Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana
Sombra

Lengua Indígena(s): Mochó cah¢i:l (1). Náhuatl ecahuil (Pue) (2 y 3). Zoque kojama (4). Entidad anímica alojada en el cuerpo humano, al cual penetra desde el nacimiento.

Los daños a los que la sombra está sujeta desencadenan un proceso morboso, ya sea porque abandona su receptáculo corporal, o bien porque se desplaza de la región anatómica donde se encuentra normalmente, emigrando hacia otra (V. pérdida del alma).

Algunos etnógrafos creen que el vocablo y su entorno semántico provienen de África, y que llegó a México con los esclavos negros traídos por los españoles durante la Colonia. Sin embargo, el significado que le dan los pueblos indígenas corresponde al del tonalli prehispánico.

Las creencias en torno a esta imagen varían de una localidad a otra, pues se reportan diferencias en cuanto al número de sombras que poseen los hombres, la región anatómica en donde éstas se alojan, sus afinidades con otras ánimas, su influencia sobre ciertas características individuales, su comportamiento durante un proceso morboso y su devenir después de la muerte. Sin embargo, existen grandes similitudes en cuanto a su forma, pues es igual a la humana. También es compartida la noción acerca de la naturaleza fuerte o débil que le es propia, y los atributos del individuo, dependiendo de tal fortaleza o fragilidad.

La sombra es una esencia corporal, pero no por ello es la única que gobierna la vida de las personas. Parece estar subordinada a otras entidades. Por ejemplo, en Morelos, los pobladores destacan su estrecha relación con el espíritu. Ingham menciona que en Tlayacapan, la sombra es el ente corporal y el espíritu es el flujo universal indestructible, emanado de Dios a todos los seres vivos. Según el mismo autor, en Tepoztlán la sombra es el alma interna, mientras que el espíritu actúa como ángel de la guarda, sin encarnar en la persona (5). Por el contrario, a pocos kilómetros de allí, en Hueyapan, las investigaciones realizadas por Álvarez indican otro tipo de afinidad: sombra y espíritu son semejantes, y ambos habitan dentro del soma, pero el segundo se aloja en el corazón y en las coyunturas, mientras que la primera únicamente reside en las articulaciones, en particular de las muñecas y los tobillos, donde es fácil detectar el pulso (V. corazones del espíritu). En esta misma comunidad, el espíritu puede ser fuerte o débil, bueno o malo. Tales categorías no se utilizan para describir a la sombra (6), lo cual es una notoria excepción, pues como se verá más adelante, dichos calificativos sí se usan para describirla en otras localidades del país.

A diferencia del concepto morelense, para la población negra de Cuijla, Guerrero, sombra y espíritu son sinónimos. Es más, al morir una persona, su sombra vaga por el mundo, y entonces es llamada espíritu. Cabe señalar que los cuijleños no le dan el mismo significado al vocablo alma, pues, como dice Aguirre Beltrán, las nociones acerca de ella son de escasa importancia (7).

En la sierra Norte de Puebla, así como entre los zoques chiapanecos, también impera la creencia en tal silueta, pero cambia la entidad anímica con la cual se vincula: ya no se habla de espíritu, sino de tona. En estas comunidades, existe la idea de que toda persona tiene una doble imagen o alter ego, encarnada en un animal; así, hombre y bestia comparten el mismo destino. El alma interna o sombra es común, tanto a la persona como a su doble zoológico (3 y 4). Los mochos especifican un poco más esta concordancia, pues para ellos, cada individuo nace con un destino particular, mismo que influye sobre los atributos de la sombra que posee -es decir si es fuerte o débil- y a la vez sobre el tipo de animal que lo acompaña. Quien nace destinado a ser un hombre reconocido por su comunidad, goza de una sombra fuerte, y a la vez, tiene al tecolote como compañero (1).

Diferente tipo de correspondencia se entabla entre la esencia y el nombre. La ligazón es aparente en Santiago Yancuictlalpan, comunidad nahua del norte poblano, y en la localidad de Cuijla (3) (7). Dicha relación tiene implicaciones interesantes, pues la relación es gobernada por el calendario del martirologio. Cada fecha la rige un santo, y su nombre se le asigna al niño nacido en ese día. Así, el alma interna del sujeto es igual a la de su patrono, y a la vez es la misma que la de una fecha específica. Destaca tal correspondencia en la terapéutica popular, pues todas aquellas enfermedades causadas por la pérdida de la sombra, requieren para su tratamiento un ritual en que se grita el nombre del enfermo, con el fin de recuperar su ánima (3) (7) (V. levantar la sombra). Los antiguos nahuas profesaban la existencia de un soplo interior, llamado tonalli, que se insertaba en el individuo cuando éste recibía su nombre. Además, cada día se concebía como una deidad particular con un espíritu propio, formándose así una cadena entre la esencia anímica del dios diurno, la psique del sujeto y su apelativo (8). Lo mismo sucede hoy en día, salvo que ahora se usa el calendario gregoriano, y en tiempos precortesianos el Tonalamate.

Las concepciones acerca de la sombra son más complicadas si se toma en cuenta que en varias comunidades no es imaginada como un ente indivisible, sino como un compuesto de múltiples partes. Por ejemplo, en Santiago Yancuictlalpan, algunos informantes mencionan una entidad, otros tres y algunos más cinco (3). En las comunidades de Morelos y entre los mochos chiapanecos, existe solamente un alma interna (1); los yaquis de Sonora hablan de siete sombras (9) (V. entonar el cuerpo); y los zoques consideran que cada individuo posee trece de estos alientos (4).

También es heterogénea la ubicación específica en que se encuentran, dado que su número determina los puntos anatómicos correspondientes. En la sierra Norte de Puebla, se dice que la sombra ocupa todo el cuerpo, pero se concentra en la cabeza, en un órgano llamado sentido (3). Las siete esencias yaquis antes mencionadas se distribuyen así: tres del lado derecho, tres del izquierdo y una en el centro. Además, aquéllas ubicadas en el costado derecho son más importantes para la salud de su poseedor, que las del izquierdo (9). La sangre de las regiones donde es fácil sentir el pulso, también es un medio propicio para la sombra, creencia común entre los pobladores de Morelos y los de Cuijla (5 a 7). Ajuicio de los zoques y mochos, la entidad permanece alojada en el corazón (1) (4).

Su función principal consiste en moldear la personalidad del individuo. Aquellas personas vivaces, agresivas y robustas gozan de una sombra fuerte; los tímidos y enfermizos poseen una débil (1 a 4) (7). La diferencia descansa en las circunstancias propias de la fecha del nacimiento. Para los nahuas serranos de Puebla y para los mochos, quienes nacen durante luna llena gozarán de una sombra vigorosa; en cambio, los paridos al tiempo del novilunio la tendrán feble (1 a 3). Dichas creencias se particularizan más en Yancuictlalpan: los nacidos durante el día son débiles, pero si lo hacen en la noche son fornidos; si el sujeto viene al mundo en una noche plenilunar será aún más brioso; en cambio, si ve la luz durante un interlunio, padecerá una sombra enclenque. Además, quienes nacen en las noches de martes o viernes, engendran una silueta tan poderosa, que en el futuro llegan a ser tapahtianih o curanderos (3). Si bien existe la creencia de estas categorías innatas, es menester señalar que la fortaleza de la sombra tiende a aumentar con la edad. Es muy frágil en los niños, y por ello, éstos son más propensos a sufrir alteraciones y enfermar (3) (7).

Tal conjunto de ideas incide en las concepciones sobre la etiología, propias del discurso médico popular. Se cree que los hombres de sombra fuerte pueden dañar o enfermar a sus semejantes débiles: un ejemplo sería el mal de ojo, trastorno provocado cuando una persona de mirada fuerte -atributo ligado al vigor de su ánima- fija su vista en un niño (3). El cuijleño de sombra pesada es capaz, sin intención alguna, de dañar a su cónyuge de silueta feble. Varios relatos de la región destacan ejemplos donde la esposa de un individuo fuerte palidece y se debilita a lo largo del matrimonio, hasta morir. Por este motivo, las mujeres temen casarse con un viudo (7).

A pesar de ser una esencia internalizada en el cuerpo, su encadenamiento a él no es inquebrantable. Puede desprenderse, con cierta facilidad, durante el sueño, o bien al sufrir el individuo una alteración emocional aguda, por lo regular al experimentar un gran miedo. La desunión durante el descanso nocturno es cosa común y no se considera un evento dañino; sin embargo, en sus exploraciones nocturnas, la sombra puede ser atrapada por algún numen terrestre. En tal caso, la pérdida es seguida de un proceso morboso. Igual sucede si una persona pierde su sombra al pasar un gran susto (3) (7) (9 y 10). En aquellas etnias donde dicha entidad enlaza al sujeto con su alter ego animal, la separación implica un peligro para el doble zoológico, y por ende una amenaza para la contraparte humana (2 a 4) (7). En Morelos, las alteraciones de la sombra no se explican como un desprendimiento del soma; más bien, se habla de un traslado de la región anatómica donde suele estar hacia otra, por lo general hacia el centro del cuerpo. Como ya se ha mencionado, la sombra radica en las articulaciones de la muñeca y el tobillo, y se manifiesta ahí mediante el pulso. Si una persona desmejora, el latido deja de sentirse en estas regiones. Así, la percusión sanguínea puede pasar de la muñeca al antebrazo o al codo; en pacientes más graves, solamente se detecta a la altura del hombro. Mientras más se desplaza la sombra, mayor es el peligro en que está el paciente; en caso de que sólo se perciba en el corazón, el enfermo no tiene salvación alguna (5 y 6).

De igual modo, el destino de la entidad después de la muerte de su poseedor humano es fuente de creencias disímbolas. Por ejemplo, en la serranía del norte poblano, se dice que la sombra de un finado sirve de alimento a la tierra, pues es la fuerza vital que se trasmite a la deidad terrestre para que ella siga prodigando sus frutos a los hombres. No obstante, en la misma región se cree que también puede vagar por el mundo. En tal caso, constituye una amenaza para los integrantes de la comunidad que aún permanecen con vida (3). Idea similar tienen los zoques, pues ellos consideran que cada persona posee trece sombras, de las cuales doce son devoradas por la tierra, y una discurre por el mundo provocando enfermedades (4). En Cuijla, se dice que las sombras de los individuos agresivos y fuertes permanecen en la comunidad y se convierten en espíritus de la noche (7). Sucede una transformación similar en Tecospa, Estado de México. Allí, los pobladores indican que al separarse del cadáver, el ente se convierte en un aire nocturno enfermante que puede penetrar al interior de una tercera persona (5) (V. aire de noche).

El comportamiento de la sombra presenta dos aspectos opuestos: durante la vida su sustracción desencadena un proceso morboso, pero después de la muerte se convierte en un agente peligroso que se posesiona de sus víctimas. Así, la dualidad substracción-posesión es reflejo del binomio vida-muerte. Para evitar el peligro que encierra una sombra errante, se realizan ceremonias funerarias, asegurando así que ésta sea enterrada junto con su dueño (3) (5) (7) (11). Pero aun después de haberse efectuado el ritual, siempre está latente la eventualidad de la posesión de un sujeto por alguna de estas entidades. Una práctica de brujería incluye tomar la tierra de una tumba y arrojársela a la víctima. Existe la creencia de que su eficacia descansa en el hecho de que dicho polvo conserva partículas y fracciones de la sombra del difunto (5) (V. aire echado).

Ciertos autores, entre los cuales destaca López Austin, señalan que el credo en torno a esta sustancia deriva de las ideas prehispánicas referentes al tonalli. Por su parte, Aguirre Beltrán afirma que se trata de un elemento proveniente de África, traído a México con la venta de esclavos negros:

El concepto de sombra no es un concepto occidental: cuando menos no forma parte del acervo actual de esta cultura. Su introducción y difusión en México se debe al negro africano. La presencia del concepto en África queda manifiesta al recorrer la literatura de sus diversos grupos étnicos. Aún más: los misioneros cristianos, al tratar de verter el concepto de alma dentro de las lenguas africanas, se han visto obligados a usar la palabra sombra (7:177).
Este concepto negro de sombra persiste en el país, no sólo entre la población mestiza, sino aun en comunidades indígenas que, tal vez por haber estado en íntima relación y contacto con núcleos negros, la usan en sustitución del antiguo y propio concepto de tonalli (12:110).

López Austin difiere de las apreciaciones anteriores, y afirma:

Estoy de acuerdo con la idea de Aguirre Beltrán de que se ha menospreciado el valor de la influencia negra en México; pero en el caso particular de ‘sombra’ me remito a lo dicho en la introducción de este trabajo... la creencia en la ‘sombra’ está ampliamente difundida en codo el territorio que ocupó Mesoamérica, y aun en zonas más septentrionales y más meridionales; está en perfecta armonía con el resto de los elementos conceptuales indígenas antiguos; existen coincidencias de las relaciones entre la creencia estudiada y otras evidentemente autóctonas; en todo el territorio estudiado los enemigos de la ‘sombra’ tienen semejante derivación del panteón mesoamericano; la palabra ‘sombra’, aunque indirectamente, pudo ser justificada como traducción del náhuatl cehualli; por último, la creencia está registrada desde fechas muy próximas a la conquista. La existencia de un paralelismo es muy verosímil, y no sólo entre América y África. En todo el mundo hay creencias del abandono durante el sueño de una entidad anímica que es la imagen del cuerpo, en un viaje que suele ser peligroso. Pudiera justificarse, en todo caso, la difusión de algún concepto español que calara tan hondo en la cosmovisión indígena; pero el pensamiento africano, por mucho que se reconozca que ha sido menospreciado, no fue capaz de influir con una concepción tan importante y tan generalizada (8:252).

A pesar de las diferencias, ambos autores sostienen la sustitución del vocablo tonalli por el de sombra; sin embargo, tal reemplazo presupone una inversión ontológica: el tonalli era, y aún es considerado, una entidad caliente y luminosa, consustancial del Sol; en cambio, la sombra es de calidad fría y opaca, atributos propios de la Tierra (V. frío-calor).

Índice de Autores

(1) García-Ruiz, J. F., 1987.

(2) Ramos Hipólito, E., 1988.

(3) Signorini, I. et al., 1989.

(4) Reyes Gómez, L., 1989.

(5) Ingham, J. M., 1989.

(6) Álvarez Heydenreich, L., 1987.

(7) Aguirre Beltrán, G., 1985.

(8) López Austin, A., 1990a.

(9) Ochoa Robles, H. A., 1967.

(10) Quezada Ramírez, N., 1989a.

(11) Ravicz, R. et al., 1969a.

(12) Aguirre Beltrán, G., 1963.

DM