Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana
Enfermedad

Lengua Indígena Cuicateco ca³’a³ (1). ChoJ chamel (2). Chontal algwana (3). Huave monandeow (4). Maya antábal, chapahal, kimil, kob, k’asab, k’och, k’ohol (5). Mayo có’ocoa (6). Mixteco cuehe (7). Popoloca ñi4’e’ (8). Popoluca Pu cu pa ’ (9). Purépecha phaménchakua (10). Totonaco tajatat (11). Triqui xi’i5 (12). Tzotzil chamel (13). Zapoteco del istmo guenda huará (14). Zoque ca’cuy (15).

Malestar o dolencia, por lo regular contagiosa, cuya causalidad es variada, pero en la que destacan dos procesos fundamentales: la sustracción de elementos vitales del individuo y la penetración en el cuerpo del sujeto de sustancias comunes a su entorno. Dichos procesos pueden ser motivados por: a) las deidades propias de las cosmovisiones de las diversas etnias del país; b) seres humanos con poderes extraordinarios; c) elementos de la naturaleza carentes de voluntad y d) una combinación de estas tres categorías.

Las manifestaciones más patentes de una enfermedad son el dolor y/o el desgano. En el caso de los adultos, se traducen en una imposibilidad de trabajar; en los niños impera la falta de apetito. Los recursos y procedimientos terapéuticos para aliviar a un enfermo están en función directa tanto de los signos y síntomas que presenta, como de los agentes causales que provocaron la sustracción o la posesión.

Esta díada está alimentada por diferentes tipos de sucesos; en el caso de la sustracción sobresale la pérdida del alma del individuo, generalmente a partir de un susto (13) (16 a 22). Otro fenómeno relativo a la sustracción es la pérdida de sangre debida a un accidente, ya que para muchos terapeutas tradicionales, la sangre circula en cantidad finita en el organismo; es decir, no se regenera (23). Una fractura también se puede concebir como la sustracción funcional de un componente del cuerpo. La posesión abarca varios fenómenos, como son: a) la intrusión mágica de objetos, entre los cuales destacan espinas, excremento, piedras, pequeños animales, monedas, etcétera (24 a 34); b) la penetración de algún aire (13) (35 a 52); c) la intrusión de una esencia proveniente de otra persona (13) (21) (39 y 40) (53 a 61); d) el desbordamiento de una emoción que un individuo experimenta, por ejemplo, el coraje (13) (37) (40) (52 a 54) (62 a 67) y e) la penetración en el organismo de sustancias frías o calientes, ya sea por una dieta inadecuada o por cambios climáticos bruscos (V. frío-calor y muina).

Si bien el binomio sustracción-posesión está presente en el discurso médico de los diversos pueblos indígenas, algunos de ellos hacen hincapié en uno de los dos polos de la dualidad. Así, entre los tzotziles, la sustracción, encarnada en la pérdida del alma, parece ser el proceso causal enfermante más destacado (13) (22) (68 a 70). En cambio, los huicholes enfatizan la posesión, mediante la intrusión mágica de objetos, como proceso preponderante para desencadenar una enfermedad (29 y 30) (34). Algunas corrientes espiritualistas sostienen que la sustracción, particularmente aquella relacionada con la pérdida del alma, no constituye un proceso causal importante, inclusive es negada como tal (71) (V. espiritualismo).

Según la concepción popular, ambas etiologías fundamentales son operadas por un conjunto de agentes. En última instancia, las enfermedades son producto de la voluntad divina, pero la divinidad se encuentra escindida en dos planos que se hacen aparentes en las cosmovisiones indígenas. En un primer plano se manifiesta la divinidad celeste, asociada al Sol y al calor, y personificada por Dios y/o Jesucristo (entre los lacandones, la deidad solar no está representada por Jesucristo, ya que su mitología lo considera un ser de poca importancia) (72). En otro plano está la divinidad terrestre, la cual se relaciona con el agua y el frío; es personificada por seres mágicos como son el chaneque, el alux, el arco iris, Moctezuma, los aires, etcétera. López Austin, en su estudio sobre las concepciones de los antiguos nahuas acerca del cuerpo humano, describe la dualidad del cosmos en estos dos planos (73).

En la concepción popular actual, las enfermedades conocidas como enfermedad de Dios provienen de la esfera celeste. Generalmente son malestares leves, con frecuencia contagiosos, y curables con medicamentos y plantas medicinales. A veces pueden conducir a la muerte, pero concebida como el fin normal de la vida de un individuo, es decir, como una buena muerte. Son asociados además con el desequilibrio frío-calor del organismo (46 a 48) (56) (66) (74 y 75). Los morbos provocados por las deidades terrestres son diferentes a los que provienen de Dios, por los siguientes motivos: a) no siguen un curso definido; b) generalmente son graves; c) si como resultado de ellos sobreviene la muerte, ésta es considerada una mala muerte; d) la curación depende de ofrendas y ensalmos más que de la toma de medicamentos. Dos ejemplos de padecimientos derivados de los númenes terrenales son el mal aire y la pérdida del alma. En el primer caso, existe una estrecha relación entre los vientos y los dioses de la tierra: para los otomíes, los aires están comandados por las deidades Moctezuma y santa Catarina (47); en Tlayacapan, Morelos, son producidos por el demonio (76); los tzotziles, al igual que los pames, creen que los aires provienen de la entraña misma de la tierra (48 y 49). La pérdida del alma, por otro lado, se debe a que ésta queda atrapada por alguna divinidad terrestre (22) (27).

Esta idea acerca de la tierra como causante de enfermedad, tiene su fundamento en la actividad agrícola de la población rural del país; la tierra es vista como la proveedora del sustento humano, a la vez que es quien devora a los difuntos. Por ello, exige pago, y si éste no se efectúa, las deidades terrestres se encargan de mandar enfermedades a los incumplidos. Los zoques hacen especial énfasis en esta relación tributaria; para ellos, en el inframundo existe un tribunal, llamado l’ps tojk, que vigila el proceder de cada persona, y quienes no cumplen con sus obligaciones son castigados (77).

La curación de una dolencia terrestre también se realiza como si fuera un pago; consiste en ofrendar a la deidad responsable del malestar. Así, en Tlayacapan, y en la sierra Norte de Puebla, se ofrenda comida a los aires (47) (76); los mixtecos y tzotziles proceden de la misma manera con el numen que haya capturado el alma de algún enfermo (22) (32).

La enfermedad es un castigo divino que no compete sólo a los dioses; hay ciertas personas, particularmente los brujos, que se encargan de ejecutarlo. Así, la hechicería está íntimamente relacionada con la divinidad terrestre. El brujo debe entablar una alianza con alguna deidad para poder realizar sus hechizos (24) (47). En este sentido, los huastecos creen que si una persona no ha cometido pecado o infringido ofensa alguna, es inmune a la brujería porque el brujo no cuenta con el apoyo de los dioses (53).

Existe un conjunto de achaques que son ocasionados por la transmisión de atributos o esencias de un individuo a otro. En general, se trata de una transferencia de calor, casi siempre involuntaria, y es la persona receptora la que enferma. Dicha transmisión adopta varías modalidades, entre las cuales destaca la concepción indígena del mal de ojo. En este caso, un adulto de mirada fuerte trasfiere su calor a un niño que, por su tierna edad, aún no ha acumulado suficiente calor (37 y 38) (53 y 54) (60) (V. panvil). Las embarazadas, así como las prostitutas, por la gran acumulación de calor que poseen, también son capaces de transferir éste a otra persona y así enfermarla. Las emociones fuertes -como la envidia y el coraje- motivan otro tipo de envío: en estos casos, el trastorno emocional es acompañado por la descarga de un vaho que se trasmite del perturbado a otro individuo (13) (55) (61) (76).

Las alteraciones emocionales no sólo enferman a terceras personas; el sujeto que las padece también puede ser víctima de una enfermedad, al ser poseído por un sentimiento que no puede controlar. A este respecto, los purépechas creen que hay órganos del cuerpo que sirven como barómetros del estado emocional del individuo, y su única función fisiológica consiste en enfermarlo. Tal el caso de la vesícula: cuando alguien se enoja, ésta derrama bilis y la persona enferma (23).

Hay un grupo de enfermedades cuya causalidad se debe a la exposición a ciertos componentes involuntarios de la naturaleza, especialmente a las esencias frías o calientes. Corresponden, en parte, a las llamadas enfermedades de Dios, antes descritas, así como a aquellas que los etnógrafos denominan "naturales", término que parece ajeno -aunque posiblemente incorporado- al discurso médico popular, pero utilizado por los investigadores para referir los malestares en cuyos orígenes no participa la divinidad. La terapéutica para estas dolencias se circunscribe generalmente al ámbito familiar, aunque también llega a solicitarse la intervención de un especialista.

Las manifestaciones más sobresalientes de una enfermedad son el dolor, el desgano y la falta de apetito (58) (78 a 80). En el caso de adultos, resulta significativo que se asocien estos malestares con la incapacidad para trabajar (81 y 82). Los propósitos fundamentales de la terapéutica popular son aliviar los síntomas y reparar el motivo del daño. Así, se establece un puente entre la causa y el tratamiento: se ofrenda en el caso de haber ofendido a la divinidad; el exceso de calor de un niño con mal de ojo debe ser reabsorbido por el adulto que lo ocasionó, etcétera.

La concepción de la enfermedad constituye una particularización de la concepción del cosmos. Es así que hay padecimientos que los diversos pueblos indígenas reconocen como propios, y otros como pertenecientes a personas ajenas al grupo. Por ende, las ideas acerca de este término refuerzan la identidad étnica. De esta manera, los tzotziles usan dos vocablos diferentes para referirse a las enfermedades: chamel para aquéllas estrictamente indígenas, y "enfermedad" para dolencias propias de los ladinos (13) (60); los tojolabales consideran que cada pueblo de la región que habitan sufre de afecciones propias (83); los pimas utilizan el término ká:cim múmkidag para aquellas enfermedades exclusivas de su etnia (31). Existe un grupo de padecimientos que se consideran extraños y de introducción reciente; a veces son llamados enfermedad del doctor -aunque esta expresión también es usada para las enfermedades que sólo el doctor puede curar-, o para las patogenias acaecidas en los hospitales y clínicas rurales de las instituciones oficiales de salud (84 y 85).

Por último, los terapeutas populares generalmente suponen que la enfermedad es contagiosa, sin relacionarla con el contagio microbiano. Incluso se cree que después de usarse, muchos de los elementos curativos quedan contaminados y hay que destruirlos o bien apartarlos lo más posible, porque son peligrosos (47).

Índice de Autores

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DM