Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana
Cáncer de muerto

Sinónimo(s): Aire de difunto (1), aire de muerto (Edo Mex) (2) (Mich) (3) (Mor) (4). Cáncer (DF) (5) (Mor) (6 y 7). Cargar el muerto (4) (8 y 9). Lengua Indígena: Huichol haikuli, aire o remolino de los muertos (10). Náhuatl (Ver) micayobi, aire de difunto (1). Purépecha a tuk’uriku tira ku p’amencha ku (11).

Enfermedad ocasionada por el alma de un difunto o por las emanaciones que de él se desprenden, efluvios que pueden penetrar al cuerpo humano por cualquier herida.

Se piensa que la cercanía de un muerto (en un velorio o en el cementerio) representa un potencial agente trasmisor del cáncer, puesto que los cadáveres son considerados entes impuros cuyas emanaciones se introducen al cuerpo por las partes que estén abiertas, por lo común una herida de cualquier índole, quedando incluidas la matriz de la mujer menstruante y de la puérpera (12 a 15). En Michoacán, los purépechas señalan que el mal se contrae al exponerse a los efluvios de un cadáver humano o animal en estado de putrefacción, los cuales se adentran en el individuo por cualquier herida sangrante que éste pudiera tener " Yo cargué el cáncer ", se oye decir a un enfermo que padece náuseas, ardor de estómago y rubicundez en alguna parte del cuerpo y que tiene entre sus antecedentes, algunas veces remotos, su contacto con un cadáver" (12:306). En Milpa Alta, Distrito Federal, existe la idea de que las mujeres que acaban de parir o que están menstruando y asisten a un velorio, corren el riesgo de contraer el cáncer de muerto, con manifestaciones de ardor y dolor en la matriz, en tanto que las personas que tienen una ulceración se exponen a que ésta se les "pudra" (5). En poblaciones indígenas de los Tuxtlas, Veracruz, se teme la proximidad de un difunto cuando alguien ha sufrido una mordedura de víbora, ya que la "cancera" puede entrar por la herida, y entonces "la carne se muere o se pudre" (15). En Sayula, se afirma que cualquier granito o arañazo se "gangrena" ante la presencia de un muerto, o al contacto con una persona que asistió a una ceremonia mortuoria, pues ésta trae consigo el "calor del muerto" (16). En Gómez Palacio, Durango, se dice que el cuerpo de un muerto despide enfermedad, "le sale el cáncer", e, incluso, una curandera del Distrito Federal señala que las flores que se cortan para adorno de las casas no son recomendables, pues, al igual que los muertos, a los tres días están llenas de cáncer (14). Otros atribuyen su origen a los aires, en su acepción de almas de difuntos (V. aire). Así, los nahuas de Morelos conciben que esta dolencia se contrae por "alzar un aire de muerto" al pasar por el cementerio o por el campo, lugares donde puede yacer el espíritu de una persona que murió violentamente (V. alma). Se dice que el enfermo que contrae el mal, va "cargando el espíritu del difunto", y puede morir de inanición pues dicho espíritu se alimenta de lo que la víctima ingiere (4) (V. espanto de muerto).

En algunos lugares se cree que las embarazadas son especialmente susceptibles a los efectos del aire enfermante de los finados. En comunidades otomíes de Hidalgo, se explica que un aborto puede originarse por el "mal del aire" cuando, al pasar por un panteón, la gestante no ha tomado la precaución de ponerse una rama de pirú (V. Schinus molle) en la cintura o comer un poco de sal o ceniza (17). Asimismo, las purépechas de Tepalcatepec, Michoacán, evitan acercarse a cadáveres cuando están embarazadas, ya que "puede pegarse el cáncer" y con ello abortar o dar a luz un niño muerto (12).

Por lo regular, se consigna al cáncer de muerto como un mal temible debido a su carácter grave e irremediable (4) (9) (12 a 15) (18), razón por la que en torno a él predominan las prácticas preventivas sobre las curativas. En general, se recomienda a las personas propensas no asistir a los velorios o cementerios, y alejarse de los accidentes funestos (5) (12) (15) (18). Cuando la asistencia a un velorio es inevitable, los mazahuas toman la precaución de untar cigarros molidos en el vientre de las embarazadas y recién paridas (2). En Michoacán, colocan bajo la mesa mortuoria un chilacayote partido o cebolla picada con epazote y perejil; el ennegrecimiento que sufren estos vegetales es signo aparente de que la cancerización se ha transferido a dichos comestibles, los cuales se entierran o destruyen para evitar el contagio (12). En Gómez Palacio, se acostumbra colocar cerca del fallecido un recipiente con cebolla y alcanfor, y se "tapa la nariz al muerto", pues "al difunto le sale el cáncer si no lo tapan" (14). Los pames de San Luis Potosí portan, durante la velación, una bolsita que contiene un poco de ruda (Ruta sp.) y orégano (Origanum vulgare), y a la mañana siguiente se deshacen de ella, a fin de prevenir dicho contagio; también recomiendan aplicar jugo de limón (Citrus aurantifolia) en las heridas, alrededor de los granos o en la caries dental, para evitar que el cáncer penetre e invada el organismo (19).

Pese a que la mayoría de los curanderos confiesan su impotencia ante la enfermedad, en la literatura etnobotánica se reportan algunos remedios, particularmente cuando el cáncer de muerto se manifiesta con tumores, ulceraciones y llagas rebeldes a tratamientos comunes (V. hierba del cáncer). Destaca por su frecuente mención el uso de la hierba del cáncer, que corresponde a distintas especies de acuerdo con la región: por ejemplo, en el Valle de México, Cuphea aequipetala, C. angustifolia y Acalypha phleoides; en Veracruz, Acalypha arvensis y Rhoeo discolor; en Morelos, Salvia riparia. Pueden aplicarse directamente a la herida, los polvos preparados a partir de las hojas o trozos de corteza secos, cataplasmas elaboradas con el material herbolario fresco, o bien cocciones que se aplican para lavar la lesión.

Además del tratamiento tópico, se acostumbran las terapias rituales, particularmente ofrendas al difunto que se supone está haciendo el daño. Por ejemplo, algunos curanderos morelenses limpian al paciente con hojas de cempoazuchil, "flores de muerto" (Tagetes erecta) y un pan hecho especialmente, adornado con flores y con el nombre del occiso sospechoso (9).

Posiblemente, la creencia acerca de la etiología del cáncer de muerto tiene sus antecedentes en el concepto de los antiguos nahuas sobre el ihíyotl, entidad anímica alojada en el hígado que proporciona vitalidad y fuerza a los hombres (V. ihíyo), pero que a la muerte de la persona se desprende y adquiere un carácter nocivo, enfermante para el que se encuentre cerca del difunto. López Austin señala que el cuadro patológico no necesariamente hace referencia a la existencia de una ulceración, como suponen muchos otros autores (1), afirmación que queda sustentada en los párrafos anteriores, con énfasis particular en los peligros que se dice acechan a las embarazadas ante las emanaciones o aires de difuntos. Por su parte, Aguirre Beltrán señala que esta enfermedad es equivalente a la "erisipela", nombre aplicado a las infecciones de la piel y tejido celular con presencia de eritema y fiebre (12).

Índice de Autores

(1) López Austin, A., 1972b.

(2) Peña Ruiz, R., 1991.

(3) Baytelman, B. s/f.

(4) Álvarez Heydenreich, L. 1987.

(5) Palacios de Westendarp, R., 1986.

(6) Mellado Campos, V. et al., 1989.

(7) BushnellH., J., 1955.

(8) Sassoon Lombardo, Y., 1987.

(9) Álvarez Heydenreich, L., 1976.

(10) Benítez, F., 1976.

(11) Pérez, R. M., et al., 1983.

(12) Aguirre Beltrán, G., 1952.

(13) Sassoon Lombardo, Y., 1982b.

(14) Campos-Navarro, R., 1990.

(15) Mata Pinzón, S., 1982.

(16) Guiteras Holmes, C. 1952.

(17) Guerrero Guerrero, R., 1983.

(18) Lagarriga Attias, I., 1977.

(19) Chemin Bässler, H., 1984.

PP y SM