Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
La Medicina Tradicional de los Pueblos Indígenas de México
Tepehuanes del Sur (O’dam).
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Descripción de demandas
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Descripción de demandas

Embarazo y parto

En las comunidades tepehuanas y mexicaneras, la atención al embarazo y el parto es brindada por las parteras-sobadoras y por las parteras, aunque en casos excepcionales el esposo mismo de la parturienta ofrece los primeros cuidados a la madre y al niño al momento del nacimiento. El parto es conocido entre los tepehuanes con el nombre de diadida, o como yi ’amo aliviaro, entre los mexicaneros. Incluso en aquellos casos en que existe la posibilidad de recibir atención especializada en una clínica del IMSS-Solidaridad presente en las cercanías de algunas comunidades, las mujeres prefieren alumbrar en la casa, en presencia de una terapeuta tradicional y del esposo, lo que les proporciona mayor seguridad y tranquilidad.

El cuidado de la gestante empieza en el momento mismo en que la partera le diagnostica el embarazo. Por lo general, la mujer acude a la terapeuta manifestando "estar mala, con dolores de panza, que son meses que ya no regla"; la presencia de náuseas y basca, y la falta de apetito que complementan el cuadro, permiten diagnosticar rápidamente su estado. Es en este momento cuando la terapeuta le brinda diversos consejos relativos a la alimentación, por ejemplo, entre los que destacan la necesidad de alimentarse bien e ingerir vitaminas "para que el niño nazca fuerte". Entre los mexicaneros, esta condición de la mujer provoca un cierto cambio social, al ser considerada una suerte de enferma porque ya no puede realizar sus trabajos hogareños "como cuando no tiene nada". La partera hace un seguimiento del desarrollo del embarazo de su paciente, en especial durante los primeros meses, en que la mujer se pone muy "agüitada" (triste), sufre vómitos con cierta frecuencia y tiene flojera continuamente. Las terapeutas señalan que es necesario que la gestante se haga revisar periódicamente para constatar el estado del producto; durante estos controles la "pulsa y le palpa el vientre y se siente una bolita que palpita". Para evitar complicaciones o molestias, acostumbran recordarle que no debe hacer "trabajos pesados, ni cargar pesado". El sexo del feto se establece poco tiempo antes del parto: según las parteras, "si nace en ida de luna va a ser un varón, y si es luna llena entonces va a ser mujer".

Los "deseos" (V. antojo) son una de las causas de demanda de atención de las embarazadas, que suele aparecer entre el segundo y tercer mes de gestación; como su nombre lo indica, se producen por un fuerte deseo de "comer una fruta o una comida" que en el momento no está a su alcance; en caso de no poder satisfacer ese deseo inusitado, la mujer empieza a sufrir dolores semejantes a los del parto, lo cual muchas veces hace temer un aborto. Las parteras le recomiendan tomar una taza de café, sin azúcar, cada vez que sienta los deseos, y "con eso se le quitan", señalan las terapeutas. De no ser atendida, la enferma corre el peligro de perder a su hijo.

Ciertas conductas de la embarazada, tales como la falta de cuidados, levantar cosas pesadas, correr, tener una asistencia médica precaria o tomar agua en cantidad insuficiente, son motivos para que el feto adquiera una posición incorrecta, atravesada, lo que ocasiona dificultades al momento del parto y hace que el niño nazca débil. La mujer lleva la cuenta de los meses que tiene de embarazo, es decir, "cuenta las lunas, que deben ser nueve", al cabo de las cuales presenta los primeros dolores; en ese momento, un familiar va a la casa de la partera para requerir asistencia. A su llegada, la terapeuta se encomienda a Dios —"para que guíe mis manos por un buen camino" comenta una partera—, y después pregunta cada cuánto tiempo la enferma tiene los dolores y si ya se le reventó la bolsa del agua. Cuando esto último ya ha ocurrido, y las contracciones surgen cada 15-20 minutos, "es que ya se acomodó para salir". De todas formas, la manera empleada con más frecuencia para determinar el momento del parto es la aplicación de la sobada: se acuesta a la paciente "y se empieza con las manos a tentar para saber cómo está el niño-si está mal, va a dar lata al nacer; si está bien, luego luego nace".

Puede ocurrir que durante la sobada se detecte que el niño trae una mala posición "porque la mujer trabaja, todo el tiempo anda pa’ ya y pa’ca; entonces el niño se pega de una manita o de una patita hacia las costillas dentro del vientre de la madre, y esto hace que se dificulte el parto", declaran las informantes. La manera de acomodara al niño, es decir, ponerlo nuevamente en posición cefálica, consiste en "campanear" a la parturienta, operación que se ejecuta poniendo un rebozo en el suelo y colocando a la mujer sobre él: la terapeuta agarra los extremos, lo levanta, y mueve a la paciente "hasta que se despegue el niño y pueda nacer" (V. mantear).

Para atender en forma adecuada el parto, cada una tiene preparado el instrumental considerado necesario: las terapeutas que han recibido algún curso de capacitación reúnen pinzas, tijeras y gasas; las otras preparan aceite y algodón, trapos limpios, lienzos, sábanas y agua caliente, "para limpiar todo lo que arroja la enferma y para limpiar bien al niño una vez que nace". La terapeuta también elige el lugar para el nacimiento, en donde previamente ha colocado táite (heno), o "garras (trapos) limpias", y ha atado una cuerda a una viga del techo para que la parturienta, hincada, con las piernas abiertas y sostenida por la cuerda, dé a luz. Las terapeutas señalan que, con frecuencia, en estos momentos la paciente prefiere recibir la ayuda de su esposo. Cuando la partera observa que el parto "está muy reseco", es decir, que se está prolongando más de lo necesario, administra a la parturienta una taza de té de canela o de manzanilla, con el fin de calentarle el vientre y "para que no agarre frío"; en cuanto "la mujer tira el agua, se le unta aceite de comer en la cadera y en el vientre para que no se enfríe", y se le da una toma de un preparado a base de comino para que "resbale pronto la criatura".

Al nacer el niño, hay que "hacerlo llorar para que llene de aire sus pulmoncitos y empiece su vida en el exterior, y luego se le corta la tripita por donde se alimentaba de la madre", refieren las parteras; entre los mexicaneros se acostumbra amarrar el cordón umbilical con un hilo de algodón (que la misma terapeuta hila), cortarlo a una distancia de 10-15 cm con una astilla de otate, y después aplicarle alcohol. Algunas especialistas comentan que, hasta no hace mucho, se le colocaba en el ombligo una "medita de cera; ahora ya no porque queda puchón". Después se baña al niño con un cocimiento que se prepara hirviendo, en cuatro o cinco litros de agua, un poco de manzanilla, o los pétalos de tres rosas de Castilla; enseguida se unta con aceite para que no agarre frío, y finalmente se le coloca una faja. Al recién nacido se le debe bañar dos veces al día, durante los tres días sucesivos a su nacimiento, con el fin de limpiarlo "de todas las impurezas"; se le recomienda a la madre cubrirlo muy bien para que no le pegue el aire y se enferme. Luego del primer baño, se le aplican unas gotitas del mismo cocimiento en cada ojito para limpiárselos; algunos terapeutas también le "untan tantito de aceite en la quijada y lo soban para levantar las varillas, y le meten el dedo para que lo mame y levantan el paladar; de lo contrario, se hace gangoso y se le sale la saliva" de uno y otro lado de los labios, aseguran.

Inmediatamente después, la partera vuelve a ocuparse de la madre; le soba el vientre con aceite para que no agarre frío, y le administra otra taza de té de manzanilla "para que su vientre recobre el calor que perdió durante el parto"; enseguida, procura que la placenta salga pronto, lo que logra tomando el cordón umbilical, que aparece por la vagina, y moviéndolo de arriba hacia abajo varias veces, para hacer que se despegue y salga. Con estos mismos fines, algunos terapeutas acostumbran administrar baba de nopal o un té de guásima. Si mediante estos procedimientos la placenta no se desprende, entonces se procede a mantear a la mujer en la forma descrita anteriormente. Una vez que la placenta ha salido, se tira muy lejos del lugar del parto, o se quema. La partera asea "la parte" de la enferma, utilizando para ello trapos limpios, y le administra un té de hojas de santa maría, que debe continuar tomando, tres veces al día durante los 15 días sucesivos al parto, "para que limpie bien su matriz". Las terapeutas de estos grupos acostumbran dar a la mujer un masaje en el vientre para acomodarle la matriz y evitar "que quede desparramada"

Si encuentra que la paciente está muy inflamada y que sangra mucho, la partera procede a ejercer presión sobre la región estomacal para que arroje la sangre que todavía se encuentra dentro del útero; además, le recomienda la ingestión de la decocción de cáscara de agualamo, como agua de tiempo, también durante los 15 días sucesivos al parto.

Transcurrido este periodo, durante el cual la enferma no puede levantarse de la cama, salir de su casa o hacer algún trabajo, se le permite caminar un poco "sin echar paso grande", preparar su comida y bañarse. La puérpera presta particular atención al aseo de sus pechos, lo que hace cada día mientras dura la cuarentena. Las parteras recomiendan una dieta especial en la cual está prohibido el consumo de alimentos irritantes, carne de puerco y pescado, "porque se pudren pronto"; de la misma manera, aconsejan evitar comer tortilla cruda porque puede causar diarrea. Todos los platillos deben estar bien cocidos; se aconsejan particularmente el pollo, la sopa de fideo y los "atolitos". Durante este periodo, la mujer debe abstenerse de mantener relaciones sexuales porque, de lo contrario puede padecer tumores, "se aguadea" y empieza a sufrir "como comezones y arroja de su parte cosas líquidas malas" esto se debe principalmente al hecho de que "sus maridos son hombres campesinos que a veces no se bañan y tornan a la mujer y la enferman", afirman las terapeutas. La mujer en este estado comienza a advertir fuertes dolores en la matriz y ardor; asimismo, "está como suelta y le viene agua", es decir, tiene secreciones líquidas (V. empacho de hombre) Las mujeres mexicaneras y tepehuanas consideran que esta complicación es un "castigo de Dios".

Según los informantes, las dificultades al momento del parto pueden surgir por la mala posición del niño, porque a la parturienta "se le pasa el parto" y, finalmente, porque en el último mes de embarazo se golpea o realiza trabajos pesados, lo que provoca la muerte del niño.