradición oral, pues son las metáforas o metonimias para denotar al satélite. Así, se forma el siguiente círculo semántico: Luna = conejo = fertilidad = leche/esperma = menstruación = Luna (14). Además, al complejo se añaden las categorías opuestas de "fuerte" y "débil", alusiones al crecer y menguar del astro, o bien a sus facetas en oposición y conjunción (6). Cambian las connotaciones del binomio dentro de la selenografía huasteca: débiles son el interlunio, el cuarto creciente, el plenilunio y el cuarto menguante; pero las fases intermedias a estas cuatro son fuertes (1). De cualquier manera, destaca este conjunto de significados en varios rituales terapéuticos a lo largo y ancho del país. Los curanderos lo usan para reconstruir una porción pertinente del mundo teogónico y mostrársela a sus pacientes, recurriendo a la dramatización y narración figurada (15) (V. figuras de papel.

Como protagonista de tal exégesis, la Luna llega a ser un ente patógeno o curativo. Cuando está en oposición, es considerada fuerte y tiene el don de irradiar esta cualidad. Así, los discursos médicos mayas, mixes y zoques coinciden al señalar que el plenilunio vivifica al paciente y refuerza los remedios que éste toma (2) (10). En cambio, al transcurrir el interlunio, los enfermos se agravan, los moribundos sucumben y las plantas medicinales pierden su eficacia. Idéntica creencia se observa en la región veracruzana de los Tuxtlas (16).

Las trasmutaciones lunares afectan a los cuerpos de agua y los líquidos de los tejidos vivos. Mazatecos y tzotziles afirman que las heridas sanan con mayor rapidez durante la luna llena, ya que la sangre se hace espesa y la cicatrización es más efectiva (8) (17). Paralelamente, prefieren cosechar su maíz durante este periodo, pues la savia es más "maciza" y la planta no se pudre (18). Prácticas similares subsisten en todo el México rural: el plenilunio vigoriza las semillas y marca los días propicios para seleccionarlas y sembrarlas. Inmerso en la vida campesina, el quehacer médico indígena retoma estos conceptos agrícolas para la elaboración de sus remedios y herramientas. La ventosa chontal llamada t’up’ se hace a partir de los frutos de una planta del género Crescentia éstos deben colectarse durante la luna llena, pues de otra manera el utensilio se agrieta.

La relación entre el pronóstico y las estaciones del satélite parecen invertirse en Hueyapan, Morelos: al despuntar la luna llena, el paciente se agrava, pero mejora durante la conjunción (19). Los morelenses siguen atribuyendo fuerza a la fase plenilunar, pero ésta se traduce en una robustez del malestar, y no del doliente, como lo piensan en el sur del país. Además, dentro de la terapéutica popular caben las excepciones. Si bien los mayas juzgan favorablemente a la luna llena, no por esto dejan de responsabilizarla de ciertos trastornos nerviosos, como son los ataques epilépticos (10). Aun cuando los mixes prefieren realizar sus prácticas curativas y ceremoniales durante el periodo de luna creciente, deben efectuar el tratamiento para el antojo durante el menguante (2).

Aparte de la epilepsia, existen varias enfermedades asociadas a estadios específicos del mes sinódico. Por ejemplo, kikapúes, otomíes y mayas reconocen una mayor incidencia de enfermedades dérmicas al repuntar el cuarto creciente (3) (10) (20) (V. granos y kak). No obstante, otros padecimientos son consecuencia del carácter divino y poseedor de voluntad de la Luna, y no tanto de una fase suya. La Luna se ofende si es señalada o mirada fijamente, y castiga enfermando a los irrespetuosos. El padecimiento tzotzil llamado metik ta sat, equivalente a cataratas, es el resultado de tal acción punitiva. Otros ejemplos de la ira lunar son los trastornos huastecos llamados te’eth k’al iits’ y tsamay a iits’; el primero consiste en purulencias dolorosas que nacen en las puntas de los dedos, y el segundo se manifiesta por vómitos y mareos (1). La Luna también llega a ser la causa de la esterilidad femenina: acostumbra prodigar la fertilidad, pero es capaz de sancionar a las mujeres irreverentes negándoles el embarazo.

El satélite incrementa su esencia negativa cuando se eclipsa, puesto que entonces desprende efluvios nefastos que afectan de manera singular a las mujeres grávidas, quienes corren el peligro de parir hijos deformes; dado que los rayos lunares intervienen en el desarrollo embrionario, al ser interceptados resulta defectuoso el proceso formativo. En la terminología vernácula, la criatura queda "comida por la Luna", afección manifiesta ya sea por el labio hendido, llamado también leporino (aspecto similar al del conejo selenita), manchas rojizas en la piel o piernas torcidas (2 y 3) (7) (9 y 10). Además, los eclipses adquieren significados apocalípticos, pues según los tzeltales, cuando ocurren, los objetos inanimados pueden convertirse en fieras y devorar a la humanidad (13) (V. eclipse y tencuacho).

El satélite guarda una estrecha relación con las prácticas mágicas. Los brujos de los Tuxtlas ejecutan a la luz de sus rayos sus hechicerías, en particular aquéllas vinculadas a las trasformaciones hombre-animal propias del nagualismo (16) (V. nagual). La Luna lo mismo rige la fecundación que gobierna las trasfiguraciones mágicas, pues ambos fenómenos son en realidad una metamorfosis. Se cree que los naguales -sobre todo los llamados harbolarios, quienes tienen el don de convertirse en aves nocturnas- realizan sus sortilegios durante la luna llena (16) (V. harbolario). Entre los zapotecos, hay un tipo de hechicero llamado Bižá’á; él también tiene el poder de la mutabilidad, y también requiere de la luz lunar para ejecutarlo.

En el plano mitológico, el astro es encarnado por una deidad, generalmente femenina y sincretizada con la Virgen María (1 y 2) (4) (9 y 10) (13). Esta parece ser la norma, aunque totonacos y otomíes asocian con figuras masculinas como san Diego, san Marcos y san Mateo (7). La Luna gobierna la noche y llega a ser el lugarteniente del Sol durante este periodo. En la cosmovisión tzeltal, vela para que el mundo no vuelva a su estado anterior a la creación de la divinidad solar (13). En varias culturas funge como la esposa o hermana del Sol. Además, tiene una estrecha vinculación con la tierra o el inframundo, pues por un lado, desciende a él durante su conjunción, y por el otro, es vista como la novia de la deidad terrestre o infernal. Varios mitos sugieren tal amorío: los nahuas y popolucas del istmo veracruzano dicen que la hermana del Sol fue en algún momento la prometida del Chato, el rey del mundo inferior (9); los huastecos cuentan un relato donde el diablo intenta seducir a la Virgen María (1); los otomíes vinculan a la Luna con la deidad terrestre Moctezuma (21).

Impregnados de conceptos prehispánico sobreviven muchos mitos referentes a la creación del Sol y la Luna, que se pueden resumir en dos prototipos. Existen diferencias regionales pero diversas variaciones también llegan a estar presentes en una misma cultura. Uno de ellos versa sobre dos hermanos -el Sol y la Luna- que luchan contra las deidades del averno y hacen de la Tierra un lugar propicio para el hombre. Este relato se encuentra en el Popol Vuh de los antiguos quichés y en las cosmogonías modernas de los mazatecos, mixes, tarahumaras y otros grupos. Otro mito es el de la creación simultánea del Sol y de la Luna mediante el sacrificio, donde dos dioses, uno rico y otro pobre, se arrojan a una hoguera para convertirse en luminarias. Aparece en la obra de Sahagún y la protagonizan Tecuziztécatl y Nanahuatzin: el primero potentado, y el segundo pobre y buboso. Tecuziztécatl, el favorito de los demás dioses para convertirse en el Sol, titubea antes de lanzarse a la lumbre. Nanahuatzin toma la iniciativa y se arroja al fuego para transformarse en estrella. Al ver esto, la envidia corroe al dios rico y él también se inmola. Surgen dos lumbreras, pero los dioses opacan a Tecuziztécatl arrojándole un conejo (22).

Aparecen simbolismos propios de la fertilidad en ambas tradiciones: en el cuento de los dos hermanos, quien representa a la Luna realiza actos que desencadenan la proliferación de plantas y animales; Tecuziztécatl es potentado, emana abundancia y ostenta la marca de un conejo, animal famoso por su capacidad reproductiva.

Índice de Autores

(1) Alcorn, J. B., 1984.

(2) Lipp, F. J., 1991.

(3) Galinier, J., 1990.

(4) Lumholtz, C., 1987.

(5) López Austin, A., 1990b.

(6) García-Ruiz, J. F., 1987.

(7) Ichon, A., 1973.

(8) Holland, W. R., 1978.

(9) Münch Galindo, G., 1983.

(10) Redfield, R. et al., 1934.

(11) Mellado Campos, V. et al., 1989.

(12) Beals, R. L., 1964.

(13) Nash, J., 1975.

(14) Hunt,E., 1977.

(15) Dow, J., 1986.

(16) Olavarrieta Marenco, M., 1977.

(17) Pérez Hernández, A. et al., 1983.

(18) Incháustegui, C., 1984.

(19) Álvarez Heydenreich, L., 1987.

(20) Latorre, F. et al., 1976.

(21) Sandstrom, A. R. et al., 1986.

(22) Sahagún, B. de, 1985.

DM