Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana
Envidia

Sentimiento o emoción negativa bajo la cual un individuo puede enfermar a otra persona, o dañar sus propiedades.

Es incuestionable que la envidia es un sentimiento presente en todas las sociedades y sería equivocado decir que es propia de algún grupo en especial. Sin embargo, Foster afirma que por medio de diversos mecanismos, como los cumplimientos y las expresiones de admiración, los grupos grandes y complejos parecen ser capaces de neutralizar más esta emoción que las sociedades campesinas (1). De esta forma, la literatura etnográfica brinda numerosos testimonios de las concepciones de la envidia entre la población indígena y rural de México.

Las creencias acerca de esta emoción pueden ilustrarse a partir de lo señalado por los nahuas de la Sierra Norte de Puebla. Ellos consideran que un sujeto atrae la envidia de otro principalmente cuando logra ciertos progresos económicos, como comprar un buen animal, mejorar la construcción de su casa u obtener una buena cosecha. Por lo general, la persona envidiosa comienza a actuar contra el afortunado en forma subrepticia y hostil; habla mal de él a los demás miembros de la comunidad e inventa falsas historias con respecto a la forma cómo obtuvo dinero. Cuando ambos llegan a toparse no hay un enfrentamiento; sin embargo, cuando el envidiado da la vuelta, su enemigo lo maldice y escupe al suelo, deseando que los logros económicos conseguidos por aquél se conviertan en nada. Muchas veces esta imprecación puede convertirse en un mal aire. De esta manera, el afectado presenta trastornos orgánicos que ningún médico atina a diagnosticar, lo que hace necesario recurrir a un curandero especialista (2). Por otra parte, en los Altos de Chiapas, se cree que una persona puede ser envidiada aunque sea pobre y viva sencillamente, o, por el contrario, ostente bienes materiales de importancia. Esta situación puede dar origen a dos enfermedades que se conocen como enfermedad causada por la mala fe y quebradura de espíritu (3) Entre los purépechas de la meseta tarasca (4) y los zapotecos oaxaqueños de Zoogocho, el envidioso suele recurrir a un brujo para que por medio de sus artes dañe al envidiado; los zapotecos piensan que con ello se origina la enfermedad llamada yixwe’ xia’ o "enfermedad de envidia" (5). Los zoque de Chiapas destacan que es el brujo directamente quien daña a aquellos que muestran mayores progresos económicos (V. brujería) (6).

Es común que el afectado sufra fiebre, dolor de cabeza, vómito, pérdida del apetito, debilidad y sueño (5).

El método para su diagnóstico es variable; en la sierra Norte de Puebla, el curandero nahua somete al enfermo a una limpia con huevo y procede a verter su contenido en un vaso de agua; su juicio lo establece de acuerdo con lo que observa en el recipiente. Si corrobora la enfermedad, realiza una nueva limpia utilizando diversas especies vegetales, y posteriormente chupa el cuerpo del doliente para extraer el mal (V. chupar). Así, si el paciente es campesino, le extraerá semillas; si es herrero, fragmentos de metal; y pequeñas astillas de madera, en el caso de ser un carpintero, etcétera (2). Por su parte, el curandero zoque pulsa al enfermo y basa su diagnóstico en "lo que dice la sangre" (V. pulsar). Para lograr la curación reza oraciones que anulan los ataques, prescribe pociones de hierbas, dietas especiales y baños de temazcal (6). Los zapotecos de Zoogocho, subrayan que sólo los terapeutas "competentes" -como los brujos- se arriesgan a curar esta enfermedad, pues aquél que la extrae corre el peligro de adquirirla o provocar que sobrevenga una desgracia entre sus familiares; sin embargo, afirman que el envidioso o el que envió el mal, también sufre serios trastornos (5).

La mejor forma de prevenir la envidia es creer fervientemente en Dios, ya que la oración es el "arma más poderosa" contra este sentimiento destructivo (2). O bien, cada vez que se obtiene un logro que pueda despertar la codicia, se recitan plegarias o se invita al grupo a degustar comida y bebida (7).

El análisis de la información que hace alusión a este sentimiento, permite descubrir el enorme temor que los individuos sienten por él y la actitud resignada para enfrentarlo. Baste con anotar algunos de los conceptos con que es definido: Sedeño y Becerril acotan que entre los nahuas veracruzanos de Mecayapan es un sentimiento poderoso que atrae lo malo, "tiene efecto", se concreta, se confabula con el mal, da cuerpo y fuerza al diablo, al hechizo, al encanto, corporiza la muerte y el mal deseo (8); por ello, no resulta extraña su asociación con la brujería. En Chiapas, un informante tzotzil refiere que "es la mala racha que viene después de la felicidad o la buena suerte" (7); de ahí que cualquier logro está condenado a despertar la codicia de los demás. En Michoacán, un purépecha opina que "chupa toda la vida del cuerpo... es una salación" (4); y en la sierra Norte de Puebla, un nahua sintetiza la finalidad agresiva de esta emoción: "... es cuando te quieren ‘chingar’ (2).

Se recurre a todos los medios posibles, especialmente a la brujería, para destruir el objeto envidiado:

A esa muchacha, ya difunta, la pretendía un oaxaqueño... y quería a la fuerza que se casara con él, pero la señorita no quería. Entonces un brujo le hizo un tipo de brujería... Le fregó el cuerpo. Dicen que le entró como una envidia. Le mandó esa envidia por medio de su saber... Le entró esa envidia como un insecto dentro del oído, le molestaba. Demoró como medio año en morir... (8:76).

Por su causa, los seres humanos envilecen la vida y la convivencia con sus semejantes:

La envidia difiere de los celos en que su propósito es destruir, más que atesorar los objetos de rivalidad.... La persona envidiosa desea destruir aquello que proporciona placer a otros (9:250).

La amenaza que representa esta emoción ha generado el desarrollo de mecanismos tendientes a nulificar sus devastadoras consecuencias. En un estudio realizado en la comunidad michoacana de Tzintzuntzan, Foster describe e interpreta diversos actos simbólicos y otras formas de conducta habitual -presentes no sólo en esa región, sino a lo largo de todo el país- que se explican dentro de un contexto regido por la "imagen de la limitación de lo bueno", en donde la seguridad reposa en la distribución tradicional y limitada de las cosas buenas de la vida, y cualquier logro, por pequeño que sea, puede despertar la envidia de quienes se consideran con menor fortuna. Estos mecanismos aparecen con frecuencia en situaciones en que las personas han obtenido algo nuevo y deseable. Foster cita como ejemplo, el caso de los individuos cuando descubren que alguien posee algo nuevo: una prenda de ropa, un utensilio de cocina, muebles para la casa, etcétera. En esos casos suele pedirse el "remojo", lo que significa: "Usted debe darnos algo para compartir la nueva posesión que ha alcanzado". Habitualmente no se espera correspondencia alguna, pero el propietario debe reconocer la petición, diciendo: "A sus órdenes", con lo que simbólicamente pone el objeto a disposición de los que piden, quienes entonces ya no tienen razón para sentir envidia. Probablemente -advierte Foster- las fiestas para celebrar una casa nueva puedan considerarse como un remojo para enfrentar la posible envidia (remojar significa "humedecer algo con agua". Figurativamente representa "invitar a los amigos un trago", para celebrar algún acontecimiento feliz ocurrido al que invita). Algunas veces los amigos pueden admirar algo sin pedir remojo; ante ello, es común que el propietario responda con algo similar a "¿Verdad? Yo lo veo muy feo". Sugiere así al admirador que se equivoca en su apreciación, pues no existe una verdadera razón para envidiar.

En una sociedad en que la comida es escasa y muchas de las personas no la tienen en cantidad suficiente, un individuo que es observado comiendo puede despertar este sentimiento. Cuando esto sucede, el sorprendido comensal dice al que lo observa: "¿Gusta? (usted comer)", que significa: "¿No quiere usted compartir mi comida?", a lo que el otro contesta: "Buen provecho"; es decir: "Tenga buen apetito, ojalá que la comida le agrade", con lo que afirma que no alberga esta temida sensación.

De igual manera, la preñez puede ser motivo de envidia, pudiendo resultar dañados la madre y el recién nacido. En Tzin-tzuntzan, los hijos se consideran muy deseables, y la paternidad de un vástago sano o enfermizo demuestra que el padre posee alguna de esas cualidades. Por esta y otras razones, se cuida al niño de no atraer el mencionado sentimiento. Estas precauciones hacen que la futura madre oculte su embarazo el mayor tiempo posible, y ante una pregunta acerca de su preñez, su condición puede explicarse diciendo: "Está enferma". Al nacimiento se hace referencia utilizando el eufemismo de "aliviarse", para evitar otros términos que indiquen directamente lo ocurrido. Los nuevos padres evitan anunciar el acontecimiento y, al trascender la noticia, suele decirse al interpelado: "En su casa tiene a sus órdenes a un nuevo servidor", dando a entender que el niño también es de él, por lo que no debe sentir envidia. Foster menciona otros eventos en los que también se hacen patentes los actos simbólicos para anular esta emoción. Para el bautizo del infante, la madre no asiste a la ceremonia, aun cuando ya haya pasado la cuarentena. Quizá la ausencia de la madre en el bautizo -supone el autor- significa que es innecesario exponerla a las mujeres envidiosas, antes de que recobre sus fuerzas. Y, posiblemente, la cuarentena expresa la necesidad de recuperación de la nueva madre antes de enfrentar los peligrosos sentimientos de sus vecinos. Sin embargo, no se puede evitar la exposición de su hijo al llegar el momento del bautizo; para esta ocasión es llevado con ropas especiales por el pueblo y el posible peligro se afronta con la vieja costumbre del "bolo", en que el padrino arroja monedas al aire para que sean disputadas por los presentes. En forma simbólica, da algo a los que no han participado directamente en la buena fortuna del nacimiento.

Estas medidas no resultan protectoras indefinidamente, pues las mujeres que no tienen hijos pueden envidiar a la nueva madre. Foster menciona que el miedo a las consecuencias de esta envidia está institucionalizado en el mal de ojo, pese a que la mayoría de sus informantes mencionaron no creer en él. A pesar de ello, cuando un menor padece esta aflicción, en forma eufemística se dice que tiene "su sangre irritada". Para defenderlo de este mal, la madre lo cubre ante la presencia de extraños, o le cuelga amuletos que sirven para desviar las miradas envidiosas (V. mirada fuerte); se cree que incluso los amigos cercanos pueden "irritar su sangre" al admirarlo. Para prevenir un posible daño, la persona golpea el trasero de la criatura; en caso de que el admirador olvide esta cortesía, la madre dirá: "¡Dame una nalgada!", significando un golpecito en los glúteos del niño. Figurativamente, el que golpea parece decir: "Alabo al chico, pero en realidad no quiero significar eso. El niño no es bueno. ¿Cree usted que yo puedo golpear algo que codicio y admiro?". Con este acto, el sentimiento implícito es negado. También es común que las madres mantengan sucios y harapientos a sus hijos para protegerlos de los posibles efectos dañinos provenientes de la admiración (1).

Por la importancia que reviste, es necesario hacer hincapié en la atribución otorgada a la envidia como desencadenante del mal de ojo. En un complejo e interesante trabajo, Tobin Siebers critica la relación funcional que se ha establecido entre estos dos conceptos. Propone que ello quizá se deba a que ambos vocablos tienen una etimología común, pues confluyen en la palabra latina invidia, derivada de invidere, mirar con excesivo detenimiento, y de ahí, envidiar. Agrega que este vínculo es tentador, pues el mencionado sentimiento es algo que se encuentra orientado de manera óptica. Para reforzar sus planteamientos, retoma conceptos esgrimidos por otros investigadores; así, cita a Helmut Schoeck: "... la envidia es una forma de conducta social, y no un problema de psicología individual...". Describe al mal de ojo como una expresión activa de la envidia; de hecho, lo considera una forma de "envidia institucionalizada". Para Siebers, este análisis sólo representa un aspecto de la discusión sobre estos dos fenómenos. Estima que existen investigaciones en las cuales los estudiosos ofrecen modelos más dinámicos, como el de Michael Kearney, quien asevera que el mal de ojo no sólo constituye una expresión de la envidia, sino que es una estructura de la conducta desarrollada como respuesta directa y exclusiva a ella: "... el mal de ojo existe para suavizar y reglamentar los efectos de la envidia en situaciones sociales". Sin embargo, Siebers asienta que siendo una de las emociones humanas más complicadas, no ha sido correctamente definida; esto ha traído como consecuencia la excesiva simplificación de la relación entre mal de ojo y envidia, debido a que en la definición de esta última se resalta demasiado su conexión con los objetos y no con los individuos. En las relaciones envidiosas se esconden las correspondencias entre los objetos y los hombres, ya que se sustituye el objeto deseado por su poseedor. Es decir, el que experimenta este sentimiento aparenta que todo lo que necesita o desea es el objeto, y calumnia a su rival proclamando que su "superioridad" reside en lo que posee:

Aunque el envidioso siente un enorme deseo por el objeto, éste se le vuelve nada en las manos si es que llega a conseguirlo, e inmediatamente un objetomás valioso viene a representar lo que es deseable en su rival. Sólo si se eliminan por completo los objetos, podrá el envidioso quedar de frente ante lo que en realidad desea. Los objetos, aun cuando sean antropomorfizados, sirven para encubrir la presencia de adversarios humanos (9:251).

El envidioso llena su cabeza y su discurso con el símbolo de los objetos para disimular el deseo por su rival. Así, en el enfrentamiento entre iguales, el objeto es suprimido y el problema de la identidad se vuelve más agudo. "La identidad, no un objeto, es lo que motiva al rival envidioso".

Según Siebers, la relación establecida entre mal de ojo y envidia se crea porque el concepto de ésta se encuentra influenciado por la lógica de la superstición, evento que en forma bien intencionada reproducen los propios investigadores; sin embargo, esto no significa que la envidia sea una superstición. Denota que, por ser una emoción violenta, se ajusta fácilmente al lenguaje acusatorio. De esta manera, se señala a los acusados de provocar mal de ojo con una categoría desagradable y sobrenatural, pues se considera que este sentimiento es inmoral e históricamente sobrehumano; de hecho, es uno de los siete pecados capitales y las Sagradas Escrituras lo consideran como mal de ojo. El mismo autor menciona que:

La dificultad para establecer una relación rigurosa y causal entre la envidia y el mal de ojo surge del hecho de que ambos observan una lógica más fundamental. Mientras que el mal de ojo es una categoría de lo sobrenatural, la envidia queda fácilmente infestada por una lógica mágica (9:254).

Las dos categorías no explican por sí mismas su propia dimensión, pues obedecen a la magia imitativa, cuya función es representar las identidades mostrando sus diferencias. El mal de ojo no acontece sólo entre rivales envidiosos, sino que teje una "red de control social", dado que se le atribuyen otros motivos desencadenantes. Tampoco se puede afirmar que dicho mal genere conflictos envidiosos, pues a pesar de que la envidia se expresa por medio de él, su manifestación no cesaría aunque desapareciera la superstición. A final de cuentas -concluye Siebers en su planteamiento- la relación entre envidia y mal de ojo no es tan funcional como algunos autores creen. Ambas categorías son en realidad síntomas de la misma enfermedad, y equivocadamente se considera una como origen de la otra (9).

Índice de Autores

(1) Foster, G. M., 1972.

(2) Tascón Mendoza, J. A., 1992.

(3) Moscoso Pastrana, P., 1981.

(4) Rendón, S., 1981.

(5) Beltrán Morales, F., 1982.

(6) Villa Rojas, A., 1985.

(7) Guiteras Holmes, C., 1965.

(8) Sedeño, L. M. et al., 1985.

(9) Siebers, T., 1985.

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