Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana
Alma

Sinónimo(s): aliento, ánima, espíritu, espíritu chico (Chis) (1), espíritu grande (Chis) (1), sombra. Lengua Indígena: Chinanteco 4, mmi2 gi2 (2). Huasteco ehetal, ts’itsiin (3) Huichol cupuri, iyari y tukari (4 a 6) Mazateco énima (7). Mixe hot’a• nimi (8). Náhuatl tonalli (9 a 15), yolo (9 a 13), yolotl (14) Purépecha coasica (16) Tarahumara iwigála (17). Tzotzil ch’ulel (18 a 20). Zoque kojama (21).

Principio vital etéreo inherente al ser humano.

En el discurso médico popular, el alma se encuentra en estrecha relación con la salud y la enfermedad, pues un gran número de padecimientos se explican a partir de los daños sufridos por tal esencia.

A juicio de los terapeutas populares, alma y cuerpo no constituyen dos categorías opuestas; más bien forman un continuo (22). El funcionamiento del organismo depende de la entidad anímica; no obstante, la ligazón no es inmutable, pues el soplo inmaterial logra desprenderse del cuerpo con frecuencia, sobre todo durante el sueño. Es más, las visiones oníricas se explican en función de los vagabundeos de la psique. Asimismo, la separación es posible durante 167el acto sexual y al experimentar ciertos estados alterados de la conciencia, como son aquéllos provocados por la embriaguez. Aún cuando sea común la escisión, si ésta se prolonga por mucho tiempo, el individuo enferma y corre el peligro de morir. Los padecimientos que ocasiona son múltiples, pues en las concepciones indígenas el alma no es una entidad única: con este vocablo se designa un todo constituido por varias partes o también varias entidades anímicas con funciones y nombres vernáculos muy diferenciados. De cualquier manera, se sabe que la sustracción produce una enfermedad, y tal desposeimiento por lo general ocurre debido a un susto. De hecho, existe una dolencia con el mismo nombre, pues un gran número de padecimientos se explican a partir de los daños sufridos por tal esencia.

A juicio de los terapeutas populares, alma y cuerpo no constituyen dos categorías opuestas; más bien forman un continuo (22). El funcionamiento del organismo depende de la entidad anímica; no obstante, la ligazón no es inmutable, pues el soplo inmaterial logra desprenderse del cuerpo con frecuencia, sobre todo durante el sueño. Es más, las visiones oníricas se explican en función de los vagabundeos de la psique. Asimismo, la separación es posible durante 167el acto sexual y al experimentar ciertos estados alterados de la conciencia, como son aquéllos provocados por la embriaguez. Aún cuando sea común la escisión, si ésta se prolonga por mucho tiempo, el individuo enferma y corre el peligro de morir. Los padecimientos que ocasiona son múltiples, pues en las concepciones indígenas el alma no es una entidad única: con este vocablo se designa un todo constituido por varias partes o también varias entidades anímicas con funciones y nombres vernáculos muy diferenciados. De cualquier manera, se sabe que la sustracción produce una enfermedad, y tal desposeimiento por lo general ocurre debido a un susto. De hecho, existe una dolencia con el mismo nombre, reportada en todo el país. Si alguien la padece, significa que el alma ha sido atrapada, ya sea por alguna deidad terrestre o por un brujo. Si bien ésta es la concepción general, en ciertas localidades se dice que la pérdida del alma es ocasionada por un mal aire. En efecto, los nahuas de Chignautla, Puebla, creen que un torbellino es capaz de robarla (12).

Como ya se ha dicho, son varias las esencias vitales propias del hombre; sin embargo, destacan dos principios fundamentales. Uno describe los soplos cósmicos pertenecientes a todos los seres vivos; el otro sintetiza las esencias individuales, más ligadas a los atributos de su portador humano (14). Una diferencia importante entre los dos conceptos es que a lo largo de la vida, las ánimas personales pueden desprenderse de su receptáculo corporal, mientras que las comunes al universo, o bien nunca encarnan, o quedan confinadas al soma hasta la muerte. Por ejemplo, los chinantecos de Oaxaca pregonan la existencia de dos almas: el bi4, que abandona el cuerpo durante un episodio de susto; y el mmi2 gi2, que está en el corazón, donde permanece hasta la muerte (2). Los nahuas poblanos de la cordillera septentrional mencionan que cada individuo posee tres sustancias espirituales: una, llamada tonalli, cuya morada es la cabeza; otra, denominada sombra, alojada también en el cráneo; y el yolo, espectro circunscrito al corazón. Las primeras dos determinan la personalidad del sujeto, mientras que la tercera es el aliento colectivo de todos los seres vivos (9 a 14). Según las creencias de los mixes, cada persona posee tres naturalezas etéreas; dos de ellas se ubican en los hombros y una en el corazón. Las primeras presentan características opuestas, dado que la del hombro derecho representa el bien y la del izquierdo el mal. Ambas pueden disociarse del cuerpo, y sintetizan las propensiones innatas hacia la bondad o la mezquindad. El hot’a • nimi, tercera entidad mixe, permanece alojada en el corazón hasta la muerte y forma parte del principio vital cósmico (8). La concepción de esta etnia se resume en el siguiente argumento: el ser humano guarda en su interior un soplo universal y dos espectros opuestos. El mismo juicio subyace en el pensamiento de los nahuas de Chignautla, pues el yolo constituye el elemento panteístico, y el tonalli y la sombra, si bien presentan características comunes, son contrarios: aquél es de calidad caliente y luminosa, y ésta es fría y opaca (11 y 12). Son dos las ánimas mencionadas por los otomíes del norte poblano: el zaki, principio anímico colectivo, unido a la carne hasta el fallecimiento, y el ntãhi, ente vital personalizado, capaz de separarse de su cuenco orgánico durante el descanso nocturno, o bien ante un percance peligroso. Las dos radican en el estómago o mbui, pero Galinier hace una observación significativa:

Este término [mbui] tiene la particularidad de designar también al corazón, órgano para el cual la lengua otomí no ofrece un término de sustitución. Ahora bien, paradójicamente, el corazón ocupa en la imagen del cuerpo un lugar secundario, y su simbolismo no suscita comentarios. Por otra parte, se observan múltiples confusiones entre el corazón y el estómago (23: 624).

Los totonacos de Eloxochitlán, comunidad ubicada en la sierra Norte de Puebla, afirman la existencia de dos soplos inherentes al hombre: uno desprendible, localizado en la cabeza, y el otro permanente, asentado en el corazón. Es menester señalar que en esta etnia, las nociones acerca de la psique cambian de una comunidad a otra. Los totonacos poblanos de Pantepec, Jalpan, Petlacotla y Mecapalapa, igualmente mencionan dos entidades anímicas: li-katsin. Ambas son desgajables, pero la primera está fraccionada en doce o trece subconjuntos, distribuidos en todo el organismo; mientras que la segunda es única y sólo radica en la cabeza (24). Por su parte, los huicholes aluden a tres principios vitales: el cupuri, ubicado en la fontanela anterior, expresa las particularidades del carácter y logra desunirse de la carne; el iyari, situado en el corazón, permite al individuo comunicarse con los antepasados, pues en él se reúne la memoria colectiva huichola desde los primeros tiempos de la creación; y el tukari, efluvio extracorporal que rige el destino humano, y es común a todas las cosas (4 a 6). Los pobladores de Tepoztlán, Morelos, suponen una relación entre el espíritu, flujo universal emanado de Dios, y la sombra, alma interna personalizada. Con funciones análogas al tukari huichol, el espíritu tepozteco funge como ángel de la guarda del sujeto, sin encarnarse en él (25).

La dicotomía entre el principio espiritual colectivo y el alma individual se fusiona en el discurso de los grupos mayenses chiapanecos. Para los tzotziles, la entidad llamada ch’ulel es a la vez omnipresente y particular de cada individuo. Está integrada por trece componentes, y todos o algunos de ellos logran separarse del soma, ya sea durante el sueño, el acto sexual, la embriaguez o una alteración emocional (18 a 20). Los zoques sostienen un precepto afín, y dan el nombre de kojama al ánima. Dicho soplo está formado por trece partes corporales, doce de las cuales pueden desprenderse, mientras que la restante es fija e indestructible fracción del espíritu universal (21).

La cabeza, el corazón y el estómago no son las únicas regiones anatómicas que albergan a las entidades anímicas. Los huastecos señalan que la columna vertebral es depositaría del ehetal (3). Para los totonacos, la fracción más importante del li-stakna se manifiesta en el pulso de la garganta (24). Según los nahuas de Atla, Puebla, el tonalli es ostensible en la palma de la mano (13). Los tzotziles de San Juan Chamula ubican al ch’ulel en la punta de la lengua (20). Es difundida la idea de que el alma ocupa todo el cuerpo, pues corre por el torrente sanguíneo, noción compartida por los tarahumaras (17), la embriaguez o una alteración emocional (18 a 20). Los zoques sostienen un precepto afín, los nahuas de la huasteca meridional (11), algunos informantes totonacos (24), los mazatecos (7) y los zoques (21) (V. sangre).

El alma rige las facultades que le confieren al individuo su expresión como ser social, a saber: el raciocinio, la voluntad y el habla. Cabe mencionar las creencias particulares de algunas etnias en lo tocante al tipo de soplo y a las aptitudes que gobierna. Por ejemplo, los huastecos dicen que el ts’itsiin —entidad constitutiva de la cabeza— manda sobre la conciencia, la inteligencia y la perseverancia; quien esté desprovisto de él, podrá hablar y caminar, pero no sabrá realmente a dónde va, ni lo que dice. En cambio, el dominio de la palabra es tarea del ehetal; sin él, el sujeto enmudece (3). La psique tarahumara recibe el apelativo de iwigála, y dota al individuo del lenguaje. De hecho, tanto los hombres como los animales, salvo la víbora de cascabel, están provistos de ella, y, por ende, pueden cantar y hablar, cada especie en una lengua particular. Además, los integrantes de la etnia afirman que, por carecer del don de la palabra, los árboles no tienen alma; pero algunas plantas, especialmente el peyote, sí la albergan, y a veces se les puede oír canturrear (17) A diferencia de ellos, los nahuas de Chignautla, afirman que los árboles poseen un tonalli (12). Por su parte, los otomíes asocian la elocuencia con el ntãhi; incluso señalan que tal aliento es más fuerte en los hombres que en las mujeres, pues ellos son quienes ocupan cargos cívico religiosos, y su desempeño requiere del manejo apropiado del discurso mítico (23).

Las creencias acerca del alma se complementan con las concernientes a los animales compañeros o tonos (V. tona). En muchas regiones del país prevalece la idea de que los hombres y las mujeres comparten sus destinos con ciertas alteridades zoológicas; es decir, la bestia es la imagen doble de la persona. Por lo regular, tal alter ego detenta una esencia anímica igual a la cobijada en el cuerpo humano. Así, los tzotziles consideran que el acompañante, o chanul, participa del mismo ch’ulel de su contraparte homínida (20). A juzgar por los nahuas del norte poblano, hombre y animal tienen sombras idénticas (11). Para los otomíes, el ntãhi se encuentra tanto en la persona como en su doble zoológico (23). Solamente los mixes enfatizan la desigualdad entre la psique humana y la del tono (8).

Es menester señalar algunas peculiaridades de la sustancia etérea individual, en cuanto a la influencia que ejerce sobre el comportamiento de su dueño. Destaca la relación con el nombre del sujeto, vínculo que se entabla desde el día del nacimiento. Así, se forja una tríada conceptual entre el calendario, el nombre y el alma. Dicha tríada aparece en las cosmovisiones de los pobladores negros de Cuijla (26), los habitantes de Santiago Yancuictlalpan, Puebla (11), y los kikapúes de Coahuila (27), y es un rasgo sobreviviente de las concepciones prehispánicas. A pesar de las diferencias entre el almanaque ritual mesoamericano y el martirologio europeo inscrito en el anuario gregoriano, subsiste la práctica de otorgarle al infante el nombre de la deidad que rige durante la fecha del parto; es decir, el de su santo. Otra cualidad inherente al soplo es su estrecha vinculación con la dicotomía frío-calor, binomio preponderante en el discurso médico popular. Por lo general, las esencias anímicas son calientes, salvo algunas excepciones: la sombra es fría, según los informantes que creen en su existencia (11). La asociación con el calor descansa en la suposición de que la psique proviene del cielo, fuente de la incandescencia solar; son los dioses celestes quienes la instalan en el organismo durante la gestación (10 y 11). Además, es común a varias etnias —mixes (8), tzotziles (20) y yaquis— el credo según el cual la sustancia se materializa, bajo la figura de una vela encendida en la capa cósmica más elevada (V. ?ora).

El alma interna se expresa de dos maneras opuestas: puede ser débil o fuerte, cualidades determinantes de la salud. Quienes poseen un aliento fornido, son vivaces, agresivos y resistentes a las enfermedades; al contrario de los sujetos tímidos y malsanos, cuya ánima es exangüe (11) (25 y 26). Además, los individuos de naturaleza fuerte son capaces de dañar accidentalmente a sus semejantes de soplo débil, en particular a los niños.

Enfermedades como mal de ojo, ichich y muina tienen su origen en tal transacción. No es fortuita la asignación de estas intensidades, ya que depende de la hora y del día en que nace la persona. Quienes vienen al mundo durante la Luna llena, gozarán de una esencia vigorosa, pero los paridos al tiempo del interlunio poseerán una frágil. Este postulado lo sostienen los mochós chiapanecos (28) y los nahuas de la sierra Norte de Puebla (11). Los habitantes de Santiago Yancuictlalpan son más específicos: si el infante nace durante el día, su sombra será débil, más aún si nace en la mañana de un día de luna nueva; en las noches de un martes o un viernes, ven la luz los sujetos de sombra muy fuerte, quienes serán curanderos o brujos (11).

La fortaleza o debilidad de la psique guarda asimismo una relación con el sexo: detentan almas más robustas los hombres que las mujeres. Los totonacos llevan esta idea al extremo, pues, según ellos, los varones poseen mayor número de componentes espirituales que las mujeres (24).

De escasa mención en la literatura, pero de peso significativo, es la relación que mantiene el alma con el trabajo. Quien disfruta de una entidad vigorosa es capaz de trabajar mucho. Si por algún percance la pierde, ya sea parcial o totalmente, su disposición aminora. Ingham plantea la hipótesis de que la pérdida del alma, en el discurso de los campesinos morelenses, alude a la venta de la fuerza de trabajo. En su elaboración, parte de las creencias en torno al demonio, ente que especula con las ánimas de los mortales, y que se asemeja a un hacendado, prototipo del amo explotador (25).

La dicotomía entre el principio panteístico y el aliento vital individual es patente en el momento de la muerte. Aquellas esencias que representan un soplo común a todas las cosas, siguen existiendo después del último suspiro; incluso, vuelven a formar parte del todo universal, para luego reencarnar en otro ser. Tal es el caso del yolo nahua en la sierra Norte de Puebla y en el norte de Veracruz (11) (14), así como del ch’ulel tzotzil (18 a 20). Por su parte, los tzeltales plasman la dualidad en el espíritu grande y el espíritu chico. El primero constituye el elemento cósmico subsistente después de la muerte; el segundo perece con su dueño (1). Idea similar mantienen los totonacos de Eloxochitlán, quienes dicen que la entidad albergada en el corazón persiste después del fallecimiento, pero aquélla asentada en la cabeza, sirve de alimento a la tierra (29). Los chinantecos de Oaxaca participan de la misma noción; para ellos, la psique ubicada en el tejido cardiaco es indestructible (30). En cuanto al tonalli, son dos las creencias acerca de su devenir. Según los nahuas del norte veracruzano, es devorado por la diosa terrestre (14); pero en la sierra Norte de Puebla, algunos informantes afirman que logra traspasar las barreras de la muerte y convertirse en una entidad universal (11 y 12). Discrepancias similares se suscitan en torno a la sombra: hay quienes suponen su destrucción, en tanto que otros indican que reencarna en los homónimos recién nacidos del difunto (11).

Ahora bien, la travesía del espíritu a su morada de ultratumba, sea ésta el cielo o el averno, no siempre es inmediata. Dichos espectros pueden deambular por el mundo durante cierto tiempo. Además, regresan a él en la fiesta de Todos Santos. Estas creencias explican el origen de varios agentes dañinos. Las almas errantes constituyen un peligro para los vivos, pues penetran en ellos para desencadenar un proceso morboso. Así, el discurso médico indígena establece una relación entre tales ánimas y los aires (V. aire). Los mexiquenses de Tecospa, creen que la sombra de un muerto se convierte en aire de noche (25). Para los nahuas del Veracruz septentrional, el yolo olvidado por sus familiares en el Día de Muertos, se transforma en un viento enfermante llamado ehécatl (14).

Es curioso que durante la vida, el alma puede ser víctima de una sustracción, pero después de la muerte, es agente nefasto que toma posesión de los mortales. En lo tocante a la díada espíritu colectivo-soplo individual, surgen dos complejos semánticos: por un lado, vida-ánima particularizada-desposesión-enfermedad sentida; y por el otro, muerte-aliento universal-posesión-enfermedad provocada.

Es desigual la información precortesiana sobre las entidades anímicas, pues existe mayor número de testimonios acerca de las creencias nahuas que de las de otros pueblos. Los aztecas profesaban el credo al tonalli, el teyolía y el ihíyotl, entidades ubicadas en la cabeza, corazón e hígado, respectivamente. Sus funciones eran distintas, pues el tonalli irradiaba calor al cuerpo y estimulaba el crecimiento; el teyolía constituía el soplo divino común a todos los seres vivos; y en el ihíyotl recaían las pasiones (15). Entre los pueblos indígenas actuales sobreviven creencias similares: en Chignautla son casi idénticas, pues allí se habla del tonalli, el yolo y la sombra.Incluso, ciertos autores comparan la tercera con el ihíyotl antiguo (10), aunque también tiene afinidades con el tonalli prehispánico (10 y 11).

Para los catequistas europeos del siglo XVI, tal proliferación de ánimas resultaba extraña. En el discurso cristiano, la psique es única; asimismo, cuerpo y alma son opuestos, y no un todo como en la cosmovisión indígena. Pero como lo señala Ingham, en la doctrina aparecen dos teorías encontradas: la tradición aristotélico-tomista, donde alma y espíritu son inseparables; y la escuela platónico-agustiniana, según la cual el alma es la fuerza vital, y el espíritu representa el principio que emana de Dios y fluye por el Universo. Según el autor, es posible que la segunda corriente haya sido la más difundida entre la población europea de los siglos XV y XVI (25). Además, es la que mejor corresponde a las concepciones indígenas actuales. Aun así, los primeros misioneros encontraron en el teyolía un concepto similar a la entidad cristiana, pues ambas radicaban en el corazón (22).

Índice de Autores

(1) Villa Rojas, A., 1990.

(2) Rubel, A. et al., 1984.

(3) Alcorn, J. B., 1984.

(4) Vázquez Castellanos, J. L., 1987.

(5) Casillas Romo, A., 1990.

(6) Negrín, J., 1985.

(7) Incháustegui, C., 1977.

(8) Lipp, F. J., 1991.

(9) Cifuentes, E. et al., 1989.

(10) Sassoon Lombardo, Y., 1987.

(11) Signorini, I. et al., 1989.

(12) Ramos Hipólito, E., 1988.

(13) Montoya Briones, J. de J., 1964.

(14) Sandstrom, A., 1991.

(15) López Austin, A., 1990a.

(16) Gispert, M. et al., 1986.

(17) Bennett, W. et al., 1978.

(18) Vogt, E. Z., 1970.

(19) Vogt, E. Z., 1980a.

(20) Gossen, G. R., 1975.

(21) Reyes Gómez, L., 1988.

(22) Burkhart, L. ML., 1989.

(23) Galinier, J., 1990.

(24) Ichon, A., 1973.

(25) Ingham, J. M., 1986.

(26) Aguirre Beltrán, G., 1985.

(27) Latorre, F. et al., 1976.

(28) García-Ruiz, J. F., 1987.

(29) Harvey, H. R. et al., 1969.

(30) Weitlaner, R. et al., 1969.

DM