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Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana
Universidad Nacional Autónoma de México
La Medicina Tradicional de los Pueblos Indígenas de México
Nahuas.
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Los recursos humanos
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Los recursos humanos

De los grupos étnicos de México, el nahua es, numéricamente, el más importante. Su población reside en diferentes estados de la república, encontrándose concentrada principalmente en cinco de ellos, donde se obtuvo el material para este estudio.

Los terapeutas tradicionales entrevistados fueron 206, ubicados, en orden de importancia cuantitativa, en distintas zonas de los estados de Puebla, Hidalgo, Guerrero, Michoacán y Veracruz. Al momento de la encuesta, 53 informantes residían en el primero de los estados mencionados, específicamente en los municipios de Atempan, Chiconcuautla, Chichiquila, Chilchotla, Cuautempan, Cuetzalan del Progreso, Huauchinango, Hueytamalco, Ixtacamaxtitlán, Ixtamaxtitlán, Lafragua, Naupan, Quimixtlán, Teziutlán, Tlaola, Tlatlauquitepec, Tuzamapan de Galeana y Zacapoaxtla. En el segundo, fueron entrevistados 51 terapeutas, todos residentes en los municipios de Acaxochitlán, Atlapexco, Huautla, Huazalingo, Huejutla de Reyes, Xochiatipan y Yahualica. En el tercer estado, los terapeutas que proporcionaron información moraban en los municipios de Chilapa de Alvarez, Olinalá y Tlacuaxitlahuaca. En Michoacán, los entrevistados provenían de los municipios de Aquila y Coahuayana, mientras que en Veracruz, se entrevistó a terapeutas de los municipios de Zongolica y Texhuacán.

Entre los nahuas, la práctica de la medicina tradicional es una actividad preferentemente femenina: el 60% del total de los terapeutas entrevistados eran mujeres, las cuales se desempeñan sobre todo como parteras, sobadoras y curanderas. La edad promedio de los terapeutas nahuas es de 56 años, con un promedio global de 20 años en el ejercicio de la profesión. Al respecto, se encontró que pueden iniciarse en la profesión médica desde los 18 años y seguirla practicando hasta después de los 80 años.

Poco menos de una tercera parte (30%) de los terapeutas informó saber leer y escribir, mientras que un 68% declaró ser analfabeta. El porcentaje de analfabetas es análogo al de personas que señalaron hablar únicamente el náhuatl (62%). Si tomamos en cuenta que entre los integrantes de este grupo indígena la escolaridad presupone el aprendizaje de la lengua española y relega la materna a un segundo término, el efecto producido es una aculturación en la que se olvida el idioma propio, y los sujetos pierden su identidad. Por lo tanto, es menester apuntar que las instituciones educativas deben impartir la educación a los pueblos indígenas cuidando de preservar la lengua materna, ya que es un elemento importante de identidad en cualquier sociedad. 14% de los terapeutas entrevistados reportaron ser hablantes sólo del castellano, en tanto que un 22% declaró ser bilingüe de náhuatl y español. Un porcentaje poco significativo (2%) corresponde a terapeutas que dijeron ser hablantes de las lenguas náhuatl y mexicanero, variante derivada del primero. Este dato es interesante, pues el mexicanero (no confundir con el mexicano, pues este término es otra forma de llamar al náhuatl) es hablado por los indígenas del mismo nombre que habitan en el estado de Durango.

Pocos son los terapeutas que se dedican exclusivamente a la actividad curanderil; quienes lo hacen sólo representan un 13% del total. La actividad predominante es la de agricultor, que representa un 40%, porcentaje similar al encontrado en terapeutas de sexo femenino que declararon como principal ocupación los trabajos del hogar. 3% de los encuestados dijeron ser jornaleros; y en proporciones aún menores se encontraron oficios como el de administrador de albergues escolares, artesano, matador, comerciante, cocinera y carpintero.

Las principales profesiones indicadas por los médicos tradicionales nahuas conforman un total de seis grandes grupos: parteras, curanderos, sobadores, hueseros, hierberos y un grupo de curadores especialistas en enfermedades específicas. El conjunto más importante de terapeutas está constituido por las parteras, a quienes se les conoce principalmente con los siguientes vocablos: tetlachequeniyani, temaquishtixetl, teteyquetl e itachocueniquel, entre los nahuas del estado de Hidalgo; suatlapatiani, tlaxictequini y mixijtlapaleuijketl, en el estado de Guerrero; pilaotique, tlapaleuiyani, shiquitiati, quin panoctia y suatepatique, en Puebla; michiwiltini, entre los nahuas de la costa de Michoacán; y manecmaquiste, entre los de Veracruz. La población guerrerense también la conoce como "la que corta ombligo" (tlaxictequini) o "la que hace nacer" (tlanemichia), mientras que en Veracruz se le designa "partera que acomoda niños" (nenepartera one sitalaliro se conel). Otros términos utilizados comúnmente para designar a esta terapeuta son los de "matrona" o "abuelita", vocablo este último que hace referencia a la avanzada edad de muchas de estas especialistas.

La partería es una actividad preferentemente femenina; los hombres conforman sólo el 5% del total de parteros entrevistados. Al momento del estudio, la edad promedio de este grupo de terapeutas era de 52 años. Los datos arrojados por la encuesta indican que el 50% de las parteras ejercen sólo esta profesión médica, mientras que el porcentaje restante se desempeña además como partera-curandera, partera-sobadora, partera-huesera (o partera-arregladora, como se le designa entre los nahuas de Michoacán). Muchas veces, la partera es reconocida como especialista en alguna enfermedad específica, generalmente infantil, como ocurre con la talxictekini-catzetzeloua ("la que corta ombligo" y "jala la mollera"), terapeuta que atiende la caída de mollera —una grave dolencia de la primera infancia—, además de los partos.

Acerca de las formas de aprendizaje, el 65% de las comadronas se iniciaron en la profesión después de ser instruidas por otra mujer con más experiencia, perteneciente a la misma familia. Generalmente, son la madre o la abuela quienes atienden los partos de sus propias hijas y nietas; más tarde, les enseñan los secretos de la profesión y las instruyen para el cuidado de la salud de sus hijos y demás miembros de la familia. Al respecto, una informante señaló que primero enseñó a su hija a ejecutar correctamente las maniobras más frecuentes y sencillas de la práctica profesional, tales como sobar el vientre de la embarazada y acomodar al niño en la posición correcta; al mismo tiempo, le permitía que le ayudase cuando la llamaban para atender un parto. Cuando la partera muere o envejece, y ya no puede concurrir a los llamados de sus pacientes, entonces es sustituida por su aprendiz, quien ya tiene los conocimientos médicos y el reconocimiento social necesarios para poder desempeñarse como partera. Un porcentaje menor de estas terapeutas (el 25%) reconoció haber adquirido los rudimentos de la partería mediante el autoaprendizaje, obligado principalmente por el aislamiento en que viven muchos de los habitantes de las áreas nahuas. Así, con frecuencia, la falta de personal médico lleva a que la parturienta misma atienda el nacimiento de su hijo o, en el mejor de los casos, sea ayudada por algún familiar sin experiencia. Esta circunstancia induce a muchas mujeres a intentar aprender el oficio de partera, para lo cual comienzan a asistir a los cursos de capacitación que imparten varias instituciones gubernamentales. A estos cursos también asisten, aunque en forma esporádica, parteras que se han formado en el interior de las familias, bajo los preceptos de la medicina tradicional del grupo. Un conjunto reducido de especialistas declaró haber adquirido los conocimientos que el oficio requiere a través de los sueños, a raíz de haber padecido una grave enfermedad crónica, como lo ilustra el testimonio siguiente: "antes de ser partera, yo padecía de ataques. Cuando me sucedían, veía que me daban una botellita y me decían que tenía que ser partera". Por lo general, una vez que una mujer ha recibido el mensaje sobrenatural, busca quién le enseñe, pues sólo de este modo puede recuperar la salud. En todos los casos, se considera necesario contar con una firme voluntad de responder al llamado de servir a sus semejantes.

Entre los diversos procedimientos terapéuticos y de diagnóstico, las parteras nahuas acostumbran aplicar terapias preventivas para garantizar un parto sin complicaciones. A la mujer embarazada se le recomienda tomar al menos un baño de temazcal cada cuatro días, hacerse la "sobada" para vigilar el desarrollo del embarazo y corregir un posible desarreglo antes del nacimiento, ya que el niño puede venir en posición atravesada o de "nalguitas" (V. acomodar al niño). En los últimos meses del embarazo, la mujer visita a la partera, quien efectúa un último diagnóstico, en el que se revisa la posición del niño; si acaso descubre que ésta es incorrecta, procede a mantear y sobar a la enferma, a la vez que le aconseja no trabajar mucho, no alzar cosas pesadas, ni apretarse el vientre. Existen algunas creencias relacionadas con la luna: se dice que si la mujer preñada sale a la luz del satélite, el niño nacerá con alguna deformación, o bien se volteará en el vientre de la madre y, después de venir al mundo, será una persona mala.

Antes del nacimiento, se acostumbra administrar infusiones de hierbas para "apurar el parto". Estas pueden ser preparadas con epazote, zoapatle y, más frecuentemente, con manzanilla; todas estimulan las contracciones uterinas. También se prepara otro tipo de bebidas para que la parturienta no desmaye y tenga fuerzas al momento del parto; en algunas regiones se elaboran con chocolate y dos huevos, y en otras con tizne y espinas de puerco espín. La posición más común que adopta la parturienta para dar a luz es en cuclillas o hincada, sujetándose de una cuerda que pende de un morillo o durmiente de la casa. En otros casos, el marido se sienta en una silla para sostenerla de los brazos. Al efectuarse el nacimiento, se corta el cordón umbilical con una raja de carrizo y se arregla el ombligo del niño amarrándolo con un hilo blanco y untándole grasa de chivo. La salida de la placenta puede ser estimulada de diferentes formas; en una de las más conocidas, se introduce la punta de los cabellos en la boca de la parturienta para que puje; en otros casos, se amarra el cordón de la placenta a la pierna de la enferma. Al finalizar el parto, Sé reparte chocolate caliente entre todos los reunidos. Tres días después del alumbramiento, se acostumbra, por razones de salud y protección, bañar a la puérpera en el temazcal, en donde también se le efectúa una "oreada" (limpia). Dos mujeres —su suegra y otra pariente— la cargan hasta el temazcal, le untan pulque y le frotan el cuerpo con hojas de capulín para sacarle los "malos espíritus"; esta operación se repite diariamente durante una semana. También suelen hacerse limpias con hojas de xixicastle, cuyo objeto es curar la esterilidad. Al recién nacido también se le hace matiya, es decir, se le baña con las hierbas hecahuildotl, atenantzi, acatl, cuashilotl y matlalkilitl. El agua restante se les da de tomar a otros siete niños, a quienes también se les da de comer un pollo despedazado, como parte del ritual. Mientras tanto, un niño del sexo opuesto al recién nacido lo debe abrazar. Al concluir su trabajo, la partera lava la ropa de la madre y del bebé. Por su parte, la familia de la parturienta corresponde a la terapeuta con un pequeño regalo y le ofrece una comida. Además, si el nuevo miembro de la familia es varón, la comadrona puede llevarse una gallina. El regalo que se ofrece en agradecimiento por el trabajo de la terapeuta se hace con el fin de mantener un estado de armonía espiritual para no quebrantar la salud del recién nacido.

Aunque nos hemos detenido en los aspectos más relevantes de la atención al parto, las causas de demanda de atención que trata la partera son variadas y muchas requieren de conocimientos médicos específicos. Encabezan la lista, según el orden de frecuencia reportado, las inherentes a la ginecoobstetricia: atención del parto, parto normal, cordón del ombligo enredado en la cabeza, niño sentado, parto duro, parto retardado, recaída de la parturienta (mixiucahui), acomodar al niño, desviación del producto, hemorragias —después del parto— (atemobochicaba, quiquistetecmaxte, yihuitume, chapane iezo, esquiza, mochica), aborto (guinigue motlama yo bilis, quitepexib ovexque, omotlamaye), "para tener familia", "se detiene la placenta", dolor de vientre (durante el embarazo), "corta ombligo" y caída de matriz (guolistoc niman). Los síndromes de filiación cultural, indicados en un 20%, son: mal viento, caída de mollera (kuaguestok, youets y axin, tlapachole), "jalar mollera", levanta sombra, latido, caída de cuajo, empacho, varillas o "desvarillados ", latido bilioso, llanto de niño y chincual. Un 10% corresponde a procedimientos de tipo diagnóstico y terapéutico: "sobar personas embarazadas" (quixixtohua, kikuekuexanoa), "tocar para saber cómo viene el niño", "vigilar la caída del ombligo" (ximocuitohuiti mo lome), sobar (ipapachogua, chichitos, nech paxca) y limpia de vagina. El 8% fue indicado para las afecciones de tipo gastrointestinal: diarrea, vomito, cólico (periodo de lactancia), diarrea con vómito, y descompostura de estómago. Las afecciones inherentes al sistema musculoesquelético representan sólo un 4%: encuerdadura y descompostura de huesos. Un porcentaje similar (4%) fue referido para las afecciones manifestadas en el sistema respiratorio: tos ferina (niketataxis), tos y gripa. Los padecimientos dermatológicos y del sistema renal-urinario representan también un 4% entre las causas reportadas: granos, mal de orín y mal de piedra. El restante 25% abarca causas de demanda de atención de tipo inespecífico: calentura, "cubierto de la cara", dolor de cabeza, caída de pelo, irritación de los ojos, piquete de insectos, "embolio", revienta sangre del ombligo", abierta de cabeza, abierto de cuerpo, hinchados, infecciones, "almorragias" y dolor de dientes.

La profesión numéricamente más importante revelada fue la de curandero (44% de los informantes), el cual, según la zona de influencia nahua, se designa con los siguientes vocablos: pakua, tlapajtijketl, patiyani, tepatiquetl, tlapati. En este grupo prevalecen ligeramente las terapeutas del sexo femenino, y la edad promedio general es de 53 años. La profesión médica de curandero a su vez puede estar asociada a otras, a saber: curandera-partera y curandera-chupador (tlachichima) entre las terapeutas de sexo femenino, así como la de curandero-huesero curandero-hierbero y curandero-sobador, entre los hombres. El curandero —a quien algunos estudiosos han llamado chamán, por sus prácticas médicas de tipo mágico-religioso— se caracteriza por una alta especialización en las enfermedades denominadas "síndromes de filiación cultural" por la antropología médica. El tratamiento de éstas requiere de la participación de los siguientes especialistas: el curandero "levanta sombra" (pajtikualaniztle), el "que va a dejar" (kitekaulia), "el que sacude" (tlazezeloa), el que "levanta vigilias de muerto y saca la suerte" (kuiteua vigilia de mekame y kikchtia suerte), el que "cura espanto, empacho o caída de mollera" (momoctilistle ixhui-tilistli ahuetzi), el "que levanta la mollera" (napachoua), así como el limpiador (tlapojpoa, tlachpanki), el adivino (tlatemouani), el rezandero (tamapactique, tapalehuique, tioyotlpoani), el pulsador (quixtia rech in may cocolis) y el "vidente espiritista" (te-tlachia niktonalnotza, tonalnotski). También se encontró un especialista en afecciones que se manifiestan en los ojos, conocido popularmente como "curandero de ojos" (ixtelolopatiyani).

Entre las distintas formas de aprendizaje indicadas por este grupo de terapeutas, se destacó, en un 54% de los testimonios, la evidente importancia del núcleo familiar en la transmisión oral de los conocimientos. El aprendiz se familiariza con las prácticas médicas a temprana edad, pues observa la ejecución de terapias y la utilización de los diferentes recursos terapéuticos administrados por el padre, la madre o los abuelos, quienes ejercen la profesión. La continuidad de la tradición médica está resguardada por la propia herencia, en la que el nieto o el hijo aprenden del padre o del abuelo para preservar los conocimientos de curación e, inclusive, ampliarlos con la práctica médica enseñada por otros especialistas. Así, a temprana edad, y al interior del núcleo familiar, el jefe de familia enseña a su aprendiz los procedimientos y métodos terapéuticos y de diagnóstico, así como la preparación de remedios, pócimas, conjuros, limpias y oraciones espirituales.

La necesidad de atención médica ha estimulado el deseo de saber curar. Por eso mismo, cerca del 30% de los terapeutas indicaron que aprendieron en forma autodidacta mediante la observación directa de curaciones, practicando y experimentando con hierbas, asistiendo a cursos sobre medicina tradicional y mediante la lectura de libros.

Sin embargo, la simple enseñanza no basta; antes bien, el futuro curandero debe descubrir su vocación, la cual se manifiesta de distintas formas: un 14% de los entrevistados dijo haber tenido una revelación en la que fue "llamado a curar", es decir, en la que se le reveló su poder o "don". Es común que el futuro curandero se sienta "llamado" después de padecer una grave enfermedad que no responde a los tratamientos normales, por lo que solicita una intervención sobrenatural. Generalmente, este tipo de enfermedades se caracterizan por una especie de episodio cataléptico: el neófito "experimenta la muerte y vuelve a la vida con el don". En ocasiones, la persona no entiende lo sucedido, y empieza a tener sueños extraños, en los que su yo se desprende y viaja por lugares desconocidos. Estos atisbos crean en el futuro terapeuta el deseo de canalizar esta sensibilidad despertada a la aplicación de su buena "visión" y penetración psicológica para curar. Un curandero lo suficientemente maduro y poseedor de los conocimientos de la profesión, descubre el don que posee el futuro terapeuta, a quien a veces prueba encomendándole ejercicios de diagnóstico, tales como el de rastreador (alguien que ayuda al curandero a "ver" durante la sesión terapéutica). Por lo general, el "llamado" ocurre durante las sesiones de curación, en el momento en que el aprendiz entra en éxtasis y empieza a desarrollar su "don"; súbitamente siente que el santo patrono de la mesa frente a la cual se efectúan las curaciones "lo llama", e intempestivamente le hace tomar algunos artefactos u objetos de poder, con los que en adelante va a curar (sonajas, plumas, piedras, etcétera). Por su parte, el curandero indica al que ha sido "llamado" cómo deberá elaborar sus propios objetos y la mesa —altar indispensable en la parafernalia del buen curador— frente a la cual va a "levantar a sus hermanos" de las enfermedades que los afectan. Después de su iniciación, el terapeuta va adquiriendo destrezas y mayores conocimientos con la práctica; según lo dicho por nuestros interlocutores: "practicado se llega al entendimiento". Algunos curanderos atribuyen el aumento de poder o don al hecho de que nunca han abandonado su "pacto", el cual consiste, al iniciarse, en hacer una promesa comprometiéndose a servir al hombre sin sentimientos de lucro, quienquiera que sea el paciente y en cualquier circunstancia.

La tradición chamánica nahua tiene su más destacado representante en el curandero levanta sombra (pajtikualaniztle), especialista que atiende los trastornos del psique originados por diversos tipos de espanto, ocasionados ya sea por un animal o por un muerto. En estos casos, la sombra (espíritu) de una persona "queda tirada" en el lugar del suceso, por lo que habrá que "hacer la levantada" (ritual terapéutico efectuado por el curandero para recoger el espíritu del enfermo y regresarlo a su cuerpo). Para diagnosticar las causas del padecimiento, entre los terapeutas nahuas por lo general se utilizan objetos de adivinación tales como el oráculo (hoja con símbolos sobre la cual se tira una bolita de cualquier material; el símbolo que marque se interpreta en relación con la personalidad del paciente). Otros terapeutas utilizan una vela encendida para diagnosticar la suerte ("poder ver la suerte") del consultante. Con este fin, le pasan la candela por el cuerpo mientras pronuncian oraciones; se interpretan la luz proyectada y la forma de la llama, y así se descubre la naturaleza del padecimiento. El limpiador (tlapojpoa, tlachpanki), otro galeno que manipula lo sagrado, efectúa un diagnóstico o una curación para librar al paciente de una "salación" o maldad, practicando una limpia con ramos preparados con contrahierbas, es decir, plantas de "calidad" opuesta a las utilizadas para hacer el daño; entre las más frecuentes destacan el estafiate, ruda y romero. Además, utiliza cera blanca, papel de China (negro y azul), harina, galletas, un huevo de gallina y un pollito chico. Al efectuar la limpia, el ramo se moja con la sangre de la gallina, la cual se ofrece a los espíritus malos a cambio del bienestar del paciente. Una vez realizada esta limpia, se hace otra con el propósito de que no vuelva a ser maldecido; en este caso, se dice que le practica la "limpia buena", para la cual se dispone de papel de China (blanco, rojo, rosa, verde y amarillo), dos pollitos, cera amarilla, un blanquillo de guajolota, doce xochipales, doce rosas y copal, elementos que "dan la suerte". El rezandero (tamapactique, tapalehuique, tioyotlpoani) es el especialista en decir conjuros y así alejar del paciente "la persecución de un muerto", pues las oraciones obligan al mal espíritu a regresar a su tumba. Por su parte, el adivino (tlatemouani) no hace uso de plegarias, sino de su percepción, un poder para diagnosticar y aplicar los recursos terapéuticos necesarios que detenta desde el día en que nació.

La alta especialización encontrada entre los curanderos nahuas, ofrece varias alternativas al enfermo en la atención médica, como se podrá constatar con las diferentes enfermedades que dichos terapeutas declaran atender. Entre las causas de demanda de atención solicitadas, se encontró en un 22% a los síndromes de filiación cultural: espanto o susto (nemoutil, momoctia, tehalpichitl, tamautia, mojkayotl, mematili), "quedado" (nekatuk), mal de ojo u ojeada (ivshtelolohuili), levanta la sombra (tonalana, tlatonalcue, tlatonalkuikel), levanta vigilia de muertos (kikuiteua vigilia de mimike), saca la suerte(kikichtia suerte), "que se hunde la mollera" (napachoua), busca suerte (tetemouilia), salaciones (netoktili), parálisis de la pierna —mal viento— (ajacat), prosperidad en los negocios (cuoli mo suerte), problemas matrimoniales (tahuicalme), empacho (moxhuiti, nexhuitil, nexilistli), latido (shkotlejko), mal de aire (ecka cocolis, yeyecath), limpia del mal aire (tlapopo ani), limpias de casas (spopohuch), maldad (tetlzchuviani), asombro de muerto (mitstonal anima), alferecía (noghpili), "quedado en la tierra" (mocan ite chin tlale), "persigue la sombra de un muerto" (mike ejekatz), muina y tiricia. Las afecciones musculoesqueléticas, indicadas en un 20%, son: desvío o calambres (xoxoti), quebradura de huesos (umomoyte, mopostec), cabeza abierta (camajtili), terceduras (monecuilohua, molecuenitoc), golpes (motecuac), zafaduras de huesos —luxación— (omegompique), dolor de cintura-estómago (omo tlacko quexani), dolor de huesos (omelitecpucuo), reuma (yamastiliytl), quebrantado (omotlacopoz te jc, coto nalixtle), dolor de espalda (nichicocohua), dolor de pies (nichicocohua nuxi), cuerpo dormido (nichicocohua nuxoteco), recalcada (nekaxan), mal estirón (mochicotilan), fractura-zafado (postec omit), venteados (encuerdadura), cuando caen de cabeza (kuak huetzi kaitzon tekon), golpe de columna, clavícula golpeada, cola quebrada, moretes y chichones hinchados. Las afecciones gastrointestinales fueron indicadas en un 15%; entre las más frecuentes se mencionan: diarrea (ixhuilolisti, mapitzatistli, natlixtili, xishhuilacayotl, tlanoguilla), disentería (istacashuilo, estompil, chichietix), diarrea roja (calanemilix), vómito (mozola, nizotlalistli, oguiquisque misotla), dolor de estómago (techcocohuzteiti), dolor de lombrices (ictiohuico), dolor cólico (ictiyil), mal de bilis, derrame de bilis (ictiexitintoc), asco (nimizotla), mal aire-estómago —aire en el estómago— (llegatl-tehite), tumores —en el aparato digestivo— (topeytle) y cólico de niño. Un 8% del total corresponde a causas de demanda de atención referidas a la ginecoobstetricia y a las enfermedades de la mujer: acomodo de ovarios, arreglo de matriz, "cuando no puede tener familia" (quinge tepia se conel, quipia ni conetzi), acomodar al niño (onesitlalito se conel, nethzmuyectlalitz), encajamiento de matriz, ovarios caídos, caída de cuello de matriz, apurar el parto, desalojar coágulos, inflamación vaginal o de labios de la vagina y menstruación dolorosa. Las afecciones que se manifiestan en el sistema respiratorio representan un 7% del total; éstas son: garrotillo, catarro constipado (tsonpelawisli), pulmonía, tos (tlatlaxistli), oguío (imiytlapaymigue), gripa (meyohua), frialdad (timosecticto), anginas inflamadas, asma y bronquitis (la lasisli, yolpachihuilis). Un 6% fue indicado para los procedimientos de tipo diagnóstico y terapéutico: sobada de garganta (tequexchichituquetl), "detección del problema" (tatemolis), levantada de espanto (motonait zat silia), manteada, limpias —ayudas con Dios— (xinechaja-chihuat) y levantada de caída de campanilla. Un porcentaje menor (3%) correspondió a las afecciones que se manifiestan en la piel: disípela (tlajchinojle), quemaduras, granos (cucol, quiquisqui) y manchas de piel (ixchixiyo). El restante 16% fue atribuido a las causas de demanda de atención de tipo inespecífico, a las ocasionadas por accidentes y a las afecciones del sistema renal-urinario: caída (huetzi), piquete de víbora (maculatik kual), fiebres (tonawisli) dolor de cuerpo (tlakayokokoxki), "se le baja el agua" (guahatemoc), calentura (totoni, tlatotoncayotl, toto-nahsti’e, totonky, totomic), dolor de cabeza (tzonpuacualolintli), mal de ojos —conjuntivo— (iytaaptoleuli ytli), algodoncillo o mal de boca (tencaalá), postema  (temalo), dolor de cerebro (tzonteco), comezón en el cuerpo (huet-zoltza huath), descompuesto de la cabeza, ataques (mi miqui), recaídas de cuerpo (nichamane noche notlajayo), heridas infectadas, borrachera (miki demoguintia, tahuanalix), decaimiento o agotamiento (timotanahui), locura y mal de orín, mal de piedra y riñón hinchado (tlapiazco cocolitztle).

Otro grupo de terapeutas, no menos importante, es el de los hueseros, a quienes en lengua náhuatl se les designa con los siguientes vocablos: tepacticque, omitepactique, omitl pajtijque, texixitoketl y tecichihua. Estos especialistas conformaron el 14% de la muestra de terapeutas; el 75% de ellos son de sexo masculino, y en promedio tienen 54 años de edad.

Al igual que en los grupos antes mencionados, el huesero asocia su profesión con algunas especialidades. Así, encontramos al huesero-sobador, al que "cura todos los huesos del cuerpo" y al huesero-limpiador. Por si fuera poco, también maneja conocimientos propios de otros terapeutas, como son la partera y la "arregladora".

Acerca de las diferentes formas de aprendizaje, 50% de nuestros interlocutores manifestaron que, por lo general, fue un miembro del núcleo familiar, ya sea el abuelo o el padre, quien enseñó al aspirante los secretos del oficio. 37% de los terapeutas entrevistados dijeron que aprendieron solos tras haber sufrido alguna lesión o lastimadura que ellos mismos, con su "propia inteligencia", curaron; así, se encontró que el autoaprendizaje, en muchos casos, es producto de la falta de atención médica por parte de las instituciones oficiales de salud. Sin embargo, el interés del mismo paciente al sentirse curado, lo lleva a investigar tratamientos y recursos terapéuticos con otros hueseros, y a consultar libros de medicina casera. Los informantes declararon que la base fundamental de su quehacer es la práctica y la sensibilidad para reconocer huesos y articulaciones, y para diagnosticar huesos "chispados", desviados o quebrados, lo cual se logra a través del tacto con las yemas de los dedos. En casos específicos, el terapeuta está señalado desde el nacimiento; en otros, la experiencia onírica constituye la clave de la iniciación: el enfermo, después de sufrir lastimaduras graves y ser intervenido por otro huesero, experimenta sueños en los que escucha voces raras que lo llaman a ejercer el oficio.

Las causas de demanda de atención por las que son solicitados los servicios del huesero, son, en un 90%, exclusivas del sistema musculoesquelético: tercedura de pies, fractura de algún hueso (tlapoxtec), acomodar cadera, componer huesos (que yectlalia omitl, cualtilulihumitl), descompostura de huesos, terceduras (maleweniyac), falseadura de un pie (sosolictoe), "falseadura de manos, brazos y costilla", descompostura de rodillas, torcedura de la muñeca, dolor de huesos, torcedura de tobillos (metz necuictic), desviación de huesos, cintura, quebraduras, recalcada, estiramiento de cuerdas  o estirones (mochicotilama), fractura de clavícula, torcedura de codo (molic necuictic), fractura de dedos (macpilme necuiltique), fractura de fémur, fractura de pie (omitl postectic), fractura de brazo y chispada de huesos. Otras enfermedades que atiende el huesero —aunque sólo 10% de nuestros informantes las mencionaron— son las gastrointestinales, como el dolor de estómago (cólico), así como el síndrome de filiación cultural llamado mal aire. Entre los prodecimientos y métodos terapéuticos y de diagnóstico más usados por este terapeuta, destaca el sobar o "hacer tacto".

Ejercen la profesión de sobador el 14% de los médicos encuestados, 60% de los cuales son de sexo femenino. Los sobadores son conocidos popularmente con los siguientes vocablos nahuas: niani nitzubarua, nilasubarua, tlatitilanki, lamatocone y ticon apachoua, y tienen en promedio 62 años de edad. Como su nombre lo sugiere, el ejercicio de esta profesión tiene su base terapéutica en la aplicación de masajes o sobadas. Los servicios de los sobadores son requeridos para la atención de las siguientes causas de demanda: dolor de estómago, caída de molleray latido. Encontramos en este grupo de terapeutas tradicionales a diferentes especialistas: "la que soba y la que ve a las mujeres" (teita), sobador para dolor de cabeza, sobadora de garganta, sobadora de estómago, sobador de señoras (niani nitzubarua), sobador de huesos, "el que soba", "el que llama el Sol" (te tonalcui) y sobadora "arregladora". También existen las subespecialidades de sobadora-partera, sobadora-curandera, sobadora-remediera y sobadora-hierbera.

En cuanto a las formas de aprendizaje más comunes de esta práctica, 70% de los sobadores entrevistados señalaron que fue un terapeuta miembro del mismo núcleo familiar, quien enseñó al principiante, por lo regular el hijo o el nieto, desde que éste era niño. En un caso específico, el informante dijo que aprendió su oficio porque durante 13 años había sufrido de mal de orín —enfermedad que fue curada con hierbas—; después de esto, debido a sus deseos de saber, acudió con un médico para que le enseñara a curar. En otro caso, el padre de una terapeuta pagó a una partera para que la instruyera en el oficio. El autoaprendizaje aparece revelado como parte de una búsqueda de alivio a una enfermedad convulsiva, como son los ataques. El siguiente testimonio es un ejemplo de lo anterior: "una vez que me pegó el ataque, empecé a sobarme y me di cuenta que los malestares desaparecían; después empecé a hacerlo con los niños que se caían y se golpeaban fuerte. Al practicar diferentes formas de masajes, me di cuenta que sobando detrás de las orejas, se quita la gripa". Así, también los terapeutas han aprendido la profesión al curar a sus hijos o algún miembro de su familia, por lo que su comunidad reconoce sus aptitudes médicas y recurre a ellos.

Como en otros grupos étnicos del país, entre los nahuas suele suceder que los conocimientos médicos y el "don" para curar sean atribuidos a divinidades de su cosmología, las cuales pueden aparecer en sueños o durante episodios de enfermedad, y comunicarle al neófito los secretos de la ciencia médica. Entre los sobadores, esta forma de iniciación fue mencionada por un terapeuta que se auto designa como "el que llama al Sol", el cual aclaró que su oficio es otorgado por Dios, a quien encomienda a sus enfermos. Para curar, le dirige oraciones al Sol cuando despunta por el oriente, y rocía al enfermo y a los cuatro puntos cardinales con agua bendita.

Las causas de demanda de atención más frecuentes por las que se acude a este tipo de especialistas, según el orden de frecuencia, son, en primer lugar (30%), un conjunto de masajes denominados: sobada de garganta, paladeada (tequexmayahnile), subir mollera, "la vamos a sobar", "el que llama el Sol" (te tonalcuilistli), "sobar de susto", "sobar de embarazo" y sobar para el mal de matriz. En menor medida (22%), los sobadores atienden afecciones de tipo inespecífico: "se les baja el agua", dolor de cabeza, mareos, ataques, calentura y abierto de la cabeza. Los síndromes de filiación cultural representan un 18% del total de las causas referidas: susto, mal de ojo, mal viento y empacho. Las afecciones inherentes al sistema gastrointestinal fueron indicadas en un 11%; entre ellas se mencionan: soltura, vómito y esparramado de la panza. Un porcentaje igual se encontró en causas de demanda de atención referidas a la atención ginecoobstétrica y a enfermedades de la mujer: mal acomodo del bebé, caída de matriz y la atención al parto. Por último, las afecciones del sistema musculoesquelético representan el 8% del total de motivos de consulta: "sobar o componer aflojadura" (tlatemoltiani) y torcedura de huesos.

La profesión de hierbero, que en la región nahua del estado de Puebla se designa con el vocablo xiutepatique, es poco representativa, ya que sólo constituye el 3% del total de terapeutas tradicionales interrogados. Este oficio es ejercido por individuos tanto de sexo masculino como femenino, que al momento de la encuesta declararon tener una edad promedio de 54 años.

En el aprendizaje del xiutepatique, es otro terapeuta, por lo regular un pariente, quien instruye al neófito. Así, la madre, el padre o el esposo le asignan las tareas de recolección de plantas medicinales y le indican su uso y manera de administración. Al preparar los medicamentos con las distintas hierbas, el maestro se da cuenta si su discípulo tiene "buena mano" para curar y confeccionar remedios; si es así, la comunidad reconoce su capacidad médica. Aunque en esta profesión no se encontraron especialidades, se indicó que los hierberos enriquecen sus conocimientos terapéuticos con cursos de capacitación, impartidos por instituciones de salud en las cabeceras municipales cercanas a sus comunidades.

Los padecimientos atendidos por el hierbero, según el orden de frecuencia, son: a) con el 36% de menciones, el conjunto de enfermedades gastrointestinales, encabezadas por diarrea, disentería, parasitosis y vómito; b) algunos síndromes de filiación cultural (27%), principalmente espanto, empacho, y brujería; c) con la misma frecuencia (27%) los males de tipo inespecífico y nutricional: calentura, dolor de muela y desnutrición (amo cuale tlahua); d) y por último, las enfermedades inherentes al sistema respiratorio (10%), entre las cuales se mencionó la tos seca o "tos de hacha".

El 2% de nuestros interlocutores practican ramas de la medicina tradicional que parecen estar confinadas a regiones particulares. Por ejemplo, un terapeuta, oriundo de Aquila, Michoacán, se autodenominó remediero-curandero, y dijo haber aprendido esta profesión de su madre, quien sabía hacer remedios con plantas medicinales. La edad de este sujeto, al momento de la encuesta, era de 67 años. Del mismo municipio proviene una especialista en enfermedades de los ojos, conocida popularmente como "ajuatera" (ajuatl). Su madre fue quien le enseñó a quitar basuras de los ojos ("bagazo") —ajuates, astillas de árbol (kipilla astilla ti kuaul), arenas (chali) y algunos insectos que perjudican la vista (muyul)—, a curar la irritación y a operar las nubes —ceguera— (kipilla wisch teme panistololo) y las carnosidades de los ojos. Las terapias de las que hace uso incluyen desde pasar un simple algodón para limpiar el globo ocular, hasta extraer la basura de este órgano mediante una aguja envuelta con un hilo. En las localidades de Atempam y Tlatlauqui, en el estado de Puebla, dos terapeutas afirmaron ser "médicos de hierbas" (xiutepatique o suatepatique). Uno de ellos comenta que aprendió su oficio al curar a sus hijos, sin que nadie le enseñara; solo, con "la guía de Dios", logró conocer las diversas plantas medicinales y la manera de administrarlas. El médico de hierbas maneja algunas técnicas y conocimientos propios del curandero y de la partera-sobadora, pues entre los métodos de diagnóstico y terapéuticos utilizados por el, destaca la sobada, principalmente para el tratamiento de enfermedades del cuajo y el "sangriado" (kinuendosaguia o yejtemoa) —causado por un desequilibrio de temperatura en el cuerpo—, así como para la atención al parto, caída de matrizs, recaída de la parturienta, mal del corazón (yulmimiki), caída de mollera, susto y mal aire. Por último, en Chilapa, Guerrero, otro terapeuta tradicional dijo especializarse en "jalar la mollera" (azetzetloa), y en "apachurrar la garganta" (copacpachoua). Se instruyó en estos menesteres por su cuenta, al buscar formas diferentes de curar (V. granicero).