Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana
Demonio

Sinónimo(s): Chamuco, demonio negro (Chis) (1), diablo, espíritu maligno (Ver) (2), Lucifer, Satanás, sombrerón (Chis) (1). Lengua Indígena: Matlatzinca inkhátemeti, khábetani (3). Mazateco sutajna (4). Náhuatl moxicuani (5), tlacatecolotl (6). Tojolabal niwan pukuj (7). Tzotzil j7ik’al, muk’ta pixol, Postom, Pukuj, xpak’inte7 (1).

Personificación del mal que gobierna el inframundo; incitador de las bajezas humanas y las enfermedades, sobre todo las relacionadas con la pérdida del alma. El demonio adopta varias formas, desde la de animales como la zorra, la serpiente y el mono, hasta representaciones humanas, tanto masculinas como femeninas, destacando la figura de un hombre bien vestido a la usanza charra. También puede adoptar la forma de un monstruo antropomorfo con cuernos y cola. El demonio, además de provocar enfermedades, es importante en las concepciones populares sobre salud-enfermedad porque es quien inicia a los brujos (V. brujo), especialistas entrenados tanto para enfermar como para curar.

Madsen propone que la noción de un ente exclusivamente dedicado al mal es de origen europeo e implantada en la Nueva España durante la Colonia (8). Esta proposición también la comparte Aguirre Beltrán (9). En el siglo XVI, el discurso catequista estaba repleto de alusiones al demonio, sobre todo como un medio de justificación de la Conquista. Según la Retórica Cristiana de fray Diego Valadez (quien fuera el primer teólogo mestizo y que además simpatizaba con los indígenas), el enemigo vencido en la caída de Tenochtitlan, y contra quien aún había que luchar en la evangelización de la población indígena, era el demonio, el instigador de los sacrificios humanos. Valadez caracterizaba la lucha contra este ser como un camino a la liberación (10). Fray Andrés de Olmos, a mediados del siglo XVI, predicaba contra el demonio, a quien describía, en algunas ocasiones como un sacerdote indígena, y en otras como un mono, con especial hincapié en elementos americanos y no europeos (6). Estas exhortaciones, aunadas a las depauperadas condiciones de vida que sufría la población indígena después de la Conquista, dejaron huella en el pensamiento popular.

La Conquista tuvo un carácter desigual; determinados factores económicos, geográficos y culturales permitieron a algunos grupos nativos resistir mejor que otros. Este pasado ha influido en la noción de demonio que existe actualmente entre la población indígena. Por ejemplo, para los tarahumaras, el diablo —término para el cual no hay traducción rarámuri— provoca agresividad en los hombres (11). Esta creencia no da demasiados elementos, si se le compara con las propiedades malignas de los demonios de otros pueblos indígenas (nahuas, purépechas, mazatecos y zapotecos); es decir, la personificación del mal no está clara en el concepto tarahumara de diablo. Además, la representación material del demonio tarahumara es una zorra, o bien, una serpiente ?lo cual, puede tener connotaciones bíblicas, aunque sería muy aventurado asegurarlo?. La representación del demonio en otras culturas del país, toma formas que de alguna manera reflejan historias distintas.

Una ironía histórica aparece al comparar la representación del demonio del discurso catequista del siglo XVI, y la concepción popular actual del mismo. Si bien para el padre Olmos, el demonio tenía aspecto indígena, hoy en día abundan los relatos donde aparece como un charro a caballo o un catrín vestido a la usanza europea. Así, para los tojolabales, el diablo usa un gran y fino sombrero, monta a caballo y algunos han escuchado el retintinear de sus espuelas de plata (7). Similar descripción hacen los matlatzincas del Estado de México (3). Para los pobladores de Tlayacapan, Morelos, el diablo viste de charro y se aparece en las ruinas de las haciendas que por allí abundan (5). Si bien ni los purépechas ni los zapotecos mencionan que el demonio ande a caballo, sí lo describen como un catrín bien vestido (12).

Posiblemente entre los tzotziles la personificación del mal tenga raíces prehispánicas. Este grupo plantea tres tipos de demonios que en conjunto se denominan Pukujetik. El primer tipo, llamado Poslom, se concibe como una bola de fuego que golpea a las personas y les causa hinchazón. Se podría sugerir el origen prehispánico de este ser, ya que carece de rasgos europeos o criollos. Sin embargo, en los otros dos tipos de demonio, vuelven a sobresalir los rasgos ladinos: el muk’ta pixol, o sombrerón, es visto como un charro, y el j7ik’al, o demonio negro, como un pequeño hombre negro de pelo rizado, pies alados calzados, y portador de un gran sombrero (1) (V. pukuj).

Es curioso observar que en la literatura consultada, el demonio no presenta el aspecto de un soldado español de la Conquista. No por esto se debe concluir que se guarda en la memoria popular un buen recuerdo de los conquistadores; seguramente ocurre todo lo contrario. El hecho interesante es la asociación del mal con un personaje, no de inicios de la Colonia, sino prototipo del español o criollo de la Colonia ya establecida, y del surgimiento y proliferación de la gran hacienda. Ingham, en estudios realizados en Tlayacapan, Morelos, llega incluso a sugerir que el pacto con el diablo, contrato en el cual se vende el alma (entre otras cosas) por dinero, es una metáfora reminiscente de la venta de fuerza de trabajo entre el peón y el hacendado (5).

El demonio también adopta otras formas en las creencias populares; formas que nuevamente señalan un origen y una historia particular de la concepción del mal. Para los nahuas y popolucas de Veracruz, así como para los mazatecos del noreste de Oaxaca, el ser maligno se presenta como un hombre negro (2) (4). Los tzotziles también comparten esta descripción, con la particularidad de que el demonio posee, además, un pene de dos metros de largo (1). Otra representación manifiesta en el discurso catequista del siglo XVI, y aún vigente entre los nahuas y popolucas del istmo veracruzano, la constituye el mono (2) (6).

Hasta ahora, las apariencias antropomorfas mencionadas coinciden en señalar al demonio como un ser masculino. Sin embargo, la noción de demonios femeninos existe entre los tzotziles (1). Para los zapotecos, el diablo llega a presentarse en la forma de una bella mujer (llamada Matlacigua, María Sánchez o La Llorona) que seduce a los hombres y les roba el pene (12). Esta rapiña sexual también la realiza el ente maligno (la referencia bibliográfica no menciona el sexo de dicho ser) que aparece en los Tuxtlas, Veracruz y quizá está relacionada con la iniciación de curanderos y brujos (13). Así lo relata un informante, aprendiz de brujo de dicha región, quien por no obedecer todas las órdenes que le daba el diablo durante la ceremonia de iniciación, fue desposeído de su pene y convertido en mujer (13). La identificación homosexual de los curanderos y brujos es una concepción arraigada en diversas regiones del país, y posiblemente tiene relación con lo antes escrito (V. sexo y shuta tshinea).

La actividad principal del demonio consiste en capturar almas humanas. Por esto, entre los mazatecos su aparición está íntimamente asociada al espanto; es decir, quien vea al demonio sufre un susto y pierde su alma, la cual queda en poder del ente maligno (4). En otras regiones de México, la pérdida del alma humana puede darse por un acuerdo mutuo y voluntario entre el hombre (o la mujer) y el diablo. Por lo general, dicho acuerdo consiste en la acumulación de riquezas por la parte humana a cambio de su alma. Otros motivos de contrato son el deseo de poseer muchas mujeres, tener suerte en los juegos de azar o aprender las artes de la brujería (1 y 2) (13). En cuanto a esto último, en los Tuxtlas hay dos tipos de acuerdos: el pacto y el conjuro. El primero se realiza durante la iniciación del brujo, donde queda establecido que el iniciado debe proporcionarle al demonio cierto número de vidas humanas a cambio de riquezas, conocimientos, etcétera. A diferencia del pacto, el conjuro no es un contrato permanente, se establece para llevar a cabo un determinado trabajo, generalmente relacionado con la brujería (14). En Tlayacapan, aquellas personas que han realizado un pacto satánico son llamados pingos (5).

En general, se cree que el demonio aparece en zonas no antropogénicas como son las barrancas, los bosques y las cuevas. No obstante, también puede aparecer en los poblados, pero durante la noche, cuando se suspende la actividad laboral. Para los mazatecos, el canto de una gallina en la noche anuncia la llegada del demonio al pueblo (4).

Para evitar un encuentro con este ser se recomienda sobre todo no mencionar su nombre. Así lo creen los nahuas de Veracruz y los matlatzincas del Estado de México (3) (13). Estos últimos usan los nombres de khábetani y inkhátemeti para denominar al diablo. Si por cualquier motivo se debe hacer alusión al ente, es preferible usar el segundo nombre, ya que si se usa el primero, la personificación del mal se hace presente (3).

Índice de Autores

(1) Ochiai, K. et al., 1985.

(2) Münch Galindo, G., 1983.

(3) Fragoso, R., 1978.

(4) Incháustegui, C., 1977.

(5) Ingham, J. M., 1989.

(6) López Austin, A., 1972a.

(7) Ruz, M. H., 1981.

(8) Madsen, W., et al., 1972.

(9) Aguirre Beltrán, G., 1963.

(10) Valadés, D., 1990.

(11) Kennedy, J. G., 1978.

(12) Whitecotton, J. W., 1985.

(13) Sedeño, L., et al., 1985.

(14) Arganis Juárez, E. N., 1984.

DM