Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana
Ch’ulel

Tzeltal y tzotzil. Espíritu invisible alojado en el cuerpo humano y compuesto de trece partes. Su desprendimiento, o el de sus entidades constituyentes, conduce a una enfermedad, episodio en el cual el doliente debe someterse a una ceremonia curativa especial para recobrarlas.

A pesar de su posible disgregación, enmarcada en las diversas modalidades de la dolencia conocida como pérdida del alma, el ch’ulel es eterno e indestructible, pues permanece después de la muerte física (1). Es el primer aliento que adquiere el cuerpo en su estado fetal, y el último en abandonarlo después del fallecimiento. Quienes lo implantan en el embrión son los totilme?iletik o dioses ancestrales (2). Su ubicación es motivo de controversia, pues cada comunidad lo sitúa en distintas regiones anatómicas: para los zinacantecos, está en la sangre y en el corazón (1 a 3); de acuerdo con los pobladores de Larraínzar, se halla solamente en la sangre (4); a juzgar por los curanderos de Chenalhó, se distribuye por todo el cuerpo (4); y conforme a los habitantes de San Juan Chamula, se encuentra en la punta de la lengua (5). Dota al sujeto de inteligencia, voluntad y lenguaje, ypor tal motivo, su daño permanente origina epilepsia, locura, estupidez y demás trastornos mentales (3).

Junto a la idea de un alma interna, en los grupos mayenses existe la convicción de que cada ser humano comparte su destino con uno o varios animales; a lo largo de la vida, cualquier percance sufrido por una persona, influye del mismo modo a su contraparte animal, y viceversa. Tal conexión descansa en la creencia de que el individuo y su alter ego comparten el mismo ch’ulel, pues cuando los dioses ancestrales lo fijan en el rudimento humano, al mismo tiempo lo hacen en el embrión de una bestia (V. chanul y tona). Pero la entidad no está restringida a los seres humanos y sus alteridades zoológicas; según dicen los zinacantecos, todas las cosas importantes o valiosas tienen su alma interna. Para ellos, las plantas cultivadas como el maíz, el frijol y la calabaza; la sal y la casa; las cruces de madera que ellos levantan en los cerros sagrados, dentro de las cuevas y junto a los ojos de agua; los instrumentos musicales que usan en las ceremonias; los santos de las iglesias católicas y todas las deidades, poseen un ch’ulel poderoso (1). De acuerdo con el pensamiento chamula, es consustancial con una vela que alumbra desde la última capa del cielo, y de cuya protección se encarga san Jerónimo, el patrón del destino humano (5) (V. ?ora). Puesto que se compone de trece partes, una o más de ellas pueden desprenderse del cuerpo y quedar atrapadas en algún paraje lejano, perjudicando la salud de su poseedor. Estos trastornos reciben los nombres de ch’ulelal, "la enfermedad del alma", bik’ta ch’ulelal, "enfermedad del alma causada por su venta" (6). La pérdida definitiva del ch’ulelacarrea la muerte. Mientras la persona duerme, toda o parte de su ánima logra a veces dejar el cuerpo para visitar a los dioses ancestrales. También consigue separarse en momentos de mucha excitación, particularmente durante el acto sexual (1). En sus exploraciones, viaja a lugares remotos y con mucha frecuencia se pierde, o bien es hecha prisionera por los númenes terrestres y moradores del inframundo, como el yahval b’alamil y el pukuj (6). Por lo regular, el abandono es voluntario durante el descanso nocturno; es decir, por sí mismo va y regresa (7). En otras ocasiones, puede ser sustraída por la fuerza de algún brujo o deidad, así como al pasar un susto su dueño. El ch’ulel tiende a dejar el cuerpo de un niño pequeño con facilidad, pues su adherencia a la carne aún no está consolidada. Uno de los principales propósitos de la ceremonia del bautismo, es fijar más permanentemente el alma interna del infante (1) (V. bautizo).

Existen dos procedimientos fundamentales para que el h’ilol o curandero determine si a su paciente lo aflige una privación anímica. Puede tomarle el pulso en varios puntos del cuerpo, pues el ritmo de la sangre le indica si las trece fracciones del ch’ulel están completas. Después de pulsar al enfermo y determinar el daño, el h’ilol recurre a la adivinación con granos de maíz para descubrir cuántas de ellas se han perdido. Coge trece semillas de maíz blanco, trece de maíz rojo, trece de maíz negro y trece de maíz amarillo, y las arroja todas en un vaso de agua. Observa cuántas flotan y cuántas permanecen en el fondo; las primeras le indican el número de componentes perdidos (2). Una vez establecida la naturaleza del trastorno, prosigue con una compleja ceremonia curativa, donde le pide a las deidades el regreso de las entidades anímicas del paciente (V. adivinación con granos de maíz).

Al fallecer una persona, su ch’ulel permanece ya sea en el cuerpo o en la tumba, por un determinado lapso que varía según las creencias de cada localidad. En Pinola, se queda allí cuarenta días, pero también visita los lugares donde esa persona solía trabajar, jugar o viajar (8). Según las ideas zinacantecas, se queda en la sepultura durante un periodo que corresponde a la duración de la vida del difunto (1). Los chamulas piensan que deja el cuerpo unos cuantos días después de la muerte (5).

Existen trances en los que el alma se resiste a abandonar la tierra y peregrinar al mundo de los muertos, como le corresponde. En estos casos, se convierte en un peligro para los vivos, pues al entrar en contacto con ellos, los llega a enfermar. Quienes murieron guardando un rencor pueden arrebatar el ch’ulel de su rival, ocasionándole la muerte (7). Por tal motivo, dentro de los ritos funerarios, se acostumbra realizar una ceremonia para encaminar al espíritu en su travesía al inframundo. El modo de ejecutar el acto varía, pero invariablemente destacan los rezos y los sahumerios en la casa donde vivía el finado (7) (9).

Ya en el katim’bak —averno indígena donde el ch’ulel permanece un tiempo—, éste sufre una involución hasta llegar a su estado prístino, para luego regresar al cielo, y después nacer en otro individuo de sexo opuesto, ya sin conciencia alguna de sus existencias anteriores (entre los huastecos, subsisten ideas de reencarnación similares) (V. haluk). No obstante, en el mismo territorio de los Altos de Chiapas, el retorno presenta ciertas particularidades en cada comunidad: los habitantes de Larraínzar creen que el ch’ulel entra en un infante de otro poblado; en cambio, según los zinacantecos, siempre regresa al mismo patrilinaje. Los pobladores de Chenalhó creen en ambas posibilidades (4).

Índice de Autores

(1)Vogt, E. Z., 1970.

(2)Vogt, E. Z., 1980a.

(3)Albores Zarate, B. A., 1978.

(4)Köhler, U., 1975.

(5)Gossen, G. H., 1975.

(6)Arias, J., 1974.

(7)Sepúlveda, M. T., 1983.

(8) Hermitte, E. H., 1970a.

(9) Séjourné, L., 1964.

DM