Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana
Mundo

Lengua indígena: Chol mulawil (1). Chontal liba gamats’ (2). Cuicateco yy’e2 de4 (3). Maya baalkah, kab, yok’(4). Mayo anía (5). Mixteco ñuu ñiyivi (6). Náhuatl cemanauac (7). Popoloca nza1 ’si2 nda3’jñi2(8). Popoluca nasu, Tierra (9). Purépecha parhájpeni (10).Totonaco ca’tuxahuat (ll). Triqui xumigüi35(12). Tzotzil balamil, balumil, banamil, banomil, banumil(13). Zapoteco yéetsilóoyúu (14), guidxilayú (15). Zoque najsacopac (16).

La medicina popular nace de una visión particular del cosmos, pues la dinámica de éste da cuenta de la salud, la enfermedad y el cuerpo humano. Es así que el vocablo mundo abarca un significado mayor que el de la superficie terrestre; incluye al cielo y sus astros, al inframundo y sus misterios recónditos, a los seres corpóreos y etéreos que habitan tales dominios, y al flujo cíclico del tiempo que escurre por todo el universo.

Tales ideas aparecen reflejadas claramente en las zonas indígenas rurales, y aún subsisten en los poblados mestizos en vías de urbanización e incluso en las ciudades más importantes del país.

Es común a las múltiples cosmogonías étnicas, considerar a la Tierra como un plano, cuyos cuatro vértices están marcados por las salidas y puestas solares durante los solsticios (es decir, los extremos noreste-noroeste y sureste-suroeste que ocupa la estrella en el horizonte) (V. u yook ’ol kaab’). Sobre este cuadrilátero vive el hombre, con cada etnia disputando el centro. En efecto, una revisión de la literatura etnográfica revela que casi todos los grupos indígenas creen habitar el punto medio terrestre (V. ombligo) (17 y 18). Sobre el ser humano y su entorno se ciernen dos fuerzas contrarias: las celestes y las del inframundo; las corrientes calientes y frías que hacen de la Tierra un lugar templado (V. frío-calor). El Sol, la principal deidad empírea, representa a Jesucristo o el Padre Eterno. Vierte sus rayos sobre la Tierra e impregna con ellos a los animales, plantas y humanos dándoles vida. Del cielo también proviene el tiempo: cada día es un regente divino, personalizado ya sea por un santo o un numen calendárico indígena (V. calendario y šɨ:tu’).

Las fuerzas del mundo inferior empujan la corteza terrestre para formar cerros, barrancas, manantiales y demás accidentes geológicos (19). De hecho, los mixes creen que bajo la tierra yace una gran serpiente con cuernos; sus movimientos ocasionan temblores, inundaciones y otros efectos que repercuten en el paisaje (20) (V. serpiente de agua). Del bajo mundo surgen los aires, esencias volátiles que pueden enfermar al incauto si logran penetrar en él (V. aire y mal aire). Los lugareños de Tlayacapan, Morelos, culpan al demonio de enviar dichos vientos nocivos, a través de cuevas y hormigueros (21). Pero los accidentes del terreno, como grutas y montañas, también constituyen lugares de confluencia de las energías avernales y celestiales. En ocasiones reciben el nombre de encantos, y en ellos se manifiesta la divinidad. Hasta allí peregrinan los curanderos y hombres de conocimiento para recibir la señal iniciática y para suplicar la protección de sus comunidades.

La tierra tiene su custodio o dueño, quien vela por los animales y las plantas silvestres. Este recibe diversos nombres: Chaneco en el istmo veracruzano, Moctezuma entre los nahuas de la sierra Norte de Puebla, aktisini entre los totonacos, døhandøhu ra mui ra ximbäi en otomí, yahval b’alamil entre los tzotziles, Chikón Nangui entre los mazatecos, niwan pukuj en tojolabal y balam entre los mayas yucatecos. El dueño de la tierra tiene también sus lugartenientes o dueños menores en diversas localidades. Recompensa a los hombres que le rinden culto, pero castiga con enfermedades a los incumplidos, especialmente a los agricultores o cazadores que extraen bienes de la naturaleza sin antes pedirle permiso. Entre sus huestes, existe un grupo de duendecillos y animales mágicos que se encargan de ejecutar sus sentencias. Tal es el caso de los chaneques, el burrito lúpu’ti, el gatito shúnu’ti, la víbora de cascabel y el pájaro chochohirón, todos ellos supeditados a las órdenes del Chaneco. Más importante aún, el dueño de la tierra es el interlocutor fundamental de curanderos y brujos; se les aparece en sus sueños y arrobos para enseñarles a curar, y les da su consejo para lograr una exitosa terapia. En lo tocante a la brujería, sólo es posible realizarla si se tiene el aval de la deidad; es decir, la víctima previamente debió cometer una ofensa contra el custodio terrestre (22).

Si el cielo es la fuente de vida, y el inframundo la de muerte, la tierra es el escenario donde se baten estos dos poderes. Es la que sustenta a los hombres prodigándoles sus frutos, y, a la vez, es quien devora los restos mortales. Vida y muerte son facetas de un proceso cíclico continuo: el deceso genera putrefacción, pero la podredumbre encierra una sustancia germinativa. Los antiguos nahuas llamaban tíazolli a esta masa de retazos e inmundicias contaminantes, pero a la vez fecundantes. Hoy en día, subsiste en Morelos y en la sierra Norte de Puebla el mismo concepto bajo la denominación, casi idéntica, de tlazol o tlasole. Es marcada la relación que éste guarda con los aires, la ira, el deseo sexual y la cópula, pues todos estos fenómenos irradian invisibles fragmentos de basura enfermante (23 a 26) (V. sexo).

Es difícil yuxtaponer la concepción cristiana del bien y del mal -el primero asociado al cielo y el segundo al averno- al universo popular antes descrito. Las deidades empíreas no son del todo bondadosas, como tampoco son esencialmente malignos los númenes terrestres e infraterrestrés. Incluso, la noción indígena del infierno no tiene el mismo significado que la del credo católico ortodoxo. Según Nutini, los campesinos tlaxcaltecas, en efecto, suponen que las almas pecadoras son castigadas en el infierno; sin embargo, tal condena es temporal, pues la idea de un lugar de penitencia y sufrimiento eterno les parece demasiado cruel y aberrante. Por esto mismo, en el área rural de Tlaxcala, tiene mayor aceptación el purgatorio como destino de las ánimas en pena (27).

Aun cuando la imagen del mundo de los diversos pueblos del país es similar, existen particularidades. Las tres capas fundamentales -cielo, tierra e inframundo- a su vez pueden encontrarse subdivididas en estratos. Los credos otomí y tarahumara profesan la existencia de tres franjas celestes, una terrícola y tres del inframundo (28 y 29). Los nahuas y popolucas del istmo veracruzano fraccionan la bóveda celestial en siete planos o casas (30). Por su parte, los lacandones la perciben constituida por tres estratos: el más distante alberga a los dioses menores; en el siguiente reside la deidad creadora, indiferente a los sucesos humanos; y en la capa más próxima, se encuentran el Sol, la Luna, las estrellas y las divinidades que sí influyen sobre la Tierra (31). Los tzotziles de San Juan Chamula también reconocen tres mantos empíreos: el más lejano aposenta al Sol-Jesucristo, san Jerónimo, las constelaciones mayores y un enorme blandón cósmico que representa a la estrella polar; la Luna-Virgen María y numerosas velas que figuran como estrellas, habitan la segunda franja; la capa más cercana es el cielo visible, una especie de filtro en el cual se proyectan los dos estratos superiores (32). Curiosamente, los tzotziles de Larraínzar pregonan una cosmología distinta. Para ellos, la cúpula celeste se compone de trece niveles, y el bajo mundo de nueve; un inmenso árbol mitológico surge de la superficie terrestre para conectar las gradas superiores e inferiores (33) (V. ceiba). Cabe mencionar que esta creencia es muy similar a la de los mexicas prehispánicos. Sus descendientes, los actuales nahuas de Ixhuatlán de Madero, Veracruz, sostienen que la Tierra es un ente vivo; el suelo es su carne, las rocas sus huesos y los ríos y lagos su sangre. Encima de ella, se yergue el cielo oilhuicactli, una especie de espejo gigantesco con sus pies al este y su cabeza al oeste. Bajo la Tierra se encuentra el Mictlán, la casa de los que ya no son, el lugar de los muertos. El tejido conjuntivo de este universo viviente es el agua, el líquido caído del cielo que penetra en el suelo, se evapora y regresa nuevamente a la atmósfera. También constituye un reino aparte destinado a quienes murieron ahogados (25).

Así como el mundo presenta una anatomía y una fisiología, el cuerpo humano encarna la estructura cósmica. Montoliu dice lo siguiente respecto de los mayas:

...concebían el cuerpo a imagen y semejanza del universo, idea en la que va implícito el pensamiento analógico del hombre. El cuerpo, lo mismo que el universo, posee una parte inferior y otra superior; cuatro rumbos sagrados y un centro. Dicha imagen geométrica del cosmos se repetía y se repite en el patrón de asentamientos de las aldeas, en la conformación de chozas campesinas, en la milpa, en el altar y el cuerpo humano... (34:283).

Acerca de las nociones otomíes, Galinier señala que:

La parte superior del cuerpo está regida por ‘Dios’. Evoca la pureza y el orden. La parte inferior pertenece al ‘enemigo’, al Diablo. Es la región del deseo, de la impureza y del desorden. En Santa Ana, esta dicotomía se relaciona con la imagen diurna del cuerpo ya que, por la noche, las fuerzas ‘de abajo’ se apropian de él en su totalidad. Este axioma de alcance universal se expresa en los siguientes términos: mate okha, mate-zithu (mitad-Dios, mitad-Diablo), y es la clave a la vez de la cosmología y de la antropología de los otomíes (29:665).

A pesar de la división estratificada, el cosmos es una sola unidad. Sus dioses pueden migrar de una esfera a otra. Incluso, a veces resulta difícil asignarle a una deidad un reino específico: Tonantsij, la diosa terrestre de los nahuas ixhuateños, también presenta un aspecto celeste, pues de allí proviene; a la vez, mora en las cuevas, es decir, en las entrañas del orbe, y puede adoptar la forma de un espíritu acuático para enviar la lluvia. El Chaneco es el dueño de la tierra, pero su hogar es el talogan, especie de inframundo acuático. El Sol, la máxima deidad empírea, permanece la mitad de su periplo alumbrando al país de los muertos. Tal integración manifiesta un soplo común a todas las cosas. La multiplicidad de númenes es sólo aparente; todos emanan de un mismo principio. Para los antiguos mexicanos, el precepto teogónico fundamental era el Teotl, omnipresencia que adoptaba numerosas formas (23). Sandstrom relata que un día preguntó a un informante nahua por qué existía tal proliferación de espíritus. La respuesta fue: "¿Tantos espíritus? Si son todos lo mismo" (25). Por su parte, López Austin sostiene que los componentes básicos del mundo indígena son las sustancias pesadas (corpóreas) y las ligeras (etéreas). Afirma:

Lo ligero circula en este mundo, ya formando parte de todos los seres, ya viajando transitoriamente en libertad. Hay indicios... de que no puede viajar sin la cobertura del otro tipo de materia, la pesada, aunque dicha capa sea tan delicada como una sombra, un soplo o un crujido, el polvo que levanta un remolino o tan insignificante como un insecto... (19:183).

El tukari huichol, el ch’ulel tzotzil, el hot’a • nɨmɨ mixe, el yolo náhuatl y el espíritu de los pobladores de Tepoztlán, Morelos, son ejemplos de esencias universales impalpables, presentes en todas las cosas del universo. Fluyen en ambas direcciones del axis mundis: cielo-tierra-inframundo. Por ejemplo, el ch’ulel proviene del cielo, es una pequeña fracción de luz solar colocada por los dioses en todos los seres vivos; cuando éstos mueren, viaja al inframundo donde permanece un tiempo para luego regresar al cielo. El icor de los seris es una entidad muy peculiar, pues sólo la poseen los vegetales. Consiste en una masa de fibras invisibles que rodea a la planta y flota en el aire. De ella surgen las nubes y las tormentas, comunicando así lo celeste con lo terreno. Existen otros soplos anímicos, pero de carácter efímero. Sustentan al hombre durante su vida, le dan calor y moldean su personalidad; sin embargo, perecen con la carne y sirven de alimento a la Tierra. Es el caso del tonalli de los nahuas ixhuateños, y la sombra de los zoques chiapanecos. Provienen del cielo, pero su tránsito por los estratos cósmicos es en una sola dirección: al final son consumidos en las entrañas terrestres (V. alma).

El gran número de enfermedades ocasionadas por la pérdida del alma es consecuencia del consumo térmico de la Tierra. Sus númenes y los del bajo mundo son fríos, ansían la calidez que no tienen y, por lo tanto, intentan atraparla hurtándole a los seres humanos sus ánimas. Así, lo terrenal contamina y sustrae; en esto descansa fundamentalmente la etiología médica popular: cuando el sujeto se enferma, algo le penetra (contaminación) o algo pierde (sustracción) (V. enfermedad).

El cuadrilátero terrestre presenta dos aspectos muy diferenciados: el hábitat humano y el monte. Mientras más se aleja uno del poblado, en mayor peligro está de encontrarse con algún ente dañino. La existencia de genios montaraces queda explicada en los textos míticos que versan sobre la creación. Es común la noción de que el mundo actual es el producto de varios génesis anteriores. Los señores de la tierra y sus múltiples sirvientes son los engendros sobrevivientes de mundos previos. Con la aparición del Sol, huyeron de la superficie para refugiarse en los recovecos del subsuelo. Aparecen en la noche o en zonas de vegetación tupida. A juicio de los seris, las extrañas plantas llamadas cirios (Fouquieria columnaris) otrora fueron los gigantes que dominaron la Tierra, hasta el momento del diluvio universal, cuando se convirtieron en vegetales (35). Los chamulas hablan de cuatro épocas; en la última, el Sol-Jesucristo irrumpe en los cielos, y nace el hombre moderno. El mito señala que en las creaciones anteriores, todo el mundo hablaba el castellano. Precisamente porque todos se entendían, siempre peleaban entre sí. Enfurecido por la discordia, el Dios creador decidió destruir el mundo y elaborar una versión mejorada, en la cual surgieron los tzotziles, una raza más evolucionada que los ladinos. Los hispanohablantes, criaturas inferiores de un mundo caduco, tuvieron que refugiarse lejos del centro terrestre, lejos de San Juan Chamula (17) (36). Quizá por tal motivo, los númenes de la periferia gustan vestirse a la usanza europea. En efecto, el yahval b’alamil y el niwan pukuj; asemejan un charro o hacendado (V. pukuj).

Aun cuando la aldea se ubique en medio del universo, en la espesura del monte tiene su imagen animal reflejada. En efecto, las tonas, bestias mágicas que participan del mismo principio vital que los hombres y mujeres, habitan el bosque. Cada una de ellas comparte el mismo destino con una persona particular. Así como en la sociedad humana hay jerarquías, en el reino animal también unos dominan a los otros. Quien tenga como tona al jaguar pertenece a la élite de poder, de la misma forma que el felino señorea la jungla. No resulta contradictorio que en los márgenes del mundo, donde aún hay reminiscencias de creaciones anteriores, exista una versión zoológica de la aldea. Los animales también son productos de obras divinas precedentes. Inclusive, ellos protagonizan los mitos, hablando, pensando y actuando como lo harían los hombres (19).

El movimiento y la trasformación son las pautas del cosmos. Sus múltiples periodos de génesis y destrucción se reflejan en el desarrollo humano; cada etapa del crecimiento y maduración, marcada por ciertos rituales de paso, es correlativa a una de las eras mitológicas (36). Así como la divinidad adopta diversas formas, algunos hombres tienen la capacidad de trasfigurarse, sea en animal, rayo, arco iris, cometa u otro fenómeno atmosférico (V. nagual). La misma dinámica del universo otorga este don. Según los nahuas poblanos de la sierra Norte, los naguales nacen en un martes o un viernes de luna llena. En el continuo transcurrir de ciclos sobrepuestos, algunas alineaciones de éstos afectan la salud. Los eclipses, sean lunares o solares, emanan efluvios dañinos, causantes de malformaciones en los fetos gestantes. Venus, en su fase de lucero vespertino, irradia enfermedades y muerte. Los paridos durante el interlunio serán personas débiles y enfermizas. En la temporada de la canícula, del 20 de julio al 23 de agosto, abundan los aires nocivos.

Mediante la tradición oral, la cosmogonía pasa de una generación a otra. Es el discurso donde figuran los asuntos que se remontan a un origen: el del hombre, los animales, la luz y la enfermedad. La leyenda caballos para los lacandones es un ejemplo elocuente. En ella, el dios de los extranjeros, Äkyantho, es el creador del dinero, las armas de fuego, el metal y la medicina; al crear la medicina nace la enfermedad. El relato vincula al mito con la historia. Los lacandones son un grupo maya yucateco que, en el siglo XVI, emigró de la península a la selva chiapaneca; huían de la explotación española y de las epidemias traídas de Europa. Otra saga cuya temática es el origen de las prácticas curanderiles, figura en la tradición huasteca y en la de los tzutuhiles del lago Atitlán, Guatemala. Conocida como la "Historia del curandero" o el "Cuento del hombre atrapado en un tecomate", la leyenda es casi idéntica en las dos localidades, a pesar de los más de mil kilómetros que las separan. Conviene reseñarla, aunque sea de manera resumida, pues en ella destacan varios elementos relativos a la cosmogonía.

Un día, la madre de la Virgen encerró al demonio en una botella para poner fin a los coqueteos que éste le hacía a su hija. Por años, el demonio estuvo encerrado en la botella al pie de una ceiba. Después de un tiempo, fue dejado en libertad por un borrachín que pasaba por allí. En agradecimiento, el diablo le dio al borracho el don de curar, que consistía en lo siguiente: el ente se posesionaba de una víctima que al poco tiempo enfermaba; el ebrio llegaba al lecho del enfermo y fingía curarlo. De acuerdo con lo pactado, el demonio abandonaba el cuerpo del paciente, y el borrachín ganaba fama como curandero. Un día, la pareja viajó a un lugar lejano y atendió a un rey enfermo. El monarca sanó y recompensó generosamente al ebrio. El demonio empezó a sentir envidia y amenazó a su compañero con retirarle el don. Ante el desafío, el beodo organizó una fiesta con música y cohetes; el ruido ahuyentó al demonio, y el curandero continuó practicando su arte (22).

La versión del lago Atitlán difiere en pocas cosas: no especifica que la amada del demonio sea la Virgen; el ente queda prisionero en un tecomate, en lugar de una botella; y el recipiente es arrojado a la basura, no al pie de un árbol (37). De cualquier manera, destaca la relación del diablo como maestro del curandero. Tal alianza, más que entre el hombre y el mal, simboliza la iniciación de los terapeutas, guiados por las deidades terrestres y del averno. En el caso de la Virgen, ésta representa una diosa empírea, aunque en diversas cosmovisiones, la patrona simboliza el aspecto femenino de la tierra. El demonio queda prisionero al pie de un árbol, vía que comunica los estratos cósmicos; o bien, es depositado sobre un montón de basura, fuente de contaminación. En consecuencia, el ente enferma posesionándose de la víctima. El curandero es un ebrio, es decir presenta un estado alterado que le permite tratar con un ser del inframundo. La embriaguez también es un estado de acumulación calorífica (V. mal de ojo), el cual determina el talante de ciertos hombres de conocimiento (V. panvil).

La apertura de la comunidad rural e indígena a las sacudidas del mercado mundial, la creciente red de los medios masivos de comunicación, y la influencia que ejerce la ideología dominante, han socavado la cosmovisión étnica. Sin embargo, en algunas localidades han producido un efecto contrario. Ante el proselitismo de Acción Católica y demás grupos religiosos, los chamanes quichés de Momostenango, Guatemala, se han visto forzados a elaborar una homilía para así retener a sus seguidores. En lugar de la trinidad cristiana de Padre, Hijo y Espíritu Santo, los guardianes del conocimiento tradicional pregonan una trilogía más amplia: Tiox, que incluye al Sol-Jesucristo, los santos, vírgenes y demás imágenes celestiales; Mundo, en el cual se incluyen todas las manifestaciones terrestres, como son montañas, lagos y sus divinos dueños; y Nantat, los restos y espíritus de los muertos (38). Es decir, las creencias dispersas antes en leyendas y los conocimientos esotéricos de unos cuantos, ahora se encuentran condensadas en un catecismo público y de fácil acceso. Es cierto, la información no proviene de México, sino de Guatemala (un país cuyos habitantes indígenas constituyen más de la mitad de la población), pero sus semejanzas con la creencias populares mexicanas son notorias, y por lo tanto dignas de tener en consideración.

Índice de Autores

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(2) Turner, P. et al., 1971.

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(5) Collard, H. et al., 1974.

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(27) Nutini, H.G., 1988.

(28) Galinier, J., 1990.

(29) Bennett, W. et al., 1978.

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DM