Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana
Wirikúta

Huichol. Lugar sagrado al que peregrinan los huicholes; es la morada de los dioses, donde crece el cacto divino llamado hikuli o peyote (Lophophora williamsii), elemento ritual sobresaliente en la religión y la práctica médica de estos indígenas.

Wirikúta se encuentra en el desierto de San Luis Potosí, aproximadamente a 500 kilómetros de la tierra natal de los huicholes. Acerca de su posición geográfica, Furst señala:

... el país del peyote corresponde más o menos al distrito minero Real de Catorce... El sagrado Patio de los Abuelos de hecho es mucho más extenso que el área en la que el peyote es ritualmente recolectado. Está situado entre dos cadenas de montañas distantes una de otra más o menos unos 45 kilómetros. Una es propiamente Wirikúta, y es en sus laderas donde se caza el Venado-Peyote. La otra es llamada Tsinuríta. Se dice que el peyote también crece en las laderas más bajas de la última, la que es identificada... como uno de los límites del mundo y es considerada como la imagen en un espejo de Wirikúta (1:171).

La cita no aclara si al Patio de los Abuelos también se le llama Wirikúta, pero dado que en este último lugar habitan los dioses -denominados abuelos o antepasados-, todo pareciera indicar que sí. Por su parte, Myerhoff hace una descripción semejante, pero además menciona que la estación de tren "Catorce" se encuentra en la comarca (2). Blanco Labra indica que también lo está la estación "Wadley" (3). Reuniendo todos estos datos, es posible concluir que la tierra santa de los huicholes es un valle situado entre la sierra de Catorce ("propiamente Wirikúta", según Furst) al este, y un macizo montañoso (Tsinuríta) al oeste, en el cual despuntan los cerros de Clavelina de Adentro, Clavelina de Afuera y la sierra de la Cuesta.

Las peregrinaciones se realizan todo el año, pero son más frecuentes en el otoño e invierno, al finalizar la temporada agrícola. Aquellas personas deseosas de ir, informan a sus vecinos y conforman un grupo, el cual elige a un jefe, por lo regular un chamán o mara’akáme con experiencia. Los integrantes de la partida no necesariamente son de la misma ranchería ni de la misma familia, aunque es común que los viajeros tengan entre sí lazos de parentesco, y provengan de pueblos cercanos (1 y 2).

Los motivos para emprender tales expediciones son muchos: tener salud, abundancia de cosechas o hijos, iniciarse en las artes de la curandería o, más importante aún, afirmarse como huichol. Para quienes pretenden ejercer el oficio de curandero, la travesía encierra duras pruebas: deben mostrar que soportan los rigores del camino con ecuanimidad; velan por sus compañeros y, en las noches, combaten el sueño y fungen como centinelas. Además, el aspirante sólo será reconocido como mara’akáme después de su quinta andanza a Wirikúta (1 y 2).

Llevar ofrendas es indispensable para conseguir los favores divinos. Se elaboran en la sierra huichola y consisten en jicaras decoradas con abalorios, hojas de tabaco (Nicotiana rustica) y flechas adornadas con estambres de color. Del templo local, se lleva una cornamenta de venado representativa de Kauyumaric, personaje mítico que vela por el buen término de la empresa (2).

Antes de iniciar el recorrido, los caminantes se someten a diversos rituales de purificación: confiesan sus amoríos extramaritales en una ceremonia pública y, posteriormente, reciben una especie de segundo bautizo, donde cambian sus nombres cotidianos por unos esotéricos; el del jefe es invariablemente Tatevarí, el señor del fuego y primer antepasado que dirigió una expedición a Wirikúta. A partir de ese momento, los buscadores del peyote encarnan a los personajes míticos que en los albores del mundo hicieron el primer viaje a la morada divina. Así, la peregrinación es a la vez un renacimiento individual, puesto que cada participante regresa a un estado de inocencia, y una odisea a través del tiempo para llegar al origen del cosmos (1 y 2) (4).

Ya en camino, los iniciados desfilan conforme a un orden estricto: a la cabeza va el mará’akáme, portando las astas de venado antes mencionadas; en la retaguardia anda quien haya recibido el apelativo ceremonial de Tatutsi (nuestro bisabuelo), responsable de escudar a los demás contra los malos vientos (2) (V. mal aire). En cada campamento, se hace una fogata para invocar y materializar al dios de la lumbre (los familiares que permanecen en la sierra también le rinden culto a esta deidad, pues vigilan un fogón encendido que deberá permanecer sin apagarse durante la ausencia de sus parientes). Cerca de Zacatecas, existe un lugar denominado "puerta donde chocan la nubes", portal que conduce a otro plano de la existencia. Atravesarlo encierra peligro de muerte si el viajero no está preparado. El caudillo del grupo ordena a sus discípulos colocarse en línea recta, fijando la vista hacia el este, hacia la tierra delhikuli. Toma sus plumas sagradas y las pasa por el cuerpo de cada uno de ellos (V. muvieris). A partir de este punto, quienes realizan la marcha por primera vez deberán seguir con los ojos vendados, pues las regiones divinas a las que entran pueden deslumbrarlos y dejarlos ciegos (1 y 2) (5).Una vez en territorio potosino, se encuentran los manantiales de Tatei Matinieri, moradas de las diosas acuáticas; se trata de la localidad conocida como Agua Hedionda, a unos treinta kilómetros de Salinas de Hidalgo. Los peregrinos se bañan con estas aguas y llenan su bules con ellas para llevarlas después a sus hogares. Aquí los novicios pueden quitarse la venda de los ojos (la 5).

Antes de llegar al destino final, se cruza un último portal llamado Wákiri Kitema, donde se levantan dos pequeños cerros. El jefe de la expedición pide permiso a las deidades para entrar a Wirikúta, y nuevamente limpia a los caminantes con sus plumas sagradas (5). La ubicación exacta de este paraje resulta un poco difícil de situar. Blanco Labra afirma que la entrada a tierra santa está cercana a la presa de Santa Gertrudis (sin embargo, hay que tener cuidado con este autor, pues su relato es muy subjetivo y, en ocasiones, raya en lo fantástico) (3).

Ya en el extenso valle desértico que alberga la casa de los dioses, principia la colecta del peyote. Puesto que la planta es, según las creencias huicholas, el alter ego del venado, la cosecha se lleva a cabo como si fuese una cacería. El mara’akáme señala el lugar donde se encontrará la presa. Caminando hacia el punto indicado, los expedicionarios van cazando los cactos que hallan en su camino, clavando dos flechas cruzadas a los lados de éstos. Cuando llegan al lugar que apuntó el guía, rezan al ciervo deificado, le agradecen y le dejan ofrendas. Comen un poco del primer hikuli apresado por el mara’akáme, y regresan a coger aquellos que antes "flecharon". Mientras la mayor parte del grupo se dedica a la recolección, algunos de sus integrantes suben a La’unar Leunar, el cerro por donde salió el Sol en los albores de la creación, el cerro del Quemado, y dejan ofrendas. En la noche, ya todos nuevamente reunidos alrededor de una hoguera, comen peyote y comulgan con la divinidad (1) (5). Los veteranos de caminatas anteriores prestan especial cuidado a los neófitos, pues éstos pueden perder el alma con facilidad durante el trance extático, y caer enfermos (2) (V. pérdida de alma).

El recorrido, además de ser una iniciación en las artes curanderiles, guarda una estrecha ligazón con otros aspectos de la práctica médica huichola. A lo largo de la marcha, los caminantes se aprovisionan de varios materiales de curación que, ya de regreso en sus comunidades, servirán en numerosas terapias. Sin duda el más importante de tales recursos es el peyote, cuyas virtudes no sólo son rituales, sino que también alivia un gran número de dolencias, como malestares digestivos y dolores musculares, entre otros. Las aguas de Tatei Matinieri son un remedio eficaz contra la esterilidad femenina. Furst, en una peregrinación que realizó en 1968, observó cómo una mujer huichola, que hacía el viaje para curarse de su condición estéril, se frotaba el líquido en el vientre, con el fin de asegurar el embarazo. Las cenizas de las fogatas que se hacen al final de cada jornada del peregrinaje, también tienen efectos terapéuticos, ya que contienen el cupuri o alma de Tatevarí (1).

Cabe mencionar un dato interesante en cuanto a la duración del viaje, pues ésta también está regida por cánones míticos. Al respecto, Furst dice lo siguiente:

La peregrinación tradicional a pie ritualmente se fijó en 20 días en cada dirección. Aunque los huicholes no tienen un calendario ceremonial formal, ni el recuerdo de alguno, puede ser que la duración de la peregrinación de alguna manera estuviera relacionada con el ‘mes’ de 20 días del calendario ceremonial de la Mesoamérica prehispánica, de 260 días... (1:167).

Esta idea se refuerza con el análisis que hace Negrín de varias pinturas de estambre huicholas, pictografías cuyas temáticas expresan porciones de la cosmología étnica. En una de ellas, llamada "ascensión y transformación de nuestro padre Sol sobre los esqueletos del pasado", figura un personaje de color negro, representativo de Pariya, "el anunciador del alba en la oscuridad". De su boca sale un hilo de nudos amarillos que, según Negrín, "es el calendario que describe los días de peregrinación y disciplina" (6). Tales atributos permiten identificar a Pariya con el planeta Venus en su fase matutina. Dicha fase tiene un promedio de duración de 263 días, y algunos estudiosos de las culturas prehispánicas sugieren que el calendario ritual mesoamericano tiene relación con este lapso del periplo de Venus (7).

Las fuentes históricas relativas a Wirikúta son escasas. En la obra de Sahagún hay una referencia al pueblo teochichimeca, etnia que, de acuerdo con Myerhoff, posiblemente se trate de los huicholes:

... también tenían gran conocimiento de las hierbas y raíces, y conocían sus calidades y virtudes: ellos mismos descubrieron y usaron primero la raíz que llamanpéyotl... (8:600).

Apenas en la última década del siglo pasado, el explorador noruego Lumholtz reseñó la cultura de estos indígenas (9). Cuarenta años más tarde, Zingg hizo una detallada investigación en cuanto a sus creencias y arte religioso (10). No obstante, ninguno de los dos estudiosos participó en una peregrinación a la tierra del peyote. Fue en 1966 que dos antropólogos norteamericanos, Furst y Myerhoff, realizaron el viaje y lo describieron (1 y 2); al poco tiempo, lo llevó a cabo el periodista mexicano, Fernando Benítez (4). Huelga decir que si bien los relatos son similares, hay discrepancias entre ellos: la partida en la que iba Benítez siguió una ruta distinta a la trajinada por los primeros autores; el reportero fue conducido al cerro del Quemado, lugar no visitado por el grupo en el cual andaba la pareja de antropólogos. Incluso, Furst observó pequeñas diferencias entre dos peregrinaciones a las que asistió, la primera en 1966 (con Myerhoff) y la segunda en 1968; ambas las dirigió el mismo chamán, lo cual indica que si bien el trayecto a Wirikúta sigue un patrón general, existen variaciones. Por ejemplo, en los últimos años, cada vez es más común hacer el recorrido en camión; sin embargo, el itinerario debe comtemplar los portales sagrados mencionados arriba, y los pasajeros van sentados en un orden similar al que llevan los viandantes cuando la travesía es a pie (2).

Índice de Autores

(1) Furst, P. T., 1972.

(2) Myerhoff, B. G., 1974.

(3) Blanco Labra, V., 1992.

(4) Benítez, F., 1976.

(5) Rajsbaum, A., 1992.

(6) Negrín, J., 1985.

(7) Aveni, A. F., 1980.

(8) Sahagún, B. de, 1985.

(9) Lumholtz, C, 1987. (10) Zingg, R. M., 1938.

DM