Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana
Venus

Sinónimo: Gran estrella (Pue) (1) (Oax) (2) (Ver) (3) (Yuc) (4), hermano mayor, hermano menor (Dgo) (5). Lengua Indígena: Maya xulab, estrella, hormiga (6 y 7); noh ek, gran estella; chac ek, estrella roja; sastal ek, estrella brillante (4). Mixe haysi:, antes del Sol; mihmaza, gran estrella (2). Náhuatl hueycitalin, gran estrella (Ver) (3). Totonaco gatla stáku, gran estrella. Tzotzil muk’ta k’anal (6).

Planeta que ocupa un lugar destacado dentro de las creencias indígenas, pues tanto en el pasado como en el presente los hombres de conocimiento le han atribuido diversas cualidades relacionadas con la salud y la enfermedad.

Son dos sus apariciones en el horizonte: una como "estrella de la mañana" que repunta en el oriente, horas antes del amanecer; y la otra, como "estrella de la tarde", cuando es vista en el poniente crepuscular. Su permanencia en cada fase es de 263 días, lapso cercano a los 260 necesarios para completar un ciclo del calendario ritual mesoamericano (V. šɨ:tu’). Mantiene posiciones cercanas al Sol, y por tal motivo adquiere una importancia clave en las cosmovisiones indígenas. Además, su doble carácter encaja muy bien con la dualidad propia de las concepciones indígenas, tanto precortesianas como actuales.

Los tepehuanos le asignan los nombres de hermano mayor, para su faceta vespertina, y hermano menor, cuando aparece como lucero del alba. El primero denota cualidades negativas, asociadas a la enfermedad, mientras que el segundo es portador de la salud y la dicha. Ambos figuran en los cantos y plegarias del mac gum, curandero tepehuano, pero se nombra con mayor frecuencia al Héspero. La desigualdad constituye un mecanismo mnemotécnico para que los feligreses no incurran en acciones indebidas, pues de ellas se nutre el hermano mayor. No sólo por esta razón se apela al astro; además, destaca como intermediario entre los hombres y la deidad solar (5).

Los totonacos también proyectan la dualidad del bien y del mal sobre la bóveda celeste, en relación con el eje oriente-poniente. De esta manera, las estrellas que aparecen en el este, emiten corrientes benéficas; pero son perjudiciales las del oeste. En su fase matinal, Venus actúa como un ente curativo al ser invocado durante determinadas ceremonias terapéuticas para aliviar a los enfermos. Además, junto con la Luna, vela por la fertilidad humana y procura la fecundación durante el acto sexual (V. gatla stáku). En cambio, tiene efectos bien distintos al asomarse por el occidente, puesto que entonces es emisor de maldiciones y enfermedades (1).

A pocos kilómetros de la región totonaca, habitan los otomíes de la sierra Norte de Puebla. Según Galinier, este grupo solamente reconoce al lucero cuando repunta en la madrugada. Su función principal consiste en acompañar y fortalecer al Sol, virtud que preserva la salud de los hombres y las mujeres, pues éste irradia calor y vida (8). En el sur de Oaxaca, los mixes realizan una complicada ceremonia para pedirle a la estrella matutina su protección contra malestares y calamidades. También le ruegan que cuide a los animales mágicos que comparten su suerte con los integrantes de la etnia. Esta práctica descansa en la creencia de que todo individuo entabla desde su nacimiento una relación con un animal; los accidentes y padecimientos sufridos por éste repercutirán en aquél (2) (V. nagual y tona).

Münch menciona un dato interesante sobre la idea que los nahuas istmeños de Veracruz tienen del planeta:

La gran estrella o hueycitalin cuando echa humo anuncia calamidades o temblores, sequías, hambres y pestes. Los viejos creen que a veces se escucha su llanto causado por el mal comportamiento del hombre... (3:159).

Posiblemente el vocablo hueycitalin denote otra entidad sideral; sin embargo, los antiguos mexicas llamaban al lucero ueycitlalin (1) y, por lo tanto, resulta probable que el término usado por los nahuas actuales corresponda al de los mexicas. La sutil diferencia entre citalin y citlalin se debe a variaciones fonéticas y no a distintos significados. Aun así, queda sin explicación la referencia a "cuando echa humo"; seguramente alude a la posición de Venus en una determinada época del año. A modo de conjetura, y a la luz de varías fuentes prehispánicas mencionadas más adelante, la descripción sugiere su orto helíaco; es decir, cuando se observa por unos instantes en el oriente, antes de perderse en los resplandores del amanecer.

Ciertas cosmovisiones mayenses resaltan las cualidades divinas de este cuerpo celeste. Los tzotziles lo culpan de ser el causante de los eclipses solares y lunares. Ambos fenómenos son nefastos: traen consigo enfermedades y afectan particularmente a las embarazadas, pues provocan malformaciones del feto (V. eclipse). Entre los mayas peninsulares, el astro adquiere funciones propias de un dueño del monte, como lo atestigua el rezo pronunciado por los cazadores para pedirle éxito en sus empresas:

Oh Dios, estrella santa, mi abuelo, mi abuela, santo kuh, santa estrella. Deseo que me des tus animales; déjame cazar unos. Tienes tantos y los pocos que yo me lleve no importa (7:89).

Estas frases le atribuyen un poder análogo al ostentado por diversas deidades indígenas, como son el Chaneco popoluca, el Chikón Nangui mazateco, el Moctezuma otomí y el yahval b’alamil tzotzil. Todas ellas habitan y reinan en el inframundo. En su versión maya, la plegaria utiliza la palabra xulab para referirse a la estrella (7). La misma locución se emplea para designar a una especie de hormiga negra que, en grupo, según las creencias étnicas, se come a la Luna o al Sol durante los eclipses (6). Resulta atractiva la asociación, debido a la estrecha vinculación entre estos insectos y las entrañas de la Tierra, señalada por las concepciones indígenas y populares a lo largo del país. Por ejemplo, en Morelos se dice que están emparentados con el demonio y los aires (9). Pero quienes hacen más explícita la mutualidad entre Venus y el averno son los mixes, pues señalan que allí reina temporalmente cuando desaparece del firmamento; es decir, durante los lapsos intermedios entre sus fases como estrella matutina y vespertina (2).

A pesar de su riqueza, las creencias actuales acerca del planeta son meras sombras del importante papel que éste desempeñaba en la mitología prehispánica. La fascinación despertada por Venus en los pueblos de Mesoamérica, quedó plasmada en objetos, códices y pirámides. Por ejemplo, una vasija del periodo Clásico, proveniente de Altar de Sacrificios, Guatemala, representa al cosmos tal y como lo entendían los antiguos mayas. En ella, aparece como figura central el dios Chac-xib-chac, una encarnación del lucero del alba. De su penacho surge el árbol divino, llamado wacah chan, que unía al inframundo con la superficie terrestre. Sus ramas confluyen para formar una serpiente, designada por los mayistas modernos como "la serpiente de la visión", símbolo de la comunicación entre los vivos y los muertos. Elemento importante de la iconografía clásica, esta culebra estaba asociada a los ritos de sangría, practicados por los gobernantes cuando deseaban ponerse en contacto con sus antepasados. De hecho, se postula que la vasija de Altar de Sacrificios la usaban para recoger la sangre derramada en dichos rituales (10).

Sin embargo, es en el manuscrito conocido como Códice de Dresde, donde queda claramente establecido el conocimiento astronómico de los mayas. El texto contiene una tabla que enlaza los movimientos de Venus con el calendario ritual, y tenía como fin predecir las fechas de ocurrencia de un orto helíaco, la primera aparición matutina del planeta luego de desaparecer del cielo vespertino (4) (11). Dicho fenómeno era considerado especialmente nefasto por los antiguos mesoamericanos, pues desde su punto de vista, recién surgía el astro del mundo de los muertos irradiando enfermedades. Así lo sugiere el Códice de Dresde, pero una serie de escritos coloniales nahuas, conocidos como los Anales de Cuahutitlán, lo manifiestan llanamente:

Decían los viejos que [Quetzalcóatl] se convirtió en la estrella que al alba sale; así como dicen que apareció, cuando murió Quetzalcóatl, a quien por eso nombraban el Señor del alba (tlahuizcalpanteuctli).
Decían que, cuando él murió, sólo cuatro días no apareció, porque entonces fue a morar entre los muertos (Mictlan); y que también en cuatro días se proveyó de flechas; por lo cual a los ocho días apareció la gran estrella (el lucero), que llamaban Quetzalcóatl. Y añadían que entonces se entronizó como Señor.
Sabían cuándo viene apareciendo, en qué signos y cada cuántos resplandece, les dispara sus rayos y les muestra enojo. Si cae en 1 cipactli (espadarte), flecha a los viejos y viejas, a todos igualmente.
Si en 1 océlotl (tigre), si en 1 mázatl (venado), si en 1 xóchitl (flor), flecha a los muchachitos. Si en 1 acatl (caña), flecha a los grandes señores, todo así como si en 1 miquiztli (muerte). Si en 1 quiyáhuitl (lluvia), flecha a la lluvia, y no lloverá. Si en 1 olin (movimiento), flecha a los mozos; y si en 1 atl (agua), todo se seca... (12:11).

Resulta significativa la estancia de Quetzalcóatl en el infierno por ocho días, pues respalda el argumento a favor de la sinonimia entre la deidad y el planeta. En su tránsito de cuerpo véspero a matinal, permanece ausente de la bóveda celeste por un lapso de ocho días. Sin embargo, cabe la duda de si el pasaje anterior realmente se refiere a un orto helíaco. El fenómeno queda confirmado en la obra de Sahagún, donde se dice:

A la estrella de Venus la llamaban esta gente citlápol, uey citlalin, estrella grande; y decían que cuando sale por el oriente hace cuatro arremetidas, y las tres luce poco, y vuelve a esconderse, y a la cuarta sale con toda claridad y procede por su curso...
En la primera arremetida teníanla de mal agüero, diciendo que traía enfermedades consigo, y por esto cerraban las puertas y ventanas para que no entrase su luz... (13:434-35).

Falta identificar al equivalente deificado del lucero de la tarde, puesto que las dos citas sólo mencionan a la estrella de la mañana. Éste era Xólotl (4) (14), hermano de Quetzalcóatl, y el parentesco entre ambos parece estar vigente en las creencias tepehuanas antes mencionadas (en el Códice Borgia, el lucero de la aurora también es personificado por Tlahuizcalpantecutli; dicho manuscrito contiene una detallada pictografía del viaje que realiza el planeta por el mundo inferior) (15).

La mitología precortesiana ilustra también la estrecha relación entre Venus y la hormiga: transformado en himenóptero, Quetzalcóatl baja al Mictlan y roba el maíz para regalárselo después a los hombres.

Índice de Autores

(1) Ichon, A., 1973.

(2) Lipp, F. J., 1991.

(3) Münch Galindo, G., 1983.

(4) Aveni, A. F., 1980.

(5) Gómez Pérez, J. R., 1981.

(6) Closs, M. P., 1989.

(7) Thompson, E., 1930.

(8) Galinier, J., 1990.

(9) Ingham, J. M., 1970.

(10) Schele, L. et al., 1990.

(11) Thompson, E., 1988.

(12) Códice Chimalpopoca: leyenda de los soles y anales de Cuautitlán, 1992.

(13) Sahagún, B. de, 1985.

(14) Hunt, E., 1977.

(15) Seler, E., 1988.

DM