Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana
Sol

Lengua Indígena(s): Chol ch’ujutat (1). Chontal galhora (2). Cuicateco y’a2an4 (3). Maya k’in (4). Mayo taa’a (5). Mixteco ñicandyi (6). Náhuatl tonatiuh (7). Popoloca nzaa2 gu2 (8). Popoluca suvut (9). Purépecha jurhíata (10). Totonaco chi’chiní’ (11). Triqui güi3 (12). Tzotzil c’ac’al (13). Zapoteco bitsa (14), gubidxa (15). Zoque jama (16).

Estrella rectora del cosmos, personificada por Jesucristo. Recibe además otros nombres como "nuestro padre", "el padre eterno", "papacito", etcétera. Todos ellos indican su esencia masculina y creadora. Es la fuente prístina del calor, cualidad que en las cosmovisiones populares no solamente conlleva un significado térmico; es también uno de los componentes fundamentales de los seres vivos (17) (V. frío-calor). Así, el Sol emana los soplos anímicos que encarnan en el rudimento humano y le dan aliento. (V. alma, ch’ulel y tonalli). Por esto mismo, es el personaje central de la exégesis mítica propia de los terapeutas tradicionales, quienes lo invocan para sanar a los enfermos. Aun cuando destaca su influencia benéfica, es a la vez el origen de ciertos padecimientos.

La imagen solar figura en las ceremonias otomíes llamadas costumbres, así como en los lugares sagrados a donde peregrinan los integrantes de la etnia (V. costumbre); se le implora la salud y las lluvias necesarias para el cultivo (18). Igualmente destaca en los rituales curativos de los nahuas de Ixhuatlán de Madero, Veracruz, simbolizada por una cruz o a través de diversas representaciones de papel. Tales efigies cumplen una función importante en las ceremonias de xochitlalia y cabo de año. A juicio de los curaderos de la región, las entidades anímicas humanas -el yolo y el tonalli - así como diversos espíritus protectores que habitan los cerros, son seres consustanciales de la estrella (19). Conforme a varias tradiciones indígenas, el maíz también encarna la incandescencia del Sol (19 y 20); de ahí su importancia en la dieta y la terapéutica popular. En efecto, los granos de la mazorca son objetos sagrados, utilizados con frecuencia en procedimientos adivinatorios y de diagnóstico (V. adivinación con granos de maíz).

Puesto que el astro irradia efluvios vivificantes, la helioterapia no es un recurso desdeñable en la medicina popular. Por ejemplo, el flujo insuficiente de leche materna se cura exponiendo a la madre lactante a la luz del día (V. cortarse la leche). Algunos tratamientos contra el susto deben realizarse cuando la estrella ocupa el punto más elevado de su trayectoria diaria (21). En Morelos, la esterilidad femenina se cura tomando baños de sol (V. óvulo escaso).

La efectividad de ciertos instrumentos médicos descansa en la simbología solar que les es propia. El muvieri huichol, vara mágica usada por el curandero, mara’akáme, tiene en la punta unas plumas de águila o halcón que encierran el poder del astro, pues participan de su esencia. Los chupadores totonacos -especialistas en remover enfermedades succionando el cuerpo de sus pacientes- utilizan una caña que representa a la estrella (V. chupador).

Sin embargo, el Sol también es un agente patógeno. Ajuicio de los mayas yucatecos, de él emana el tancas, sustancia dañina que produce delirios. Los tabasqueños creen que su intensa luz puede cerrar los bronquios y provocar ataques de asma. Según algunos informantes chiapanecos, es quien envía la tos ferina a los niños. Por su parte, los huicholes le atribuyen ser el causante del mashashikame, padecimiento que cursa con diarrea, adelgazamiento y falta de apetito. Además, creen que provoca la viruela, el sarampión, granos y otras enfermedades dérmicas. Dicha etiología descansa en un mito antiguo que aún subsiste en diversas regiones del país, entre ellas la mesa del Nayar. De acuerdo con el relato, un niño pobre y buboso se sacrificó para convertirse en el luminar (22).

No sólo su esencia incide en las cuestiones relativas a la salud, también lo hace su movimiento. Al sumergirse en el poniente, la faz terrestre queda sin su amparo y a la merced de los espectros del inframundo que merodean los caminos y poblados, enfermando a quien encuentran. Puesto que las horas de luz y oscuridad varían a lo largo del año, existen fechas con mayores peligros que otras. Por tal motivo, los hombres de conocimiento prestan especial atención al trayecto solar anual. Conviene reseñar este pensamiento desde el punto de vista de quien percibe a la Tierra como una superficie plana, alrededor de la cual circula el cosmos, pues éste es el marco de referencia de un gran número de terapeutas indígenas (V. mundo). En la madrugada del 21 de marzo, el Sol repunta exactamente en el este; es el momento del equinoccio primaveral, cuando el día dura el mismo tiempo que la noche. A partir de esa fecha, los despuntes del astro se desplazan cada vez más hacia el norte, y el tiempo diurno crece a expensas del nocturno. Así sucede hasta llegar al 22 de junio, el solsticio de verano, cuando el amanecer ocurre en su extremo nororiental, y el número de horas de luz es el máximo para todo el año. De ahí en adelante, la salida solar vuelve a desviarse hacia el sur, y los días empiezan a acortarse. Nuevamente repunta en perfecta alineación con el este durante el equinoccio de otoño, el 21 de septiembre. Continúa su marcha austral, y la oscuridad empieza a superar al fulgor. El 21 de diciembre es el solsticio de invierno, la jornada más corta del año; el alba ocurre en su límite sur-oriental. Después de esta fecha, comienza de nuevo el desplazamiento septentrional, hasta el 22 de junio (23).

Ahora bien, dada la latitud de la región mesoamericana, el arco solar -cuyo comienzo y fin son respectivamente el amanecer y atardecer- presenta una cierta declinación relativa al plano terrestre; sea al norte o al sur, dependiendo de la temporada del año. Sólo en dos fechas queda perpendicular a la Tierra; esto es, durante los días de tránsito cenital. Cabe mencionar que el Sol nunca llega al cenit en latitudes mayores a la del Trópico de Cáncer, pero dicho pináculo ocupa un lugar destacado en las teogonías y prácticas médicas de los pueblos más meridionales (23).

El recorrido anual del Sol, plasmado en el firmamento, recibe el nombre astronómico de eclíptica. En el pensamiento occidental, se trata de una franja imaginaria que pasa por las constelaciones del Zodíaco. Por ella circulan los planetas y la Luna (23).

Toda esta fenomenología la conocen los curanderos de diversas etnias. Los nahuas y popolucas del istmo veracruzano la particularizan en sus discursos médicos. En efecto, el periodo comprendido entre el primer viernes de marzo y el 24 de junio lo llaman tiempo de figuras, y es la temporada propicia para la recolecta y procesamiento de los remedios vegetales. Su razón de ser descansa sobre ciertos preceptos cosmológicos. Abarca el lapso entre el equinoccio primaveral y el solsticio de verano. El principio masculino -es decir, el calor- está en su apogeo; las fuerzas enfermantes del inframundo -aquéllas asociadas a la noche, el frío y lo femenino- viven debilitadas por el creciente número de horas lumínicas. La culminación del tiempo de figuras coincide con el día de san Juan Bautista, el 24 de junio. En esta fecha, el santo instruye a los hierberos, y la mítica serpiente de cascabel alecciona a los brujos (24) (V. serpiente de agua). Por su parte, los tzotziles de San Juan Chamula, Chiapas, dicen que el periodo entre los solsticios vernales e invernales es propicio para los espectros del inframundo, pues la luz solar empieza a menguar y la Tierra es gobernada por el principio femenino (25). Más aún, los entes del averno comienzan a dominar en el mes tzotzil llamado sbavinkil. Inicia el 8 o 9 de agosto, fecha casi coincidente con el segundo tránsito cenital en los Altos de Chiapas (23) (25). Los mayas yucatecos llaman al cenit u hol gloryah, el orificio que comunica a la deidad solar, hahal Dios, con la Tierra. Cuando el astro llega a este punto, las plegarias del curandero maya, h’men, adquieren mayor fuerza y eficacia. En lo tocante a la eclíptica, los chortís de Guatemala afirman que la temporada llamada canícula comienza cuando dicha trayectoria intercepta la Vía Láctea, formando una inmensa cruz en el firmamento. En diversas localidades de Mesoamérica, la canícula es un periodo luctuoso, pues abundan los aires enfermantes (V. aire y calendario). En lo concerniente a la identidad divina del Sol, el discurso indígena difiere del católico ortodoxo, ya que el primero se inclina a la metonimia, y el segundo a la metáfora. Si bien la Iglesia construye una alegoría entre la luz solar y Jesucristo, le parece una aberración afirmar que el astro es Cristo. Sin embargo, tal aseveración gobierna algunas concepciones étnicas actuales. Por ejemplo, según el credo chamula, la deidad solar reside en la capa superior del cosmos; su cabeza y manos irradian luz, y su cuerpo abarca toda la bóveda celeste. Los seres humanos no pueden percibir a Jesús en su forma real, porque entre la Tierra y la última morada celeste hay una especie de tamiz; la luz emanada por el dios se proyecta, a manera de un disco incandescente, sobre este filtro. Así, cuando el Sol repunta en el horizonte matutino, en realidad la testa de Cristo se asoma a la Tierra. Al atardecer, su cuerpo forma un gigantesco arco en el cielo, y su cabeza se esconde en el occidente crepuscular (26).

Las leyendas en torno a la creación del astro presentan distintas vertientes: una describe las hazañas de dos hermanos (el Sol y la Luna) que luchan contra las deidades del inframundo y hacen de la Tierra un lugar propicio para el hombre (27 y 28); otra, mencionada anteriormente, relata el sacrificio de un dios pobre y buboso (18 y 19); y una tercera, cuenta cómo el Sol, engendrado por su madre la Tierra, lucha contra sus hermanos (la Luna y las estrellas) para defender a su progenitora. Estas mitologías provienen de la tradición oral prehispánica, y aún subsisten. Figuran en las crónicas coloniales como el Popol Vuh y los escritos de Sahagún (29). Cabe mencionarlas pues encierran conceptos importantes del discurso médico indígena, o bien lo hacen más comprensible. En las tres vertientes existe una temática común: el Sol tiene sus orígenes en la impureza, pero mediante el sacrificio o la lucha, se limpia de corrupciones. En la leyenda de los dos hermanos, éstos nacen donde hay fragmentos de ramas y hojas; es decir, materia en descomposición (27). La alusión cobra mayor fuerza en el segundo mito, pues el protagonista es miserable y enfermizo. En lo tocante al tercer relato, su versión mexica describe cómo Coatlicue, la diosa terrestre, engendra al dios solar, Huichilopochtli, al guardarse una bola de plumas en el regazo (30). Así, la mitología da cuenta de los efluvios contaminantes y patógenos que emite el ser luminoso (V. tlazol). Por otro lado, la secuencia corrupción-sacrificio-pureza queda reflejada en la terapéutica tradicional. En efecto, diversos rituales curativos requieren de la expiación, sea por medio de una manda, una sangría, la muerte de un animal, etcétera.

Índice de Autores

(1) Aulie, H. W. et al., 1978.

(2) Turner, P. et al., 1971.

(3) Anderson, R. et al., 1983.

(4) Barrera Vásquez, A. et al., 1980.

(5) Collard, H. et al., 1974.

(6) Pensinger, B. J., 1974.

(7) Molina, A. de, 1966.

(8) Barrera, B. et al., 1978.

(9) Clark, L. E., 1981.

(10) Velásquez Gallardo, P., 1978.

(11) Aschman H. P., 1983.

(12) Good, C., 1978.

(13) Hurley, A. et al., 1978.

(14) Nellis, N. et al., 1983.

(15) Pickett, V. et al., 1971.

(16) Harrison, R. et al., 1983.

(17) López Austin, A., 1990b.

(18) Galinier, J., 1990.

(19) Sandstrom, A. R., 1991.

(20) Ichon, A., 1973.

(21) Pérez Hernández, A. et al., 1983.

(22) Casillas Romo, A., 1990.

(23) Aveni, A. F., 1980.

(24) Münch Galindo, G., 1983.

(25) Gossen, G. H., 1974b.

(26) Sosa, J. R., 1984.

(27) Portal, M. A., 1986.

(28) Lipp, F. J., 1991.

(29) Sahagún, B. de, 1985.

(30) Burkhart, L. M., 1989.

DM